Sexo: ¿una vez al año?

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EL SEXÓDROMO

Verónica Maza Bustamante

elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

FB: La Doctora Verótika


Un estudio de reciente publicación, elaborado por la Asociación Japonesa de Planificación Familiar, reveló que las parejas casadas en Japón mantienen cada vez menos relaciones sexuales y el número de personas adultas vírgenes va en aumento.

Aunque podría pensarse que eso es común entre los casados, al ver las cifras arrojadas por esta investigación —publicadas en The Japan Times— descubrimos que en el fondo hay situaciones aún más dramáticas que el típico declive del deseo en el matrimonio.

Para su elaboración entrevistaron a tres mil personas entre 16 y 49 años. De ellos, 655 encuestados estaban casados; 47.3 por ciento de los hombres no había tenido relaciones sexuales en el último mes, frente a 47.1 por ciento de las mujeres. Muchas parejas afirmaron haber gozado de apenas dos o tres encuentros en un lapso de seis meses. Según el presidente de la asociación, Kunio Kitamura, esta tendencia es cada vez más común desde 2014.

Como he compartido en esta columna, no es tan importante la cantidad de encuentros eróticos como la calidad, intensidad, ímpetu y sensación de bienestar que aporten. Sin embargo, cuando uno revisa los motivos por los cuales se han espaciado tanto entre ellos las sesiones placenteras, es imposible no pensar: “¡Santa Cachucha! ¡Esto podría convertirse en una situación mundial!”. ¿Por qué? Resulta que 35.2 por ciento de hombres dijo que la falta de sexo era producto del “agotamiento por el trabajo” y el otro 12.8 declaró que veía a su esposa más como un miembro de la familia que como una compañera sexual. Entre las encuestadas, 22.3 por ciento afirmó que el encuentro erótico era una “molestia” y 20.1 que la intimidad había disminuido luego del parto.

Las jornadas laborales a las que se someten los japoneses, que apenas les permiten ir a sus casas a dormir antes de tener que empezar de nuevo a trabajar, aunadas a la presión social, familiar y económica por mantener sus puestos, los lleva a dejar de pensar en el placer (y hablo no solo del sexual; también del gozo de vivir, divertirse, tomar el sol, salir de vacaciones, etcétera). Además, cada vez es más común que las mujeres trabajen durante muchas horas, por lo que el tiempo para conocer a una posible pareja o enamorarse se va reduciendo.

La investigación encontró que entre los solteros de 18 a 39 años, 47.9 por ciento de los hombres y 52.9 de las mujeres nunca había tenido relaciones sexuales. Es decir, la mitad de aquellos que no han pasado por el ritual matrimonial (incluso mayores de 35 años), no han conocido las mieles del deseo. Estos datos se agravan cuando se compara el aumento en la tasa de suicidios, y no es que decidan quitarse la vida porque no tienen sexo: lo llegan a hacer porque no les satisface su existencia en general, lo cual incluye la cuestión afectiva y sensual.

Después de que a finales de 2015 una empleada de 24 años de la agencia de publicidad Dentsu se quitó la vida tras haber trabajado 100 horas de más en un mes, se ha propuesto que se establezca un máximo de tiempo extra, se respeten los descansos y haya opción de medios turnos, además de proponer aumentos en el salario mínimo, pues la mayoría de empleados tiene que permanecer todo ese lapso de tiempo en sus centros para poder cumplir con sus pagos y obligaciones de manutención.

La opción más socorrida para tener compañía en esos raros días de descanso es contratar a una persona para pasear y conversar por un rato, salir de antro, ir a comer o al cine (de sexo ni hablamos). El servicio lo ocupan tanto hombres como mujeres, quienes prefieren pagar una vez cada seis meses que reconstruir su visión del amor, del deseo, de las relaciones de pareja. La pornografía animada, los videojuegos, los gadgets, se han vuelto los nuevos acompañantes cotidianos de las y los japoneses.

Las preguntas serían: ¿estamos entrando a una nueva era en donde trabajar y tener una familia parece ser incompatible? ¿La tendencia es que las jornadas laborales sean cada vez más extensas y por ello no podamos sostener una relación de pareja y/o ser padres? ¿El amor y el deseo han quedado muy abajo en la lista de prioridades del ser humano? ¿Hay manera de revertir esta situación?

El tiempo las irá respondiendo, pero deberíamos tomar como ejemplo lo que pasa en Japón para no dejar que el vertiginoso ritmo cotidiano, la depresión por la crisis actual y la ausencia de relaciones interpersonales nos conviertan en una máquina más de una enorme fábrica que nos va quitando de a poquito nuestra humanidad.

***

SENSUALES ETRUSCAS

Después de reflexionar en torno a los japoneses, leo sobre las costumbres cachondas del pueblo de los etruscos, que habitaba el centro de Italia entre los años VIII y I a.C. El periodista y escritor italiano Claudio Lattanzi explica en su libro El amor y el sexo en los tiempos de los etruscos, el papel que jugaban las mujeres en la sociedad, única entre las civilizaciones del Mediterráneo en donde ellas tenían el mismo poder que los hombres, gozaban de libertades civiles, vivían su sexualidad sin tabúes (al no conocer aún la idea del “pecado”) y no eran consideradas propiedad de su esposo.

El etrusco era un pueblo que mantenía el concepto de igualdad entre los sexos, las mujeres no solían temer por la infidelidad (no porque sus compañeros les juraran fidelidad eterna, sino porque no los veían como una posesión), participaban al unísono en las actividades sociales, políticas y del hogar, convivían con otras personas en las fiestas tradicionales (a nivel amistoso y hasta sexual).

¿Qué fue lo que modificó esta situación? Una historia de violencia, afán de posesión y deseo entre Lucrecia, su esposo Lucius Tarquinius Collatinus y Lucius Tarquinius Superbus (su pariente y rey etrusco), cuyo hijo, Sextus, se encaprichó con Lucrecia, a quien violó. Esto llevo a que la pareja presentara una queja en Roma, donde los magistrados aprovecharon la situación para cancelar el reinado y fundar una república. Con esto llegó a su fin la sociedad etrusca y, de paso, la libertad de las mujeres.

***

EL VESTIDO NARANJA

El vestido naranja lo levanto:
debajo hay una gruta, son dos grutas
—el vértigo, una nube—,
entrar en otra calma, un sol de aceite.
Dos pizcas, dos minucias enormes no son pizcas,
son dos garbanzos de agua masticable
igual que se mastica la vida en tus adentros,
mar adentro, más adentro de ti, tú descosida
como si tu placer fuera costumbre
y el aire así entreabriera el vapor de unos labios.
Las termas se descubren, se recubren
de un silencio salado en el arroz.
Tú buscas lo rotundo, lluvia o grano
y yo lamer la sangre, los tejidos, tú que embista
y llene tus dos grutas, las ocupe
como una doble piel o un doble cuerpo.

Joaquín Pérez Azaústre

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