Comunidad

De policía a protectora de mujeres: María Luisa Castro Catana

Un recuento de golpes acumulados y entrenamientos extremos la motivaron a dar su ayuda

A los cinco años de edad, María Luisa Castro Catana aprendió que el silencio es también una forma de supervivencia. Creció en una familia numerosa, en el sur de Veracruz, donde las carencias económicas se mezclaban con otras más profundas: la falta de escucha y de protección. Cuando denunció los primeros abusos, no le creyeron. A los siete volvió a ser violentada. Y decidió callar.

La violencia no desapareció con la adolescencia. A los 15 años sufrió una violación más; después vinieron relaciones marcadas por los celos, el control y los golpes. La maternidad llegó en medio de ese entorno. Durante años intentó sostener la familia, aun cuando el costo era su propia integridad. Hoy reconoce que la violencia no solo la dañó a ella: también alcanzó a sus hijos.

En los años noventa ingresó a la Dirección de Seguridad Pública en Tampico y en los 2000 fue custodia del Penal de Mujeres en Madero. En las filas policiales encontró otro frente: el acoso laboral, la humillación y la normalización del abuso de poder. Resistió. Se formó. Se exigió más que nadie. Quería demostrar que podía. Quería no parecer frágil. Pero el cuerpo empezó a cobrar factura.

“Mi papá siempre me rechazó por ser mujer y yo quise ser como un hombre, tener la fuerza, pero no tenemos la misma condición física. Cuando él muere yo decía, no me va a afectar, pero cómo juzgarlo si fue un niño huérfano a los seis años”.

El diagnóstico 

La vida de María Luisa es un recuento de golpes acumulados, entrenamientos extremos, enfermedades y estrés crónico. El diagnóstico llegó con nombre técnico: discapacidad neuromusculoesquelética. Después, cirugías de columna, dolor persistente, tratamientos agresivos. En 2016 escuchó una sentencia que la paralizó más que cualquier lesión: podía dejar de caminar en menos de un año.

No dejó de caminar. Tampoco dejó de estudiar. A los 50 años ingresó a la universidad para cursar Derecho. La recomendación médica fue clara: mantenerse activa. La hiperactividad -que más tarde entendería como parte de su diagnóstico de TDAH- se convirtió en aliada. Si el cuerpo se debilitaba, la mente tenía que fortalecerse. Castro Catana también enfrentó un diagnóstico de cáncer de fémur, del cual salió avante.

En medio de tratamientos y terapias, alguien le propuso crear una organización para acompañar a mujeres en situación de violencia. Le pareció absurdo. Apenas podía sostenerse a sí misma. Sin embargo, aceptó. Así nació Mujeres con Ilusión de Crecer.

Mujeres Con Ilusión De Crecer

Ocho años después, la asociación ha trabajado en Tampico, Madero, Altamira, Victoria, Reynosa y Río Bravo en Tamaulipas, mediante acompañamiento psicológico, asesoría legal, redes comunitarias, talleres de autoestima, capacitación para el trabajo, intervenciones en escuelas y centros penitenciarios. También han atendido a hombres víctimas de violencia. “La agresión no tiene género; tiene raíces profundas”, sostiene.

Su experiencia le dejó una conclusión que repite en cada conferencia: la violencia se normaliza. Se aprende en casa, en el noviazgo, en los celos disfrazados de amor, en la dependencia económica, en el silencio religioso o cultural. Y lo que se aprende, dice, puede desaprenderse.

Ha enfrentado amenazas e intimidaciones. Ha visto puertas cerrarse. No ha conseguido grandes presupuestos ni oficinas permanentes. Trabaja con una red de psicólogos, abogados y voluntarios que entran y salen según sus posibilidades. A veces atienden en clínicas prestadas; otras, en espacios públicos. Lo esencial, insiste, es que la mujer que pide ayuda no se sienta sola. En situaciones de riesgo, gestionan espacios de resguardo temporal cuya ubicación se mantiene confidencial por seguridad.

Dio clases en el Instituto Tamaulipeco para la Educación de los Adultos (ITEA) para contribuir a que más mujeres salieran del rezago educativo. Habla sin idealizarse. Reconoce que fue violenta, que justificó agresiones, que tardó décadas en dejar de verse únicamente como víctima. Hoy prefiere hablar de responsabilidad compartida en los procesos de recuperación. “Las víctimas reales son los hijos”, afirma, con una mezcla de culpa y aprendizaje.

La violencia conduce a cuatro caminos:

En sus talleres repite una frase que incomoda: la violencia conduce a cuatro caminos, hospital, cárcel, adicciones o muerte. Lo dice no como consigna, sino como experiencia propia y ajena. Ha visto esos cuatro destinos demasiado cerca.

Vive con gonartrosis (artrosis de rodilla), neuropatía (daño en los nervios periféricos), radiculopatía (compresión de una raíz nerviosa en la columna vertebral) y escoliosis (desviación anormal de la columna vertebral). Fue sometida a una cirugía de instrumentación lumbar con colocación de barras y tornillos. Y además de su trastorno por déficit de atención e hiperactividad, padece diabetes e hipertensión arterial.

Cuando el dolor físico arrecia, se repliega. Hay días en que la enfermedad la obliga a guardar silencio. Pero vuelve. Siempre vuelve. No por heroísmo, aclara, sino porque alguien la escuchó cuando decidió estudiar, cuando decidió fundar, cuando decidió no rendirse. Y ahora intenta hacer lo mismo por otras.

Con más de medio siglo de historia personal no promete milagros. Promete acompañamiento. Promete no juzgar. Promete decirle a cada mujer lo que a ella le tomó décadas entender: la violencia no es normal. Y quedarse no siempre es resistencia; a veces es miedo.

Como parte también del programa Mujeres Constructoras de Paz ha acompañado casos que la han marcado profundamente. Ha enfrentado resistencia e intimidaciones. Ha visto cómo algunas mujeres regresan con sus agresores por dependencia emocional o económica. No romantiza el proceso: salir de un círculo violento requiere apoyo profesional, red comunitaria y tiempo.

En un contexto donde las cifras de violencia siguen en aumento, decidió convertir la experiencia propia en red de apoyo, porque esto puede ser, también, una forma de resistencia.

yv

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Cristina Gómez
  • Cristina Gómez
  • Con más de tres décadas en el periodismo, escribir es mi pasión. Buscadora de verdades ocultas, de convertir cifras en relatos y de tejer reportajes que dejen huella en la memoria colectiva, porque todo dato encierra un rostro, una vida, una historia. Orgullosamente panuquense y tampiqueña por adopción.
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