¿Quién recuerda cuando nació? Ya nadie recuerda cuándo murió. Fue breve su estancia en el llano. Fue recibida con alborozo por la runfla de chiquillos que en él correteaban para elevar sus papalotes, una fresca tarde, con los vientos propicios para esos planos objetos elaborados con papel de china y varas de carrizo, o papel periódico y popotes de escoba, se elevarán hasta adherirse, inmóviles, al cielo, hacia el norte, por donde despegaban los aviones, entre los tulares del río Churubusco desparramado para volverse breve laguna, remedo del antiguo lago donde alguna vez floreció un imperio.
Desde que el camión torció para abandonar Zaragoza y emprender por toda la Calle 7 hasta su terminal, los chiquillos abandonaron sus juegos y corrió la parvada por el llano hasta donde los pasajeros descendían: hombres y mujeres con huellas de cansancio que la jornada laboral tatuó en sus cuerpos, en su rostro.
El sol del atardecer iluminó los pasos de quienes caminarían sobre el Tubo Rojo, tendido sobre el río, para perderse entre las polvorientas callejas de la colonia vecina, la Cuchilla Pantitlan, aún perteneciente al entonces Distrito Federal. Otros emprendían la ruta del Bordo hacia la colonia El Sol, que año tras año, en temporada de lluvias, padecía inundaciones que los hacían emigrar y asilarse en casa de vecinos, familiares que les permitían durante algunos días la estancia con sus escasas pertenencias: cobijas, ropa, algunos trastos, hasta que el nivel de las aguas bajaba y volvían para hacer limpieza y reparar los daños, solo para que el año siguiente las aguas volvieran a sorprenderlos.
Tras de la parvada, doña Cata, esposa del abuelo Pablo, se quejaba:
—Demonios estos; se volvieron a largar, Pablo. Ora que vuelvan esos tres, me la requete pagan...
Pablo arreglaba la rueda de la carretilla; en ella transportaba tablas, tablones y polines con los que armaba el tapanco sobre el cual trabajaría enyesando techos y paredes.
—Déjalos, ya volverán. Quien quita y ya vienen el Hombre y m’hija con el nuevo crío...
En efecto. En medio de la parvada venía su hija Mayte con Margarita. Su nueva nieta. La chiquillada urgía a que se las mostrara, pero ella los calmaba, envuelta en su rebozo:
—Orita que lleguemos a la casa. Cuando quiera que me ayuden con ella, ni el polvo les veré; ya se les pasara la novedad.
El Hombre caminaba a su lado, con la pañalera al hombro. Tres hombres y hasta ahora, por fin, una mujercita. Se le advertía cara de felicidad al Roñas, a quien su suegro llamaba el Hombre; incluso, al llegar a casa de sus suegros, no bien traspuso el patio, sorteó a las gallinas, conejos y guajolotes que lo poblaban, puso en una silla la pañalera y mandó por refrescos a Pancitas, Llanta y Puravida, sus tres hijos:
—Con el cambio se compran unos garapiñados y traen una pecsi para su amá...
Cata bordaba un mantel; al igual que Pablo, suspendió actividades y dieron la bienvenida a la recién nacida. Aunque hosco y tosco, Pablo tendió los brazos a su hija, le dio un beso en la mejilla y recibió a la pequeña, envuelta en pañales y sarapes para protegerla del viento.
—Uste tápese —dijo Cata a su nuera—, porque con un enfriamiento se le corta la leche ¿y con qué amamanta luego a esta mujercita? ¿Gustan un taco? Pa’ mi que no han comido —ofreció y enseguida puso manos a la obra.
—¡Pos nos lo echamos! —respondió el Roñas y fue hasta los lavaderos a quitarse la mugre de las manos—. Estuvo pesado el viaje, señor, pero aquí estamos ya, ¿cómo se portaron mis demonios? —preguntó solo por preguntar y acomodó su silla. Desde una maceta se desprendía el aroma de la ruda y la yerbabuena.
—Hice un caldito de pollo pa’ la parturienta, y su atole de masa con piloncillo. Acabo de hacer tortillas y un molcajete de salsa pasilla. ¿Ya registraron a la chamaca, qué nombre le tocó?
—Margarita, como mi comadre. Mi patroncita —respondió su nuera—. Ella la registro y será la madrina de bautizo.
—Está invitada al mole —dijo el yerno—. También usté, suegro. Ora pa’l día de la Primavera, que es descanso obligao...
Volvieron los chiquillos. Cata les recibió los refrescos y despidió a los chiquillo de los vecinos: “Vayan a comer y luego vienen, sus mamás los andan buscando. Cuando regresen les convido agua de jamaica, pero vayan a ver si ya puso la marrana...”
Mayte se pasaría la cuarentena con Pablo y Catita:
—Es más fácil atenderla aquí que yendo a su casa —esgrimió Cata—: Voy y le atiendo sus animalitos, porque acá tengo a los míos, a m’hijo Pancho, y a Pablo; no perdonan la hora de la comida. Atiendo a los míos y l’echo un ojo a usté y a la cría, sin que tenga que andar de aquí p’allá y de allá p’acá.
Al yerno no le gustó la idea de llegar diario a su casa y hallarla vacía, pero se ciñó a lo dicho por Cata: solo ella podía brindarles ayuda: la familia de El Roñas residía en Michoacán, la de ella en El Mezquital.
Pasó la cuarentena y Margarita, en brazos de Cata, llegó a su hogar. Sus hermanos apenas contenían la ganas de cargarla. Cata los sofrenaba y arriaba hasta el patio: “No la zangoloteen, se le puede caer la mollera, ni le besen: se le corta la baba y se empacha. Y a lavarse las manos, le pueden pasar algún microbio del terregal: de allá vienen con sus manotas puercas”.
—Tú —dijo Mayte—: espera. Quédate y me ayudas. Pon un pocillo de peltre con agua y unas florecitas de manzanilla y tantita miel. Le voy a dar té a la niña porque creo que tiene cólicos.
Llanta no cabía en su alegría. Ya era nano de Margarita, mano derecha de su mama. Cargaría a la niña cada que se le antojara. Jugaría con ella. Aprendió a lavar mamilas, sacudir pañales y lavarlos, colocarle el fajero a la niña en el ombligo para que le cicatrizara bien.
Por la noche se disputaban a Margarita. El Roñas, su padre, tenía la mano. Luego le tocaba un rato a Pancita; Puravida solito se descartaba: “Es que me da no sé qué cargarla, amá: la vaya a lastimar, ¿o qué tal y se me cae?” Ni Dios lo quiera, se santiguaba Mayte: mejor ve al patio por un pañal del tendedero.
Margarita cumpliría nueve meses cuando Llanta despertó y vio a sus padres a punto de cerrar la puerta. “¿A dónde van? Todavía no amanece”. Duérmete. Al rato viene tu abuelo. Lo obedecen. Se portan bien, no me tardo, dijo Mayte; El Roñas la apresuraba: órale, que pasa el camión y nos deja.
La noche anterior el llanto de Margarita no cesaba. Mayte le tomó la temperatura. Fiebre. Y la boca reseca. Roñas llegó noche. Envolvieron a la niña y fueron a buscar al doctor Rojas. “No deje de darle líquidos porque esta niña se deshidrata”. Recetó una suspensión, suero oral y les indicó que en cuanto amaneciera llevaran al Centro Médico a la bebé.
Pancitas y Puravida jugaban a los cochecitos en el patio.
—¿Usté qué espera? Vaya entretenerse con sus hermanos —dijo Pablo.
—Es que extraño mucho a mis papaces, agüelo —dijo Puravida.
—Ya mandaron decir que al rato vienen, no tenga usté pendiente: váyase a jugar.
—Espero que llegue mi hermanita para jugar, agüelo.
—Espere usté sentado, porque se va a cansar. Su hermanita se fue al cielo, no quiso esperarse a que ustedes sean delincuentes. El Hombre no tuvo pa’l tacsi ni pa’ las medecinas…
—¿Tarda mucho en venir del cielo, agüelo?
—Más bien sí. Más bien algún día usté, yo: todos estaremos por allá con ella, si bien nos va. Si no, qué esperanzas. Al merito infierno iremos a dar. Páseme ese alambre pa’ amarrar los tablones, acomídase...
*Escritor. Cronista de "Neza".