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Cumplir años en los ochenta y hoy: entre la memoria íntima y la necesidad de exhibir

Hubo una época en la que los festejos de cumpleaños eran acontecimientos íntimos y familiares, alejados de ostentaciones y de un cierto sentido de “competencia”; eran tiempos diferentes, más sencillos, en los que la comunicación era más directa.

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Hoy 20 de agosto vuelvo a cumplir años. Y quizá por eso, inevitablemente, me ha dado por recordar cómo celebrábamos los cumpleaños cuando éramos niños. Pero no solamente los míos. Pienso en aquellos cumpleaños de los años setenta y ochenta, cuando cumplir años todavía no se había convertido en una producción, una sesión fotográfica, un acontecimiento para las redes sociales o una especie de declaración pública de felicidad.

Antes, simplemente cumplíamos años. Y era suficiente. Quienes crecimos en aquellos años recordamos una ceremonia bastante sencilla. En muchas casas había un pastel comprado en la panadería del barrio o preparado por mamá. Gelatina de colores. Refrescos familiares servidos en vasos de plástico. Papitas, cacahuates, quizá sandwiches cortados en triángulos y, si la economía familiar lo permitía, unas bolsitas de dulces para los invitados.

No necesitábamos mucho más. La invitación tampoco requería diseño. A veces era una pequeña tarjeta comprada en la papelería; otras veces bastaba con decir en la escuela: “El sábado es mi cumpleaños. Dile a tu mamá que te lleve”.

Y misteriosamente todos entendíamos. No existían grupos de WhatsApp para confirmar asistencia. Nadie mandaba ubicación. No había recordatorios tres días antes. Mucho menos una mesa de regalos electrónica.

Llegabas a la casa porque tu mamá conocía aproximadamente dónde vivía la familia del festejado. Y si no encontraba la dirección, bajaba la ventana del coche y preguntaba.

Así funcionaba el mundo. También los regalos eran distintos. Un carrito, una pelota, una muñeca, un juego de mesa, un disco, un cassette, algún juguete sencillo. Y existía algo maravilloso que hoy parece haber desaparecido: abrir los regalos frente a todos. El niño rompía el papel mientras los demás observaban. Y había que agradecer cada regalo, aunque tres invitados hubieran llevado exactamente el mismo juguete. Porque el cumpleaños también era una pequeña lección de educación.

Pero quizá la diferencia más grande estaba en otra parte: el cumpleaños no era tan importante como hoy. Y no lo digo como algo negativo. Los padres de aquella generación querían profundamente a sus hijos, pero no existía esta necesidad contemporánea de convertir cada acontecimiento infantil en una experiencia extraordinaria.

No había fiestas temáticas espectaculares, fotógrafos profesionales, mesas monumentales de dulces, decoraciones diseñadas para combinar con la ropa del festejado ni escenarios construidos especialmente para obtener una fotografía perfecta. Había globos. Había serpentinas. Había un letrero que decía “Feliz cumpleaños”.

Y había niños corriendo por toda la casa. Eso era prácticamente todo. Los cumpleaños de los setenta y ochenta tenían incluso una maravillosa dosis de caos. Los niños llegaban vestidos como sus madres habían decidido. Nadie combinaba con nadie. Terminábamos sudados, despeinados, con las rodillas sucias y alguna mancha de pastel en la camisa. Las fotografías eran pocas porque los rollos fotográficos costaban dinero y revelarlos también.

Por eso alguien sacaba aquella cámara Kodak, pedía que todos se acercaran y tomaba quizá dos fotografías. Dos. Y durante muchos años esas dos fotografías serían toda la evidencia de que aquella tarde había ocurrido.

Hoy podemos tomar 500 imágenes de un cumpleaños y, paradójicamente, quizá observamos menos cada una de ellas. Antes teníamos cuatro o cinco fotografías y podíamos pasar una tarde completa viéndolas dentro de un álbum.

Ahí está una de las grandes diferencias entre aquellos años y los nuestros. Antes celebrábamos para recordar. Hoy muchas veces celebramos para mostrar. No creo que una época haya sido necesariamente mejor que otra. Cada generación construye sus propios rituales. Hoy existen cumpleaños maravillosos, familias que pueden ofrecer experiencias que nuestros padres jamás imaginaron y una tecnología extraordinaria que permite conservar prácticamente cada instante.

Pero también apareció una presión que antes prácticamente no existía. La obligación de que todo sea memorable.

La fiesta debe ser espectacular. El pastel debe sorprender. El lugar debe impresionar. La fotografía debe quedar perfecta. Y después viene quizá el ritual más contemporáneo de todos: publicar que estamos cumpliendo años y esperar esa interminable cascada de felicitaciones digitales.

Durante los setenta y buena parte de los ochenta, si alguien recordaba tu cumpleaños era porque verdaderamente lo recordaba. No había una aplicación avisándole. Quizá llamaba por teléfono a tu casa. Y si eras niño, alguien gritaba desde otra habitación: “¡Te hablan!”

Tomabas aquel teléfono con cable larguísimo y del otro lado aparecía la voz de un tío, un abuelo, un amigo o algún familiar diciendo: “Feliz cumpleaños”. Era una llamada. Pero tenía un enorme valor. También llegaban tarjetas por correo. Algunas personas incluso guardaban durante años las tarjetas de cumpleaños porque contenían algo que poco a poco hemos perdido: la letra de las personas que queremos.

Hoy recibimos cien mensajes idénticos acompañados por un emoji. Antes recibíamos diez felicitaciones. Pero conocíamos la voz de cada una.

Quizás por eso aquellos cumpleaños parecían menos importantes y al mismo tiempo terminaban siendo más íntimos. No eran acontecimientos sociales. Eran acontecimientos familiares.

Se festejaban en la sala, en el patio, en la cochera o en algún pequeño salón. Los adultos se sentaban alrededor de una mesa mientras los niños desaparecían durante horas inventando juegos que nadie había organizado previamente. No existía un animador diciéndonos qué hacer.

Nosotros inventábamos la diversión. Jugábamos a las escondidas, a las atrapadas, a las sillas, a ponerle la cola al burro. Rompíamos una piñata y después ocurría aquella batalla absolutamente salvaje por recoger dulces del piso mientras algún adulto gritaba que tuviéramos cuidado. Y sobrevivimos.

Pero existe otro detalle que con los años he aprendido a valorar. Cuando éramos niños, cumplir años significaba crecer. Queríamos tener 10. Después 12. Luego 15. Dieciocho parecía una frontera gigantesca y llegar a los 20 era entrar definitivamente al misterioso mundo de los adultos.

Después ocurre algo curioso. Pasamos buena parte de nuestra vida queriendo cumplir años y otra buena parte intentando que los años dejen de cumplirse. Hasta que finalmente entendemos que el verdadero privilegio nunca fue permanecer jóvenes.

El privilegio era llegar. Por eso este 20 de agosto quiero mirar mi cumpleaños desde aquella vieja filosofía de los setenta y ochenta. Sin demasiada ceremonia. Sin preocuparme demasiado por el número. Porque quizá después de tantos años uno descubre que los cumpleaños importantes no fueron necesariamente aquellos donde hubo mejores regalos o fiestas más grandes.

Fueron aquellos donde todavía estaban todos. Los abuelos. Los padres jóvenes. Los hermanos pequeños. Los amigos de la escuela. Aquellas voces que alguna vez nos cantaron “Las mañanitas” alrededor de un pastel y que hoy solamente existen en nuestra memoria.

Eso es lo que verdaderamente cambia con los cumpleaños. No el pastel. No los regalos. No las velas. Cambia la fotografía. Algunas personas llegan. Algunas se van. Otras permanecen durante décadas. Y nosotros seguimos apareciendo en medio de la imagen, un poco mayores cada año, intentando comprender a qué velocidad ocurrió todo.

Este 20 de agosto volveré a cumplir años. Y seguramente recibiré mensajes, llamadas y felicitaciones a través de esas maravillosas tecnologías que hoy forman parte de nuestra vida.

Pero en algún momento del día probablemente cerraré los ojos y regresaré por unos segundos a aquellos cumpleaños de los setenta y ochenta. A los globos pegados con cinta adhesiva. A los vasos de refresco. A la gelatina. A la piñata. A aquella cámara que solamente tenía unas cuantas fotografías disponibles. Y a esa época extraordinaria en la que cumplir años no necesitaba convertirse en algo espectacular.

Porque todavía no sabíamos algo que solamente enseñan los años: que llegar a otro cumpleaños ya era, por sí mismo, motivo suficiente para celebrar.



nrm

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Carlos Garza
  • Carlos Garza
  • Productor, creador de contenidos y locutor con 35 años al aire. Desde 1990 ha dado voz a innumerables entrevistas con artistas internacionales y ha impulsado proyectos de radio en México y Estados Unidos. Su trayectoria combina experiencia, técnica y una inquebrantable pasión por la comunicación.
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