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Jueves , 25.04.2019 / 00:01 Hoy

Bernard Noël: “Escribir es ser ofensivo contra todo”

Es considerado uno de los escritores más importantes de su generación. Su vasta obra —que desde sus inicios fue aclamada por Aragon y Blanchot— se caracteriza por su compromiso y exigencia sin fallas

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Accedió a la notoriedad con la publicación de El castillo de Cena (1969), una novela erótica de una violencia inaudita, publicada recientemente en español en una excelente traducción. Han sido traducidos igualmente varios de sus libros de poesía (entre ellos Extractos del cuerpo, El resto del viaje, Diario de la mirada), su ensayo La castración mental, y la novela El síndrome de Gramsci. Entre los numerosos premios que han reconocido la importancia de su obra se encuentran el Premio Antonin Artaud (1967), el Gran Premio Nacional de Poesía (1992) y el Premio Internacional de Poesía Gabriele D’Annunzio (2011).

Bernard Noël salió de su reserva habitual y respondió a nuestras preguntas.

En su momento, la publicación de El castillo de Cena provocó un escándalo que dio lugar a un proceso. De hecho, usted fue uno de los últimos escritores franceses en ser juzgado por atentado a las buenas costumbres. Aun hoy, la publicación de un libro así resultaría problemática, si no es que imposible. ¿Podría hablarnos acerca de esta novela?

El Castillo de Cena fue mi primer libro, me permitió liberarme y empezar a escribir. Lo terminé muy rápidamente, como en una especie de explosión liberadora. En ese sentido, es menos un libro erótico que un libro emancipador. Se trataba de un libro de sabotaje de la lengua francesa, de su belleza. Mi referencia era entonces Nerval, la nitidez de su lengua. Traté de ser tan nítido como él, pero diciendo cosas que eran impertinentes.

El libro apareció primero bajo el pseudónimo de Urbain d’Orlhac y lo publiqué de nuevo con mi nombre en 1973, en las ediciones de Jean–Jacques Pauvert [quien publicó por primera vez las obras completas de Sade]. Fue como si me denunciara y me convocaron en la prefectura de policía. Se abrió un proceso en contra mía por haber atentado contra “las buenas costumbres”, lo que era muy raro. En general, la sanción se limitaba en esos casos a la prohibición de anunciarse, que de cierta manera acababa con el libro que, sin publicidad, no lograba venderse. Era una manera de desalentar a los editores a publicar ese tipo de escritos.

¿Cómo se desarrolló el juicio?

Me defendió Robert Badinter, que se volvió célebre y que incluso llegó a ser Ministro de Justicia, y a quien debemos la abolición de la pena de muerte en Francia. En un principio, yo no quería defenderme pero algunos amigos tomaron mis asuntos en sus manos y encontraron a Badinter para que se ocupara de mi caso. Cuando fui a verlo, era simplemente para decirle que no podía pagarle, y me dijo que no le importaba, pues para él lo fundamental era defender los principios. Me intrigó mucho eso de “los principios”. Debo decir que mi juicio resultó muy cómico por la manera en que el tribunal trataba a mis testigos. Philippe Sollers vino y cuando comenzaron a hacerle preguntas hizo un gesto de que no le importaba un carajo lo que le preguntaban y lo echaron fuera. Cuando llegó el turno de Jacques Derrida y le preguntaron su profesión, dijo que era profesor de filosofía en la Escuela Normal Superior. El juez quedó muy impresionado, sin saber cómo continuar interrogándolo. El colmo fue cuando se presentó a declarar el editor Claude Gallimard, que figuraba entre mis defensores. ¡El juez se disculpó con él por tener que pedirle que dijera su identidad!

La defensa de mi abogado —que consistía en afirmar que yo era un muy buen escritor como para ser realmente culpable de ultraje— me indignó bastante. Concluí que un buen escritor es alguien inofensivo, así que toda mi vida he intentado ser alguien ofensivo. Creo que escribir es eso: ser ofensivo contra todo y contra todos.

¿Escribió esta novela como una respuesta a las atrocidades cometidas por las autoridades francesas en Argelia?

Seguramente hay una relación, pero no es directa. Quería liberarme de algo, lo cual me llevó mucho tiempo. De hecho, escribí una primera versión del Castillo… que permaneció secreta y que corresponde parcialmente a lo que escribí después.

Muchas cosas me perturbaban en la violencia de la guerra en Argelia pero lo que más me afectó fue la idea de que se torturaba a los argelinos en mi lengua. Que la lengua francesa haya servido para ello me resultaba insoportable. Es tal vez lo que representa la violencia de la escena de los perros, que de cierta forma exteriorizó esa turbación. Se produjo una condensación al escribir la novela, que es a la vez anticolonialista —el final, por ejemplo—, aunque no tenía en mente un mensaje preciso, de no ser el sabotaje de la lengua, el deseo de romperla al escribir algo tan indecente como se le consideró en aquel momento.

Con la invención del concepto de sensura nos ha dado un arma para resistir y continuar siendo ofensivos. ¿Cómo llegó esta palabra a su escritura?

Surgió más tarde, después de la publicación del Castillo... La fabriqué para designar la privación del sentido que me parecía caracterizar la nueva forma de dominación sin coerción y sin violencia del llamado “mundo libre”. Por eso lleva una “s”, para hacer sensible esta manera de vaciarlo todo de su sentido. Contrariamente a la censura del Este —estábamos en 1975—, la sensura del mundo libre occidental era imperceptible: crea un vacío mental mediante la abundancia de información y de espectáculo. La sensura en la que hoy vivimos es mucho más sutil y pesa además sobre nuestra vida cotidiana, sin que nos percatemos de ella, en particular a través de los medios de comunicación.

Creo que esta palabra es lo más importante de mi texto El ultraje a las palabras, que escribí después de mi juicio. Se trata de mi respuesta al ultraje a las buenas costumbres del que se me acusaba. Ahí hablo de cuando estuve en prisión por mi apoyo a los argelinos, al FLN, si bien tuve la suerte de ser detenido al final y no estuve encarcelado durante mucho tiempo. Me metieron en un lugar increíble, cerca de la Santa Capilla, en una hilera de celdas que no había sido utilizada desde la Ocupación, por la Gestapo. Lo que era terrible es que en las celdas que rodeaban la mía encerraban a los argelinos que volvían de la tortura. No podíamos establecer ninguna comunicación pero escuché cosas terribles sobre lo que habían sufrido.

Su manera de oponerse a la dominación de la escritura ha consistido, me parece, en una búsqueda estética constante pero también en su exigencia de retirarse del mundo. Desde mediados de los años setenta, renunció a su labor editorial para dedicarse únicamente a escribir. ¿Es también esta una manera de ser ofensivo?

Desde hace al menos 30 años vivo alejado del mundo, pero eso no implica que deje de interesarme por lo que ocurre en él. Hoy, después de las elecciones legislativas [que otorgaron al presidente Emmanuel Macron la mayoría en la Asamblea Nacional], puede sentirse que el combate va a recomenzar. En vista de lo que este nuevo gobierno se propone reformar, y que más que transformar a la sociedad va a destruirla, habrá una movilización para defender el código del trabajo que se ha construido a lo largo de cien años y la seguridad social que fue un gran logro de la posguerra, de la Resistencia. No sé lo que ocurrirá pero sí podemos esperar que sea algo violento, porque cuando se tiene la mayoría en la Asamblea, el gobierno puede pensar que el país está con él, pero no es así en vista de la elevada abstención.

Me pregunto si lo que no funciona en la democracia —aunque reconozco que es el menos malo de los sistemas políticos hasta ahora— es que reposa en la delegación del poder. Ahora bien, la delegación del poder aleja siempre al poder mismo de los ciudadanos y lo vuelve de cierta manera intocable. Me he interesado mucho en la Comuna de París, porque la gente se cuestionó seriamente esto. El problema que se plantearon fue ¿cómo ejercer sobre el poder un control continuo? Su respuesta fue que el representante elegido continuara estando cerca de quienes lo designaron. Hay que reconocer que el poder se mantiene en extremo alejado de los electores. Todo se ha complicado aún más desde que las elecciones reposan mucho más en los medios de comunicación que en los programas políticos. Hoy la democracia no es en el fondo más que una forma de índice de audiencia, que me parece está completamente manipulado.

Entre su obra figura un Diccionario de la Comuna que continúa siendo una referencia. ¿Qué relación existe entre su escritura y la historia?

Lo escribí después del Castillo de Cena; de cierta manera van juntos. Creo que podría defender la forma del diccionario como instrumento ideal para escribir la historia ya que gracias a ella el lector puede volverse su artífice, podrá reconstituirla. Quizá el diccionario es la única manera objetiva de escribir la historia, porque el orden arbitrario, como lo es el alfabético, permite disponer todos los hechos históricos que, contrariamente a la historia, sí existen. La historia es la lectura que el presente hace del pasado y por lo mismo es una lectura cambiante, no así los hechos.

En su último libro de la serie de monólogos que ha escrito en los últimos años, se concentra en el pronombre “nosotros”, en su significación. ¿Cree que aún es posible seguir utilizándolo en la actualidad?

Escribí El monólogo del nosotros durante varios años, no conseguía escribir ese “nosotros”. Ciertamente, no es práctico comenzar cada frase utilizando este pronombre. Cuando comencé a trabajar en él tenía en mente las grandes manifestaciones de la izquierda en febrero de 1934, que siguieron al intento fallido de la derecha por apoderarse, a la fuerza, de la Asamblea Nacional, y que la policía logró detener. En esta gran manifestación del 12 de febrero, la izquierda se unió por primera vez: socialistas y comunistas desfilaron juntos. En un texto, Georges Bataille cuenta cómo vio la manifestación bajar por las calles de París y el impacto que produjo en él la solidaridad de la gente, que se tomaba por los hombros, que desfilaba cuerpo contra cuerpo. A mi parecer, el nosotros representa esta solidaridad. Intenté escribirla en el monólogo pero no funcionaba, y de pronto surgió esta historia de terrorismo que marca la entrada de la violencia.

En Francia, la violencia es latente porque no es posible que nos hayan traicionado tanto. François Hollande traicionó todo y, a pesar suyo, aseguró el éxito de Emmanuel Macron, que seguramente es de una inteligencia muy superior a la de él, pero que va a destruirlo todo. Quienes votaron por él serán sus primeras víctimas. A menos de que haya algo más… El sistema que se instaura va a empobrecer a la clase media en beneficio de los grandes capitales. Si el plan de Macron tiene éxito será la clase media la que pagará, pues la alta finanza no paga. Y me pregunto si no es eso lo que se encuentra detrás: destruir la cultura mediante la eliminación de la clase media que es la que la produce y se interesa en ella. La cultura es, a pesar de todo, una forma de anticonsumismo.

¿Le parece que no es posible encontrar nuevamente esta solidaridad?

En la sociedad actual, hay una nostalgia de solidaridad pero no hay una práctica de ella, porque se ha vuelto completamente individualista, egoísta. La soledad está en todas partes, pero de modo inconsciente.

Desde sus inicios, su escritura ha establecido una relación estrecha con el arte. Ha señalado la falta de exigencia estética del arte actual, subvencionado por el Estado. Ha identificado el origen de este nuevo “arte oficial” en la labor del antiguo ministro de Cultura de François Mitterrand, Jack Lang. ¿Continuaría haciendo hoy la misma constatación?

En Francia, ese arte oficial nunca ha sido peor que ahora. Lo que es extraño con la acción de Jack Lang es que en un principio fue benéfica, porque pudimos ver arte por todas partes del país, algo que no había ocurrido antes. No obstante, la consecuencia de esta promoción del arte ha sido una institucionalización que lo corrompe, al poner la cultura al servicio del comercio.

Este arte oficial domina cada vez más el país, tal vez porque les acomoda a los funcionarios de la cultura, quienes son responsables de esta moda de la cual Daniel Buren es el modelo. No hay nada que retener de su trabajo, es vacío, meramente decorativo. No es más que un arte oficial aún más decorativo que el del siglo XIX, que no le molesta a nadie, que no produce ningún efecto.

No sé lo que tendría que realizarse para impedir que se perpetúe esto, sino recurrir a la protesta y resistir individualmente. No olvidar que el arte es búsqueda, investigación.

En ocasiones creo que si se nos enseñara el único valor que realmente existe, y que es el placer, tendríamos ciudadanos formados en el placer que no se dejarían engañar por espectáculos falsificados y falsificadores, por la mala literatura y por la mediocridad que se han convertido en la norma. La mediocridad desgasta la sensibilidad al mismo tiempo que el juicio.

En una carta a su amigo el escritor Georges Perros, habla del lenguaje como pensamiento: “Quería pensar con mi cuerpo. Lo intentaba desde Artaud, desde Lawrence, lejanos ya para mí. Quería alcanzar mi México interior: la tierra devastada de mi ser, y mar original también”. ¿Qué relación encuentra entre cuerpo y escritura?

Para decirlo de manera más simple: el cuerpo habla y también piensa. Durante siglos se ignoró el cuerpo, como si la palabra proviniera de arriba. Pienso que la palabra nos viene de abajo, del fondo del cuerpo. El cuerpo contribuye a la articulación de lo que decimos, y es también el depósito de la memoria. Sin embargo, lo que me obsesiona no es tanto la memoria como el olvido. Me parece que escribir a partir de la memoria propia no presenta ningún interés, no nos enseña nada. Toda la masa corporal está hecha de olvido, y es a través de ella que el olvido florece de cuando en cuando. Se trata de un ejercicio, ya que es difícil recordar el olvido, hacer que hable la lengua. Cuando confiamos en la lengua, ésta comienza a decir lo que se encuentra detrás, en el fondo de nosotros.

Para mí, escribir es liberar la lengua para que cese de decir lo que yo intento hacerle decir y comience a hablar por sí misma. Lo que me interesa no es el Yo —lo odio, de hecho— sino la lengua misma. Pero hoy día, la lengua está en peligro. Y el empobrecimiento de la lengua conlleva forzosamente el de la relación con los otros.

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