Canción de la muerte pequeña

“¿Qué instrumento los hace pensar en la muerte?”, pregunta el cronista a una pareja cerca de sus bodas de oro 


Una muerte y yo un hombre./ Un hombre solo, y ella/ una muerte pequeña.

“Canción de la muerte pequeña”: Federico García Lorca

“El órgano…”, dice Odón Reséndiz (79), “no existe sonido más aterrador que el del órgano”. Odón se pone de pie, sirve más ginebra con quina y llena una copa de vino blanco para su esposa, Andrea Quintanar (73), quien se quita los inadecuados lentes oscuros —siete de la tarde en la sala de un departamento en la colonia Juárez— y repite con lenta voz monótona, como para sí misma, mi pregunta: “¿qué instrumento me hace pensar en la muerte?”, y se responde con agilidad inesperada: “¡la guitarra!”. “¿La guitarra?”, Odón le tiende con suavidad la copa de vino y la mira a los ojos con asombro y reproche; luego se sienta al lado de ella. “¡Vaya que entendemos la muerte de maneras distintas!”.

Así han vivido Odón y Andrea durante 47 años: uno al lado del otro, en la misma cama, con las mismas voces y muertes diferentes.

“Claro, para ti la muerte es eso: terror. Un acto inmenso de grandeza en las tinieblas, como todas esas misas barrocas que veneras”, la voz de Andrea es redonda: comienza clara y aguda, se ensombrece, da la vuelta, y termina clara y aguda, “para mí la muerte es algo íntimo y privado”.

Odón bebe, deja el vaso en la mesa de madera y sonríe con un poco de sarcasmo y un poco de ternura. “Una muerte pequeña, ¿no?, como el poema de García Lorca”, la voz de Odón es sutilmente vertical: nace grave y asciende brevemente, cada vez más ligera, hasta desvanecerse.

Entre Odón y Andrea la música es motivo de coincidencias y hostilidades. Unión y ruptura. Con respecto a la muerte, no hay reconciliación posible. Para Odón debe sonar gigantesca y terrible; para Andrea, quieta, suave y privada.

Andrea se ríe, bebe vino y —otra vez— repite mi pregunta: “¿a quién le comisionaría mi réquiem?”, pero Odón se le adelanta: “Yo a Frescobaldi o a Manuel de Zumaya”. “Yo, a Joni Mitchell”, responde Andrea, “o a Chavela Vargas”.

Odón cierra los ojos con violencia y enchueca la boca, como si hubiera bebido un líquido amargo. “Dice esas cosas para molestarme”, comenta irritado, y Andrea, con una falsa paciencia en la que a través de la mirada se filtra algo cercano al desprecio, suelta al aire, sin voltear a verlo: “¿por qué piensas que todo se trata sobre ti?”.

Odón y Andrea, al borde de sus bodas de oro, ahora deben imaginar cómo escribirían un réquiem para su propia muerte. Un réquiem pagano basado en “Canción de la muerte pequeña”, el poema de García Lorca que ambos adoran.

Leo el poema con ronca voz blanda y cada uno escoge las imágenes que más les gustan.

“El cielo mortal de hierba”, dice él.

“Luz y noche de arena”, dice ella.

“La catedral de ceniza”, dice él.

“Mi mano izquierda y las flores secas”, dice ella.

Aunque son casi las mismas formas —hierba y flores secas, ceniza y arena—, Odón las busca en construcciones monumentales —cielos y catedrales— y Andrea en formas reducidas —luces y su mano izquierda.

De pronto, a Andrea la idea le parece hermosa. “Qué lindo, ¿no crees?”, apoya sus manos sobre las rodillas de Odón y lo mira con suavidad a los ojos, “tanto tiempo juntos y cada uno ha llevado por dentro su propia muerte”.

Y las muertes de Odón y Andrea resultan tan diferentes: Odón con un órgano y su inmensa muerte barroca; Andrea con una guitarra y su pequeña muerte secreta.

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Hugo Roca Joglar
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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