Comunidad

La herencia de la tierra: cuatro frentes que defienden el campo mexicano

Desde el rescate del café en las zonas indígenas de Veracruz hasta la certificación de tractores para proteger la vida campesina, este es un viaje por el corazón agrícola de México que demuestra que la verdadera soberanía alimentaria nace en la autog

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Bajo un techo de lámina que cubre poco más de cien metros de exhibición, el bullicio no es el de un mercado tradicional, sino el de un laboratorio vivo. Durante el 24 y el 25 de septiembre, el kilómetro 13.5 de la carretera Los Reyes-Texcoco, en Coatlinchán, Estado de México, se convirtió en el epicentro de la resistencia y la innovación agrícola.

Las instalaciones del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) abrieron sus puertas para celebrar el Día de Campo 2026, un encuentro que, por primera vez, se extendió durante dos jornadas consecutivas para congregar a quienes sostienen la alimentación del país.

​Investigadores, agricultores y estudiantes de la Universidad Autónoma Chapingo caminan juntos, explorando los últimos avances tecnológicos y técnicos del sector. No hay jerarquías rígidas: en los pasillos, los productores bromean entre sí, intercambian consejos empíricos y comparten el peso de la experiencia. A su lado, padres con las manos curtidas por la tierra guían a sus hijos, mostrándoles con orgullo el valor de una labor que se niega a desaparecer.

En medio de este diálogo intergeneracional, donde la ciencia abraza a la tradición y el campo busca maneras de defenderse ante un mercado desigual, se gestan las respuestas a la crisis del sistema agroalimentario. Entre las decenas de expositores que conforman esta cumbre de autogestión y saberes, los siguientes proyectos destacan no solo por su ingenio, sino por su profundo sentido de resistencia comunitaria.

Investigadores, agricultores y estudiantes de la Universidad Autónoma Chapingo caminan juntos
Investigadores, agricultores y estudiantes de la Universidad Autónoma Chapingo caminan juntos. (Foto: Miguel Álvarez)

La milpa y el corral: el ciclo vivo donde nada se desperdicia


Sobre el suelo descansa una caja de madera de apenas un metro de ancho por dos de largo y uno de alto. En su interior habitan nueve gallinas bajo un sistema de semipastoreo, alimentadas meticulosamente con un balance de proteínas, vitaminas y carbohidratos.

El resultado de este equilibrio biológico es un reloj perfecto: cada ave produce un huevo cada 26 horas. Este ritmo natural no solo las mantiene sanas, sino que asegura que, cuando dejen de poner, su carne sea de excelente calidad para el autoconsumo.

Esta escena es descrita por Guillermina Martínez, doctora en nutrición animal por el INIFAP. Para ella, el respeto a los animales es el principio fundamental: las aves no son simples máquinas de producción, sino eslabones vivos de un ecosistema ancestral conocido como la milpa. En este ciclo tradicional —conformado por maíz, frijol y calabaza—, nada sobra. Los residuos de las plantas alimentan a las gallinas, el abono de las aves nutre la tierra, y los cultivos crecen dándose los nutrientes necesarios entre sí.

En los traspatios y terrenos familiares, esta visión de la avicultura rural sobrevive no como una etiqueta de moda, sino como una herencia de autogestión.

"Una familia tiene 50 años produciendo huevo con gallinas en pastoreo... Y con el monte atrás, son unas experiencias padrísimas", relata una de las productoras, destacando el valor de mantener viva esta conexión con la tierra.

El cuidado en estos espacios se traduce directamente en la calidad de vida de las aves. Al caminar libres, desarrollan una complexión muy distinta a la de la crianza masiva:

"Están muy bonitas, muy chulas... tienen suficiente musculatura. Son de doble propósito: huevo y carne". Sin embargo, proteger esta salud requiere un conocimiento profundo del entorno y sus amenazas invisibles.

La bioseguridad comunitaria es una regla de oro que se aprende con la experiencia, pues la mezcla de especies puede ser riesgosa:

"Si tienen guajolotes o patos, acaba con todo, porque son enfermedades que se transmiten entre ellos".

Más allá del rigor técnico de los corrales, el trasfondo de esta labor es profundamente social: se trata de recuperar el control sobre el propio plato. La visión de estos productores rompe con la lógica de la agroindustria, apostando por la autosuficiencia familiar antes que por el volumen de ventas.

"Efectivamente, no vas a vender kilos por día, pero eres una persona, o dos, o tres de la familia que se van a mantener. Al menos esa familia ya no fue a competir por la comida, ya la tienen".

Las instalaciones del INIFAP abrieron sus puertas para celebrar el Día de Campo 2026.
Las instalaciones del INIFAP abrieron sus puertas para celebrar el Día de Campo 2026. (Foto: Miguel Álvarez)

El escudo de acero: tecnología y blindaje para la vida del agricultor


Alma Velia Ayala Garay, investigadora en Economía Agrícola por el INIFAP, señala que en un entorno donde la tierra, el clima y el esfuerzo físico dictan el ritmo de los días, la maquinaria agrícola suele representar la inversión de toda una vida familiar.

Por ello, advierte, antes de que un tractor pise la parcela, necesita pasar por un filtro de rigor científico. Imagine una pesada máquina de campo siendo sometida a fuerzas extremas dentro de un recinto cerrado, empujada hasta el límite para simular el peor escenario posible en una pendiente lodosa.

Ese es el trabajo diario del Organismo de Certificación de Implementos y Maquinaria Agrícola (OCIMA) del INIFAP. Este espacio no solo es un referente técnico, sino una auténtica trinchera en defensa del sector primario.

"La certificación de maquinaria agrícola en México es única en el país y tiene validez internacional", explican los especialistas a cargo del organismo.

El nivel de exigencia es tal que, en toda la región, apenas existe un homólogo:

"Dentro de INIFAP hay un laboratorio de pruebas donde solo hay otro similar en Brasil; de ahí no tenemos competencia en América Latina".

Pero la verdadera misión de este laboratorio va mucho más allá de los fierros y los engranajes; se trata de proteger el cuerpo y la vida de quienes trabajan la tierra. Uno de los ensayos más críticos es la evaluación estructural.

"Verificamos que el usuario final o el conductor del tractor, en caso de una volcadura, esté protegido con ese arco o cabina para que no le pase nada. Para eso se hace una prueba en laboratorio", detallan.

Además del resguardo físico, esta certificación funciona como un blindaje económico frente al engaño y la vulnerabilidad comercial. En la era de la globalización y las compras digitales, el patrimonio campesino está bajo el asedio constante de fraudes.

"Hemos detectado que hay muchas empresas que llegan a México, se instalan y luego desaparecen, o venden productos por plataformas y ya no dan servicio postventa ni garantías", denuncian desde OCIMA.

Frente a este mercado rapaz, la validación institucional se convierte en una herramienta de certidumbre y resistencia, asegurando que el productor no sea abandonado a su suerte tras invertir los ahorros de su vida.

El sabor de la memoria: conservas que desafían a la agroindustria


Erika De Luna y su madre, Victoria Segura, son las fundadoras de Herencias, un manifiesto político contra la agroindustria. Con un color natural, libre de químicos y endulzado apenas con un 30 por ciento de miel de agave, el producto está diseñado para nutrir y permitir que incluso una persona diabética lo consuma sin sufrir picos de glucosa.

Erika De Luna y su madre, Victoria Segura, son las fundadoras de Herencias.
Erika De Luna y su madre, Victoria Segura, son las fundadoras de Herencias. (Foto: Miguel Álvarez)

Es un frasco que sabe a la montaña de Texcoco y que se niega rotundamente a convertirse en un producto de anaquel transnacional.

Este es el corazón de Herencias, un proyecto agroecológico anidado en San Miguel Tlaixpan que redefine el concepto de sustentabilidad.

"A veces piensas que la agricultura es irte a grandes productoras y exportadoras, y perdemos la esencia de lo local", explican sus creadores.

Para ellos, lo sostenible no es un sello verde de mercadotecnia, sino la reivindicación de la tierra: huertos que de forma histórica han alimentado a su propia comunidad.

La memoria agrícola de esta zona es profunda y vital. Los custodios de este proyecto recuerdan que, durante generaciones, este territorio fue el motor alimentario del centro del país.

"Históricamente, los metepantles y huertos familiares de aquí abastecieron a mercados muy importantes de la Ciudad de México como Sonora, Jamaica y La Merced".

Es una tradición que defiende el suelo bajo una premisa antigua e innegociable, ligada incluso al legado de los baños de Nezahualcóyotl:

"Por mucho que queramos, no se puede comer dinero".

Por ello, el éxito para Herencias no se mide en kilómetros de distribución ni en volumen de ventas. Ante la tentación de llevar sus conservas a otros estados, la respuesta es una declaración de principios.

"Esto es local, no tenemos interés en estar en Guadalajara ni en ningún otro lado", afirman con tajante orgullo.

Crecer a nivel industrial implicaría traicionar su origen y su tierra.

"Si nos queremos expandir, vamos a caer en los vicios del sistema agroalimentario mexicano con conservadores, traslados y glifosato".

Una resistencia dulce, envasada a mano, que demuestra que lo verdaderamente revolucionario hoy en día es alimentar a los tuyos antes que al mercado.

El rescate académico y familiar del café mexicano


El ingeniero Ardelio Lugo Castañeda, fundador de la marca Kafenta en la zona norte de Veracruz, describe la dura realidad que se vive hoy en los paisajes cafetaleros de las zonas indígenas marginadas de México.

Allí, relata, el pequeño productor se levanta cada día para cuidar su parcela de apenas un cuarto de hectárea, heredada de sus bisabuelos, mientras lucha contra las inclemencias del clima y plagas como la roya. A miles de kilómetros, en Brasil, otro productor supervisa 100 hectáreas altamente tecnificadas, listo para inundar el mercado internacional.

Esta brutal disparidad de condiciones resume el reto que asfixia a la cafeticultura mexicana moderna. Un sector que alguna vez fue el orgullo nacional ha experimentado un declive silencioso frente a la voracidad de la globalización.

Hoy, la supervivencia exige enfrentarse a gigantes en condiciones de clara desventaja.

"El productor se queda en el libre mercado compitiendo con productores de Brasil, Vietnam, Colombia. Un productor brasileño tiene 100 hectáreas tecnificadas, nosotros tenemos un cuarto de hectárea; pequeños productores en zonas marginadas, zonas indígenas", detalla.

Frente a esta asimetría, la gran trinchera de resistencia es científica y comunitaria, liderada desde las aulas de la Universidad Autónoma Chapingo. En sus instalaciones se resguarda el banco de germoplasma más grande de México y el Centro Nacional del Café.

"Ahí queda la semilla", explica el experto, quien desde este bastión académico ha dedicado una década a adaptar variedades resistentes para compartirlas con el campo.
"Desde Chapingo me he traído a experimentar muchas variedades y lo que sobresale yo se lo traspaso a los productores ya en semilla... ya hice esta chamba pesada por todos los demás".

Además, es un acto de preservación de la memoria:

"Nunca perdimos el café, desde mis bisabuelos construyeron ahí una infraestructura pequeña a nivel familiar: tanques de fermentación, tanques de almacenamiento de agua que se usan desde hace 200 años".

El último paso de esta resistencia es reclamar la justicia económica. Vender únicamente el grano crudo condena al productor a la pobreza.

"A veces vendemos estos paquetes en 200 pesos y tú le sacas 50 tazas que te gustan a 20 pesos. Entonces estamos perdiendo el 80 por ciento del dinero", advierte.

Por ello, el futuro de proyectos locales como Kafenta apunta a la transformación total: llegar directamente a la taza del consumidor final con cafeterías propias en urbes como Monterrey, Querétaro y la Ciudad de México. Una estrategia donde cada trago de café le devuelve su verdadero valor a la tierra que lo vio nacer.

Al final de la jornada, las palabras de la investigadora Guillermina Martínez resuenan no solo como un diagnóstico, sino como una brújula moral para todos los asistentes.

"Debemos fomentarlo, es nuestra obligación para que todos sepan el valor de los alimentos que consumimos, que muchas veces es mal pagado", reflexiona.

Y es precisamente allí donde radica la verdadera fuerza de espacios como este Día de Campo del INIFAP. Más que una simple feria de exhibición técnica, el encuentro se consolida como una trinchera de resistencia y una pedagogía vital. Es el lugar donde la ciencia y la tradición se dan la mano para recordarnos que el campo no es una industria abstracta, sino un tejido humano que exige dignidad, justicia y, sobre todo, que nunca olvidemos de dónde viene lo que nos da la vida.

​HCM

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