Karcocha, el artista callejero más viral de las redes sociales, no viaja con un itinerario fijo. Se mueve como un papalote siguiendo la dirección del viento, convencido de que es la Pachamama quien marca el rumbo, y fue justo así como hace unos días llegó a México.
Detrás del personaje de ropas multicolores, silbato inseparable y humor sin fronteras está Gerardo Castro, un artista chileno que convirtió la calle en su escenario permanente y que, sin proponérselo, terminó por convertirse en uno de los artistas urbanos más famosos del planeta.
Mucho antes de abrir sus propias redes sociales, los videos de sus presentaciones ya recorrían internet. Eran los espectadores quienes documentaban sus actuaciones y las compartían hasta volverlas virales.
Hoy, sus espectáculos acumulan cientos de millones de reproducciones y una comunidad de más de 10 millones de seguidores distribuidos por todo el mundo. Sin embargo, su esencia permanece intacta: un artista que improvisa, juega con el público y demuestra que la risa es un lenguaje universal.
Su historia comenzó en las calles de Santiago de Chile. Después migró a Europa con apenas unos cuantos euros en el bolsillo para vivir del arte callejero.
Más de dos décadas después, ha presentado su espectáculo en más de 60 países, consolidándose como un referente internacional del teatro de calle gracias a un estilo prácticamente sin palabras, apoyado en un silbato, el lenguaje corporal y la improvisación, una fórmula que elimina cualquier barrera idiomática.
En el norte de México
La semana pasada, Karcocha llegó a la capital de Durango como lo ha hecho en los cinco continentes en las últimas dos décadas: sin más brújula que el viento y la certeza de que la calle sigue siendo el escenario más honesto para encontrarse con la gente.
Bastó el sonido de su silbato, un traje multicolor inspirado en los pueblos originarios del altiplano sudamericano y una extraordinaria capacidad de improvisar para reunir a miles de personas alrededor de un espectáculo que nunca vuelve a repetirse.
Durante tres días, el artista chileno convirtió los andadores de la Feria Nacional Francisco Villa 2026 en un gran teatro al aire libre, y ahí habló con MILENIO.
Un arlequín sin fronteras
Paradójicamente, mientras el mundo lo reconoce, la calle —el lugar donde nació su carrera— se ha convertido en un espacio cada vez más difícil para los artistas.
Con el paso de los años, presentar un espectáculo en la vía pública se ha vuelto más complicado; los espacios se han burocratizado y cada vez son más escasos para los creadores. Para Karcocha, con su característico tono de voz, la calle sigue siendo un entorno hostil. “Todavía, todavía”.
La risa como lenguaje universal
El artista sabe que el público cambia de un país a otro y que cada cultura tiene un mecanismo distinto para reír. Su espectáculo nunca llega terminado; se construye frente a los espectadores.
“Me cuesta un poco entender al principio, pero después todo fluye”, expresa a MILENIO con su voz de silbato.
Después de tantos años lejos de Chile, Castro admite que la nostalgia aparece de vez en cuando; sin embargo, asegura que encontró en el arte callejero mucho más que un oficio: una forma de vida.
Fuera del personaje, habla con serenidad y reconoce que haber apostado por viajar sin ataduras terminó llevándolo a la plenitud.
Para Castro, la humanidad comparte una misma esencia y hacerla reír se convirtió en su misión. El reconocimiento mundial llegó lentamente, sin campañas publicitarias ni estrategias digitales, únicamente impulsado por la gente que grababa sus funciones y las compartía.
“Creo que soy un afortunado de la vida por haber encontrado algo que me apasiona.
"Doy gracias cada día porque lo que hallé, desde el principio y hasta ahora, es una mina de oro. Y no hablo de dinero; hablo de que cuando encuentras algo que te motiva y te mueve al cien por ciento hacia la plenitud, el dinero deja de importarte.
"Te mueven las ganas de evolucionar, de conocer, de seguir entendiendo y haciendo reír a la humanidad.
"Al principio no me di cuenta, pero descubrí que con esto podía mover masas y conmover al mundo. Ahora se ha formado una bola de nieve supergrande que esperamos siga creciendo, pero todo ha sido muy orgánico. Eso es lo que me gratifica: una evolución paulatina, constante, donde no paramos de avanzar”.
La Pachamama marca el camino
Quienes conocen a Karcocha suelen asociar su vestuario colorido con un personaje de fantasía. Para Gerardo Castro; sin embargo, representa una declaración de identidad.
Su personaje está inspirado en las culturas originarias sudamericanas y en la cosmovisión andina, donde la Pachamama simboliza la Madre Tierra como origen y equilibrio de la vida.
El artista atribuye el rumbo de su carrera a esa fuerza espiritual.
“Soy muy creyente de la Pachamama. Todos tenemos un Dios, una religión y algo en qué creer. Para mí es la Madre Tierra; siento su energía, ella sabe cómo mover todo y yo soy parte de esa energía”.
Improvisar... sin rutina
Aunque detrás del espectáculo existen técnicas desarrolladas durante décadas, Karcocha evita repetir una función de manera idéntica. Su filosofía consiste en dejar que cada presentación evolucione según las personas que tiene enfrente.
“Tengo rutinas y números, pero no me gusta repetirlos porque siento que no evoluciono. La esencia del personaje es transformarse. Cuando me encuentro en dificultades y tengo que recurrir a la espontaneidad, salen cosas nuevas. Nunca es una rutina fija; siempre surge algo distinto, alguien más gracioso. Intento jugar con el público y tengo muy presente no ridiculizar a las personas, sino hacerlas sentir parte de la experiencia. Por eso no voy y elijo a uno al azar, sino que pregunto quién quiere venir a jugar”.
El espectáculo nace del público
Esa interacción ha sido precisamente uno de los sellos que lo hicieron famoso. En lugar de burlarse de quienes participan, convierte a los voluntarios en protagonistas del espectáculo, generando una complicidad que trasciende idiomas y culturas.
La elección del escenario también responde al instinto.
“Mis comienzos fueron muy callejeros. Siempre ando buscando cuál es el sitio ideal para el espectáculo. De hecho, cuando llego a un lugar, me gusta explorar la ciudad; la observo en Google Maps, ubico un punto y pregunto si se puede trabajar ahí. Eso me motiva más”.
Entre los sitios que más recuerda está Amealco, Querétaro, donde encontró condiciones ideales para desarrollar su espectáculo y privilegiar la visibilidad del público antes que la comodidad del propio artista.
Un vestuario con raíces ancestrales
Lejos de ser un disfraz improvisado, cada elemento del personaje tiene una carga simbólica. Sus colores, texturas y accesorios remiten al altiplano andino y particularmente al Carnaval de Oruro, una de las celebraciones culturales más importantes de Bolivia.
“Tenía un bosquejo general, pero me inspiré bastante en el Carnaval de Oruro, que para mí es uno de los carnavales más puros y reales que quedan en el mundo. Es una celebración con una potencia increíble y muy ligada a la Pachamama. En el altiplano creen mucho en ella; igual de donde yo vengo, con los araucanos y las tribus originarias sudamericanas.
"La Pachamama era la madre o la divinidad antes de la llegada del cristianismo con los españoles. Pero en el contexto más espiritual de cada religión y creencia, la base sigue siendo la misma”.
La tribu de los artistas callejeros
La vida del artista callejero también se sostiene gracias a una red internacional de apoyo. Mimos, payasos, malabaristas, acróbatas y actores forman una comunidad que comparte escenarios, alojamiento y oportunidades alrededor del mundo.
“Como artistas callejeros formamos una tribu; somos un montón de viajeros por todo el mundo. Andamos por todos lados y siempre nos estamos conectando.
"Por ejemplo, me he vinculado mucho con mimos en Chile, pero también trabajo con payasos, acróbatas y malabaristas. Siempre que nos juntamos surge el: '¡Hagamos algo!'. Digo que somos una tribu porque si paso por Barcelona y pregunto quién está allá, me dicen: 'Yo, quédate en mi casa'. Siempre nos tejemos el apoyo como una telaraña”.
Primero fue viral, después llegaron las redes
El crecimiento de Karcocha en internet ocurrió de manera inversa a la mayoría de los creadores digitales. Primero fue un fenómeno viral y después abrió sus propias plataformas.
Durante años existieron canales de YouTube y perfiles que utilizaban su nombre sin que él los administrara. Finalmente, decidió tomar el control de su presencia digital, impulsando aún más un fenómeno que ya era global.
“Me hice viral gracias a las redes, pero sin que yo mismo me grabara. Dediqué mucho tiempo a viajar y hace unos nueve años creé mis perfiles oficiales porque ya había demasiados canales de YouTube usando mi nombre. Pensé: 'Tengo que hacerlo yo'. Al gestionar mi propia carrera, el impacto creció, pero todo fue orgánico; nunca me propuse fríamente ser viral. Hoy veo cómo crecen los números y me sorprendo: videos con 200 o 300 millones de reproducciones... es impresionante”.
Internet cambió las reglas del juego
Para Gerardo Castro, las redes sociales han jugado un papel clave en la democratización del arte, ya que permiten a los creadores difundir su trabajo de manera independiente y vivir de lo que aman.
“Con la conectividad e internet, las oportunidades se han abierto para hacer arte en distintos contextos. Esto ha sido muy positivo en algunos aspectos, aunque en otros tenga su lado negativo”.
El futuro del arte callejero
Aunque su nombre hoy es reconocido en buena parte del mundo, Karcocha no olvida que comenzó únicamente con una mochila al hombro. Considera que abrirse camino como artista urbano resulta hoy mucho más complejo que hace dos décadas debido a las restricciones sobre el uso del espacio público.
“He ido evolucionando porque al principio éramos solo la mochila y yo. Era muy difícil y a la vez triste, porque la calle se ha ido cerrando para los artistas urbanos; ya no hay tantos como antes. El mundo se ha burocratizado tanto y se ha llenado de tantas reglas que el arte callejero tradicional ha ido muriendo. Afortunadamente, persisten festivales de teatro u ocasiones como ésta en Durango, o las fiestas de los pueblos donde nos toman en cuenta. Antes era complejo, pero hoy en día es mucho más difícil empezar desde cero como artista callejero”.
Cuando termina la función, Karcocha vuelve a guardar el silbato, acomoda el vestuario y recoge apenas lo indispensable. No sabe con certeza cuál será la siguiente plaza, el próximo festival o el siguiente país. Tampoco parece preocuparle.
Después de recorrer buena parte del planeta, sigue creyendo que el destino no lo marcan los mapas, sino el viento.
Quizá por eso Karcocha nunca permanece demasiado tiempo en un mismo lugar. Como los papalotes, fue hecho para volar.
Y mientras exista una calle donde alguien todavía pueda detenerse a reír, seguirá convencido de que la Pachamama ya eligió el siguiente destino.