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Miércoles , 20.03.2019 / 04:45 Hoy

"Brexit"

Una constante en el lamento ante lo ocurrido es que la juventud ya no tendrá la oportunidad de vivir y trabajar libremente en cualquiera de los otros 27 países de la Unión Europea.

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Lo más trágico del sismo político llamado brexit es que fue alentado por un discurso xenófobo, intolerante y racista, y que la victoria coloca en el centro de la palestra a líderes como Boris Johnson y Nigel Farage, quienes azuzaron con éxito el sentimiento de destitución del hombre de la calle. Sin embargo, dado que es un hecho consumado, me parece que vale la pena intentar ver más allá para tratar de colocarse en el punto de vista de los más de 17 millones de votantes que optaron por cortar los lazos de Reino Unido con el mercado común europeo.

Una constante en el lamento ante lo ocurrido es que la juventud ya no tendrá la oportunidad de vivir y trabajar libremente en cualquiera de los otros 27 países de la Unión Europea. Pero es solo una muy pequeña parte de la población, una élite cosmopolita ilustrada, la que realmente puede sacar ventaja de esta situación, como ocurre con los empresarios y universitarios mexicanos beneficiados por la movilidad que les otorga el TLC, mientras que para los millones de migrantes ilegales las fronteras son igual de hostiles que antes. Una constante de los tratados de libre comercio y de integración política es que han nivelado hacia abajo las condiciones de la clase trabajadora, equiparando sus condiciones con aquellos que se encuentran en circunstancias más desfavorecidas. Los sindicatos han perdido poder de negociación, pues siempre hay la opción de mudar la fábrica a un país donde los salarios son menores y donde las regulaciones laborales son más laxas. Ante este hecho, el sentimiento de rabia es canalizado hacia el odio mediante discursos racistas y xenófobos. No es casual que Londres haya votado casi en 60 por ciento por permanecer en la Unión Europea, en tanto en el resto de Inglaterra el voto por abandonarla haya rozado el 57 por ciento: los vuelos baratísimos de Ryanair no le dicen nada al camionero que pasa sus sábados emborrachándose en el pub de su pueblo, para quien Viena, México o Tailandia son, para todo efecto práctico, lugares igual de remotos e inaccesibles.

Ante lo irreversible del fenómeno, quizá valdría la pena aprovecharlo para repensar los efectos en la población que un discurso y un ideal, sin ninguna duda bienintencionados, producen en los hechos. No resulta tan evidente que una tecnocracia no electa por nadie, con sede en Bruselas, sea la más adecuada para dictar el futuro común, homogeneizado, de 28 países con inmensas particularidades y diferencias entre sí.

Después del calvario y el desastre social producido por las exigencias de la troika financiera para que Grecia permaneciera en la Unión Europea, seguramente muchos griegos hoy envidian a los ingleses, pues quizá el Grexit hubiera significado dejar de hacer sacrificios sociales con tal de continuar pagándole con dinero público a los bancos alemanes, una deuda impagable que si bien los ciudadanos no contrajeron, continuarán cargando durante varias generaciones.

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