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  • Botas, sombreros y corridos tumbados: la revolución norteña que viven los jóvenes chilangos

Los corridos tumbados están conquistando las calles, los bares y los escenarios de la CdMx | Especial

No es un secreto que los corridos tumbados están conquistando las calles, los bares y los escenarios de la CdMx. Una generación de jóvenes chilangos convirtió el regional en una estética, un lenguaje y una forma de pertenecer.

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DOMINGA.– Hay noches en que la colonia Ciudad de los Deportes se convierte, en cuestión de horas, en cualquier ciudad del norte de México. No importa si vienes de Iztapalapa, Polanco, Ecatepec o Coyoacán. Todos adoptan el mismo uniforme. Botas vaqueras, sombreros de ala ancha, hebillas y camisas con bordados brillantes rodean la Monumental Plaza de Toros México. Vienen jóvenes, oficinistas, parejas, universitarios y grupos de amigos que esperan la apertura de las puertas mientras se escucha a lo lejos los acordes de un buen corrido tumbado.

Sobre las banquetas, en puestos improvisados alrededor del recinto, se venden sombreros, bebidas y artículos relacionados con los artistas que esa noche ocupan el escenario. La gente se toma fotos, canta, bebe y avanza poco a poco entre el tránsito y las filas. Algunos llevan la estética norteña de pies a cabeza; otros incorporaron apenas un sombrero o unas botas como la contraseña para entrar a una fiesta.

​Ante el declive de la actividad taurina, este espacio encontró una nueva vocación: convertirse en templo del regional mexicano en la ciudad, junto al estadio del Cruz Azul y a unas cuadras de la Avenida de los Insurgentes. Con capacidad para más de cuarenta mil personas, recibe al menos dos veces al mes a los máximos exponentes de la banda y el norteño para realizar conciertos y bailes masivos.

Plaza de Toros México confirma fin de corridas y novillas |SORA
La Monumental Plaza de Toros México se construyó entre 1944 y 1946, inaugurándose el 5 de febrero de 1946 |SORA


Hace una década habría parecido improbable una escena semejante. La Ciudad de México fue durante años el territorio donde el género del regional mexicano sobrevivía principalmente en ferias patronales, palenques, fiestas privadas, salones de baile y estaciones de radio especializadas. Para buena parte de la élite cultural chilanga, la banda, el norteño y los corridos pertenecían al México rural, a los estados del norte, a las comunidades migrantes o a las clases populares. No formaban parte de lo cosmopolita que la capital pretendía proyectar.

La banda era “de provincia”. Los sombreros eran para ir al rancho. Los corridos sonaban en las carreteras del norte. Hoy ocurre lo contrario. La estética norteña dejó de ser una curiosidad regional para instalarse en el paisaje cotidiano de la metrópoli. La Ciudad de México se volvió, también, una ciudad tumbada.

Los sombreros ya no aparecen únicamente durante las fiestas patrias. Las botas dejaron de utilizarse sólo en jaripeos y ferias. Los corridos tumbados salen de los teléfonos, de los automóviles, de los bares de la colonia Roma y de las fiestas de jóvenes que crecieron rodeados de hip hop, pop, reguetón y música electrónica.

El fenómeno ocupa cada vez más espacios de la vida nocturna capitalina y ha creado una ruta de establecimientos dedicados a reproducir, adaptar y comercializar la experiencia del regional mexicano.

La capital ha incorporado experiencias de entretenimiento al estilo del regional mexicano
La capital ha incorporado experiencias de entretenimiento al estilo del regional mexicano | Especial
Los corridos de dolor se cantan y los de tambora se bailan


En la colonia Juárez, La Plebada Bar reúne a cientos de personas que buscan escuchar corridos tumbados y música bélica interpretada por grupos en vivo. En la Roma, La Banda Dolida se convirtió en un rincón sinaloense donde todos los días hay banda, cantaritos gigantes y una atmósfera que parece trasladada desde Culiacán o Mazatlán.

Más al sur se encuentra Aluchic en Insurgentes 1821. El concepto cuenta con varias sucursales y funciona como otro templo dedicado al regional mexicano. Todo en el lugar está organizado para que la música ocupe el espacio entero: los tambores retumban en el pecho, las trompetas atraviesan las conversaciones y las guitarras distintivas de los corridos tumbados pueden escucharse incluso antes de cruzar la puerta. En las grandes pantallas alrededor del salón aparecen videos de Banda MS, El Flaco, Fuerza Regida, Peso Pluma y otros exponentes del género. Las imágenes cambian una detrás de otra mientras las personas cantan y corean un repertorio de más de cien canciones que se prolonga hasta las dos de la mañana.

La mayoría no necesita consultar las letras. Conoce los inicios y coros que deben gritarse con más fuerza. La estética que vemos repetirse en las calles domina el interior: Hay jóvenes con botas vaqueras y sombreros combinados con vestidos cortos, faldas, escotes y atuendos sensuales. Algunas mujeres llegaron sin pareja, pero eso no les impide ocupar la pista. Bailan solas, entre amigas o con los animadores, quienes también representan una versión erotizada del imaginario norteño. Aquí, las canciones de dolor se cantan y las de tambora se bailan para sacudirse la tristeza con el cuerpo.

Cerca de la medianoche, cinco jóvenes que no parecen rebasar los veinticinco años suben al escenario. No llevan sombreros ni botas ni camisas bordadas. Visten playeras negras, pantalones deportivos y tenis. Podrían formar parte de una agrupación de rock, un colectivo de hip hop. Sin embargo, desde los primeros acordes queda claro que dominan el género. Tocan como músicos experimentados, con la precisión de quienes crecieron escuchando esas canciones. Comienzan con una rola de Fuerza Regida. Después llegan los acordes de “Todo lo fue”, de Lenin Ramírez. Las conversaciones se interrumpen, los teléfonos se levantan y cientos de voces cantan. “Todo lo fue, sin ser realmente nada…”.

No es una reacción inesperada. La canción acumula 274 millones 859 mil 160 reproducciones en Spotify y 365 millones de views en YouTube. Pero el número, visto desde la pista, adquiere otro significado. El volumen es tan alto que la música y los coros se escuchan a más de una cuadra. Afuera, la Ciudad de México continúa con su tráfico y su prisa. Adentro, por unas horas, la capital habla con guitarras, trompetas y tamboras. No parece imitar al norte. Parece haberlo incorporado.

No llevan la vestimenta típica, pero los jóvenes demuestran saber los acordes de las canciones más representativas del género
No llevan la vestimenta típica, pero los jóvenes demuestran saber los acordes de las canciones más representativas del género | Especial

La música regional que tomó la CdMx


A esta vida nocturna se suman conceptos nacidos en la propia Ciudad de México. Uno de los más exitosos es Los Guitarrazos, una bohemia y fiesta itinerante creada por el chihuahuense Said Amaya. Lo que comenzó como una serie de reuniones informales entre amigos, terminó convertido en un fenómeno cultural donde cientos de asistentes hacen fila para interpretar corridos, rancheras y baladas al ritmo de guitarras y bajo sexto, un instrumento de doce cuerdas que marca el ritmo. El público no permanece frente al escenario como un espectador pasivo. Se vuelve parte de la música, pide canciones y espera su turno para ocupar el centro de la reunión.

Otro ejemplo es el Festival Arre Pepsi Black, considerado el festival de música mexicana más grande de América Latina. Su cuarta edición tuvo lugar en septiembre pasado en el Autódromo Hermanos Rodríguez. El cartel incluyó a figuras como Alejandro Fernández, Banda MS y Los Tucanes de Tijuana, junto con representantes de los corridos tumbados, la banda, el norteño, el mariachi y la cumbia. Durante dos días, uno de los recintos más grandes de la capital reunió bajo una misma etiqueta expresiones musicales que durante décadas fueron clasificadas como regionales y que ahora buscan presentarse como las distintas caras de una música nacional.

Pero quizá ningún escenario simboliza mejor la transformación que la Monumental Plaza de Toros México. Presentarse en la Monumental, en la colonia Ciudad de los Deportes, no es cualquier cosa. Para los artistas representa una consagración reservada a las figuras capaces de reunir a decenas de miles de personas. El mítico recinto taurino, con su enorme ruedo y sus gradas, se transforma durante una noche en una cantina y una pista de baile colosal. Miles de asistentes cantan al unísono, levantan vasos de cerveza y agitan sus sombreros mientras las luces iluminan un espacio que durante décadas estuvo dedicado a otro ritual.

El escenario que fue símbolo de la tauromaquia ahora pertenece a las bandas sinaloenses, los grupos norteños y los intérpretes de corridos. El cambio no es solamente musical. También es una disputa por los espacios, los símbolos y la identidad cultural de una ciudad. La pregunta ya no es por qué el regional mexicano está de moda. La pregunta es por qué millones de jóvenes urbanos decidieron apropiarse de una música, una vestimenta y unos códigos que durante décadas fueron considerados ajenos y, en algunos círculos, incluso motivo de desprecio o burla.

Otras agrupaciones del género, como Grupo Frontera, se han presentado en recintos de la capital mexicana
Otras agrupaciones del género, como Grupo Frontera, se han presentado en recintos de la capital mexicana | Especial

La legitimidad de los corridos


José Manuel Valenzuela
, investigador emérito del Conacyt, profesor emérito de El Colegio de la Frontera Norte y autor del libro Corridos tumbados: bélicos somos, bélicos morimos, tiene la respuesta: “Es una realidad que los jóvenes lo aceptaron y dejó de ser un ritmo de la clase baja, tanto que hasta Barack Obama tiene a la Doble P en su playlist”, señala. La Doble P es Peso Pluma, que llevó el género a escenarios, listas y públicos que antes permanecían imposibles.

El fenómeno no puede reducirse a una tendencia pasajera. Buena parte de la conversación pública, explica, permanece atrapada en una narrativa cuyo eje es el narcotráfico y en la idea de que los corridos tumbados celebran la narcocultura. Pero ya se desbordó esa interpretación y también las antiguas fronteras sociales del género.


Valenzuela argumenta que muchos de sus intérpretes no necesariamente poseen las grandes voces que exigía la industria musical tradicional. Su fuerza se encuentra en otra parte. Los jóvenes los perciben como figuras legítimas y entrañables. Hablan con sus códigos, comparten sus referencias, construyen personajes cercanos y no quieren pertenecer a nada que les imponga cómo deben vestir, cantar o comportarse. Esa legitimidad permitió que la música conectara con un público joven que busca eso: reconocerse en quienes ocupan el escenario.

El fenómeno también refleja una transformación generacional. Los intérpretes ya no necesitan responder al modelo de Luis Miguel, el cantante de voz impecable, traje diseñado y carrera construida durante décadas. En las plataformas digitales, la identificación puede resultar tan importante como la técnica.

Impulsado por las redes sociales y las plataformas de streaming, el género del regional mexicano creció más de 400% en apenas cinco años a nivel mundial, según reportes de Sportify. Peso Pluma, Natanael Cano o Fuerza Regida rompieron las fronteras al combinar los corridos con el trap, el hip hop y otros géneros contemporáneos.

Spotify y YouTube redujeron las barreras que antes imponían la radio, las disqueras y los canales tradicionales de distribución. Un artista mexicano puede colocar una canción ante millones de oyentes y competir directamente con las estrellas del pop anglosajón y del reguetón sin depender de la programación radiofónica. El mejor ejemplo ocurrió en diciembre de 2023: “Ella baila sola”, de Eslabón Armado y Peso Pluma, superó los mil millones de reproducciones y se convirtió en el primer éxito del regional en colocarse dentro de los primeros diez lugares del Billboard.

“Compa qué le parece esa morra, la que anda bailando sola” es una frase que se popularizó hasta el hartazgo.

​El regional mexicano se convirtió en estética y lenguaje


El regional mexicano está en las calles de la Ciudad de México. Se convirtió en una estética, un lenguaje. Los sombreros, las botas, las hebillas, los cantaritos, las guitarras y los corridos ya no identifican exclusivamente una procedencia territorial. Un joven no necesita haber nacido en Sinaloa, Chihuahua o Sonora para apropiarse de esos símbolos. Puede haber crecido en una unidad habitacional de Iztapalapa, en una casa de Ecatepec, en un departamento de la Del Valle o en una familia de Polanco.

También se volvió lo suficientemente flexible para incluir los relatos del campo y de la frontera, pero también del amor, abandono, dinero, consumo, poder, armas, autos, marcas, violencia y éxito. Pero reducir su éxito a esos temas impediría comprender por qué millones de jóvenes lo sienten cercano. “Los corridos tumbados también ofrecen una narración de movilidad y reconocimiento. Muchos de sus intérpretes se presentan como jóvenes que llegaron desde los márgenes hasta los grandes escenarios, desafiaron las reglas de la industria y consiguieron éxito sin borrar por completo su origen, su acento o sus códigos”, dice Valenzuela.

Durante décadas, la Ciudad de México aspiró a parecerse a Nueva York, Londres o Berlín. Su idea de modernidad se construyó con frecuencia mirando hacia fuera y tomando distancia de las expresiones identificadas con el México rural o provinciano.Ahora, miles de jóvenes descubrieron que también pueden reconocerse en un sombrero, unas botas, un acordeón, una banda sinaloense o las guitarras de un corrido tumbado.

En Aluchic, cerca de las dos de la mañana, las trompetas siguen atravesando el salón. Las mujeres continúan bailando con sus sombreros y los cinco músicos vestidos con playeras y tenis enlazan una canción con otra. Afuera, el sonido se extiende por la calle y se mezcla con los motores, las voces y el ruido habitual de la capital.

En los centros nocturnos, las personas asistentes se visten de botas y sombreros para celebrar el regional mexicano
En los centros nocturnos, las personas asistentes se visten de botas y sombreros para celebrar el regional mexicano | Especial

La Ciudad de México, la misma que durante años miró hacia el norte con distancia, terminó abrazando una identidad que alguna vez creyó ajena. Quizá ésa sea la mayor victoria del regional mexicano: no haber conquistado solamente las listas de reproducción, los festivales o los grandes escenarios, sino haber cambiado la manera en que una ciudad entera se escucha y se mira a sí misma. La capital no se disfrazó de norte. Lo hizo parte de ella y se volvió tumbada.



GSC/ASG


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Cinthya Sánchez
  • Cinthya Sánchez
  • Periodista y Productora de Contenido. La investigación de sus historias se ha contado en libros, documentales y series. Ha recibido Mención Honorífica en el Premio Nacional Rostros de la Discriminación
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