PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto Albarrán
Culturalmente la ninfomanía se decanta en dos condenas: la incomprensión de quienes suponen que es un padecimiento sexual que produce felizmente una orgía perpetua; y que es al mismo tiempo una especie de castigo divino para los portadores de una enfermedad que contraviene toda forma de morigeración moral y temperancia emocional.
Así, más allá de los actos provocadores, Lars von Trier, taumaturgo de la descomposición de esquemas socialmente aceptados, creó Ninfomanía, la película sin musical de formato como de banda de Moebius, donde más allá de los esquemas roídos del porno, se interna, y nosotros con él, en el tótem y tabú de un tema casposo, que tiene más partes médicos que historias.
Von Trier, cuya labor es la de derrotar estatuas de sal, contraviene con su aguerrido discurso fílmico —como ha venido sucediendo desde que se coludió con otros insensatos para conformar su grupo terrorista cinematográfico: Dogma— todos los lugares comunes alrededor de la ninfomanía mientras genera estupefacciones, desencantos, alegrías y escándalos a su alrededor. Ya se sabe que a diferencia de Atila, que donde pisaba no crecía la hierba, por donde transita don Lars se desparraman las dudas, chisporrotean las incertidumbres y se desatan los malestares en la cooltura.
Una vez más, con el único fin de sostener su mito, el director de Dogville ha elegido la presencia de su actriz fetiche, Charlotte Gainsbourg (quien ya era un fetiche en sí misma, también lo es de madame del shock de futuro, Asia Argento), para armar sus transgresiones con el agregado perverso de que es hija de uno de los más importantes sexo transgresores de la historia, Serge Gainsbourg. Basta evocar los huracanes que se desataron cuando padre e hija, ya muy decadente el primero y muy Lolita la segunda con el diablo en el cuerpo, interpretaron una bonita melodía titulada “Lemon incest”, que parecía inspirada por las travesías sempiternas de Anaïs Nin, esa intensa y auténtica catadora de pecados.
Para acabar de una vez con los atavismos medievales, don Lars afirma que la ninfomanía, su ejercicio pleno, requiere de un compromiso y una ética laboral a prueba de huelgas sindicales. Que no es, como se cree, un espacio para la improvisación y el arrebato carnal, que para la satisfacción plena no se puede confiar solamente en los azares ni en lo espontáneo. Que la estructura y los protocolos son indispensables para la ejecución más exacta de los placeres necesarios.
La ninfomanía es un celibato al revés; por eso se renuncia al padre, al hijo y al Espíritu Santo. Significa entregarse a una religión tanto o más exigente que la de cualquier otra cofradía plagada de rituales, misterios, ángelus y rezos. En la ninfomanía, contra lo que afirman los profanos que solo categorizan y etiquetan los excesos, hay poesía. Pero una que se extirpa los sentimentalismos del espíritu por su falta de verdad y lucha denodadamente contra el imperio farragoso de cliché, que todo lo que toca lo vuelve ceremonia vana y repetición mecánica. Todo bañado con un denso caldo de cursilería desgobernada. Las ninfómanas no son perfectas y pueden dudar de sus propios apetitos y cacería, acosadas por la culpa. Por eso Joe, la protagonista inenarrable que encarna la Gainsbourg con desbordado cansancio (a quienes se cansan de tanto besar, ella estaba agotada de tanto mamar) decide encontrar castigo y sosiego en otra fe que se cimenta en la codicia desmesurada del dolor, esa sensación ambiciosa de la que hablaba Cioran: el sadomasoquismo.
Así se convierte en Fido y descubre otras formas del placer expuesto a la cosificación y aprende los secretos del oficio de las dominatriz a la mala como en la Historia de O y a la luz de los Once mil falos de Apollinaire.
Soy ninfómana, me amo por eso y seré pecadora hasta el final, anuncia categórica la Gainsbourg mientras se confronta con terapeutas y supuestas seudoninfómanas que más bien son putas tristes y cuando mucho infieles seriales. Perras desprovistas de garbo y certidumbre que al final se avergüenzan de lo único que verdaderamente les da sentido a sus execrables vidas.
Todo un periplo anegado y tormentoso narrado por Joe a un asceta asexuado que no puede sino caer derrotado, como cualquier espectador en su butaca, ante la tentadora emboscada de goces carnales, sensoriales, eróticos que se van derramando con singular delectación a lo largo del filme. Con su playera de “Persona non grata en Cannes”, Lars von Trier nos aplica desde lo desgarrado de su filme los rigores de la padroterapia intensiva.
EL PANINI
Colecciono cualquier cantidad de maravillas que luego se convierten en chatarras: discos, juguetes, revistas, libros, frases, videojuegos, películas, resentimientos sociales, fotografías, obras de arte y una larga lista de objetos que se acumulan frente a ti y que significan, representan, evocan, remiten, yuxtaponen, concatenan, disparan e inspiran.
También estorban, corrompen, alteran y generan caos y desorden porque una vez que empiezas a llenar tu casa con tus ociosas colecciones, es difícil detenerse. Por eso tienes que aprender a negociar con quienes comparten tu entorno para que no te odien por todas esas cosas que tú ves como maravillas mientras ellos sólo aciertan a contemplar como basura. A menos que quieras que te echen con todo y tus tiliches.
Por eso prometí no coleccionar más chivas de las que pudiera acomodar con cierta armonía en mi estudio y los espacios que fuera de él pude ganar para mis tesoros.
Por eso resultó curioso que, a pesar de la prohibición, utilizando a mi hija de Caballo de Troya, me precipité a una vieja práctica que había olvidado cuán gozosa era: el álbum de estampas Panini del Mundial. Me había resistido pero ya no pude escapar. Y qué bueno, fue como regresar a los viejos tiempos en que te entregabas con pasión a la cacería de estampas y recuperar el encanto de hallar una imagen por tanto tiempo esperada. Era volver a la primaria cuando apostabas bonche contra bonche, o tus ojos brillaban cuando te topabas con una estampa faltante, o intercambiabas con tus iguales las figuras que tendrán lugar en tu álbum.
A lo mejor no importa demasiado en sí mismo el tema, las caras de todos esos jugadores, los colores, escudos y banderas. Lo que verdaderamente vale la pena es la experiencia misma de buscar los sobres, abrirlos y checar si en su interior se resguardan los pequeños prodigios que necesitas; ver con cierta desesperación cómo te vas llenando de estampas repetidas mientras tus faltantes brillan por su ausencia; encontrarte con la mirada reprobatoria de aquellos que ven todo esto como una pérdida; experimentar-recuperar la dicha inicua de colocar con sumo cuidado la última estampa y, de inmediato, sentir ese triste vacío que deja toda misión cumplida.
Una serie de sensaciones olvidadas que te llevan a la época del álbum Bimbo que nunca pudiste terminar, o el de las Estrellas de Hollywood (diablos, cómo me costó encontrar a Steve Austin, el Hombre nuclear), o aquella extraña colección de Coca-Cola que traía los rostros de jugadores mexicanos en las corcholatas (justo cuando había aceptado que nunca lo completaría, me encontré la que me faltaba, con la figura de un equipero poblano, José de Jesús Aceves, debajo de un mueble en una ferretería).
A la hora de escribir estas líneas solo me faltan siete estampas del Panini Brasil 2014 (121-266-341-345-361-364-440), ahí como cosa suya, cooperen para la causa.