Émile Benveniste (1902-1976) es todo eso que se ha de elogiar en un lingüista y filólogo, pero además habría que reconocer que fue uno de los mejores prosistas de la lengua francesa, quizá de siempre, pero sobre todo durante el periodo en que a los franceses les picó el mosco de la confusión y se contagiaron de la peste de la oscuridad voluntaria. Los dos tomos de sus Problemas de lingüística general y su Vocabulario de las instituciones indoeuropeas terminarán en la historia junto a las obras del más alto humanismo (Valla, Erasmo, Nebrija...) que se leen porque valen la pena de suyo, como muestra y regalo de lo que puede hacerse al pensar el lenguaje.
Para aliviar la estupidez de unos ciudadanos que se jalan el moco, quiero volver al último ensayo de los Problemas: una rendija para imaginar que el mundo no se reduce fatalmente a este muladar de priístas y morenazis. En “Dos modelos lingüísticos de la ciudad”, Benveniste deja ver que nuestras tradiciones jurídicas y políticas lidian con un error de largo arrastre histórico.
Contrapone dos modelos de pensamiento: el griego y el latino. El primero conforma sus instituciones según una idea de colectividad y, desde la comunidad, asigna la denominación política del individuo. Primero es el sustantivo polis, la ciudad, y al habitante de esa ciudad lo llama polités, que nosotros tendemos a traducir por “ciudadano”, como si fuera equivalente. Pero, y aquí el problema, en latín, la primera palabra no es civitas sino civis. Es decir: en griego, la colectividad da nombre al individuo, mientras que en latín era al revés: el individuo es el sustantivo primordial y la colectividad recibe un nombre que deriva de él. No es poca cosa: las instituciones que surgen de uno u otro modos de pensamiento son completamente distintas. Y una de las más hondas taras de las instituciones políticas de nuestra tradición es que no puede dejar de pensar que el Estado antecede al individuo y que, por tanto, los derechos de las personas son otorgados por el Estado. Mortal error.
“Hay que poner en tela de juicio el sentido de ‘ciudadano’ concedido siempre y por doquier a civis? Sí, es preciso... La traducción de civis por ‘ciudadano’ es un error de hecho, uno de esos anacronismos conceptuales que el uso fija, de los que se acaba por no tener conciencia, y que impiden la interpretación de todo un conjunto de relaciones... Es poner las cosas al revés, en vista de que el latín civis es el término primario y civitas el derivado”. O sea: llevamos siglos poniendo el arado delante de los bueyes.