EL ÁNGEL EXTERMINADOR
El Tal Borgues
El cine nacional desde los años cuarenta nos puso en el imaginario colectivo a la gente de Peralvillo como prole, raspa y muy gachita: casi como político verde sobre un monte de animales muertos sacados del circo. Pero hubo, y hay por ser inmortal, una gran excepción: el detective Péter Pérez, obra del periodista José Martínez de la Vega (México 1907- 1954), fuente notable de textos humorísticos, algunos memorables.
Aparecidas en 1952, las cábulas historias del detective remiten a la crónica citadina y a esos estereotipos mexicanos que los buscadores de identidad nacional fraguaban desde la revolución para ver si así se aplacaban los disturbios, entonces causados por la pobreza brutal y el abuso gandalla e impune de la clase política. Se buscaba la imagen citadina de la todopoderosa capital del país, que en esos años, el enorme Cantinflas había logrado plasmar con Ahí está el detalle.
Con Péter Pérez se reafirma el personaje popular cómico que hacía burla de lo cotidiano para evidenciar cómo era ese México posterior al "milagro mexicano", donde las clases de menores recursos solían reivindicarse por su ingenio y por su aceptación de la sociedad que les tocó vivir, pero que la verdad eran como fakires de tiempo completo, pues los salarios mínimos eran fantasmas. Péter y Cantinflas se unen en ese imaginario nostálgico donde bastaba tener ingenio y saber buscar las oportunidades para sobrevivir; incluso si el detective solo contaba con dos camisas por guardarropa: así como Cantinflas no llegaba ni a cinturón o gabardina, Péter vive y duerme vestido sobre un petate en la accesoria donde atiende a su clientela: ni a muebles llega, pero impone su ingenio a civiles y policías, especialmente al Sargento Vélez, un policía que nunca resuelve los crímenes, pero tiene la honestidad de pedir ayuda a Pérez. En estos tiempos de desdén oficial por la violencia cotidiana, más nos suena a broma que cualquier investigador siquiera reconozca su ineptitud ante los resultados inocultablemente malos y escasos. De ahí parte de la eficacia del humor de Martínez de la Vega, quien logra virtuosamente evitar el albur o el doble sentido en sus cuentos, donde no por bien hablado evita la crueldad que toda nota roja supone.
Péter se burla de los detectives de pipa y gabardina, pues finge fumarla solo en presencia de la clientela y cada tanto describe lo usada que es su ropa. Mediante el mecanismo de la burla con retruécano, nos enteramos de la realidad mexicana de hace medio siglo. En "El indio redimido" nos recuerda el autor que los indios redimidos no existen, excepto "en la propaganda oficial. Ya ve usted que prefieren ser braceros"; cuando revisa el cadáver, concluye que fue asesinado por un rival político, pues se había disfrazado de indio para aparentar pertenecer "a las masas", pero como fue un "asesinato electoral" no será castigado, pues "los asesinatos electorales no son tomados en cuenta por las autoridades".
En "El crimen de estudio" hay un asesinato por un error pues el pistolero es "un aspirante a politiquillo y retrasado mental por añadidura", ya que al escuchar la palabra "cámara" sufre una confusión "por torpe concatenación de ideas: cámara, elección, yo revolucionario, no de los de Madero, naturalmente, bulla, asalto, casilla, tiros..." y mata al actor. En "La lata de sardinas", el detective ve al muerto, "no tan muerto como el sufragio efectivo, porque todavía no apestaba" que tiene una lata de sardinas al lado. Tras sus habituales pesquisas, comprende que es la firma del asesino: como es camionero la ha dejado pues "una lata de sardinas, por lo apretadito, es lo más parecido que existe a un camión". En "El vendedor misterioso" el marchante que engaña con sus anuncios es aplastado por la turba que se arremolina para comprar, engañada por el letrero que reza "precios de antes de Cárdenas", pero en letras minúsculas consta el precio que resulta carísimo: como los de atrás empujan y los de adelante, cuando han logrado leer las letras pequeñas, no se pueden hacer para atrás, son aventados para caer sobre el hábil vendedor, que paga con la vida sus mentiras. En "El paro de brazos caídos", evidencia el mal estado de la clase obrera al descubrir que un saboteador logra detener las actividades en la fábrica con el sencillo método de dejar caer una moneda de plata amarrada y arrastrarla unos metros para luego regresarla a su bolsillo: como los obreros tienen oído de pobre, el mero sonido de la moneda de plata contra el piso los consterna y obliga a dejar su actividad para dedicarse a buscarla.
Además de la crítica política y social, Péter remite al humor permanentemente. En "El asesinato de Mensolele", la bailarina exótica muere tras horas de escuchar obligadamente la lectura de su raptor, la Divina Comedia de Dante: muere de desesperación debido a su inexistente bagaje cultural derivado de leer historietas y ver películas musicales norteamericanas. En "El cuarto cerrado", librando la clásica batalla de la literatura de detectives, a lo Agatha Cristhie, resuelve el misterio de la muerte en el cuarto cerrado por dentro, con ventanas impenetrables, con el sencillo método de establecer... que el cuarto no tiene techo, aunque sea impenetrable por tierra: lógico, el asesino sólo tuvo que brincar la pared y ahí está resuelto el misterio. En "El asesinato de 80 centavos", la mujer deja noqueado al marido porque no lo ha reconocido luego de que se bañara, cambiara de ropa y llegara borracho para comunicarle haberse ganado la lotería y exigir el débito conyugal: en defensa personal, le acomoda un planchazo en el hombro y lo toma por muerto al pedir la ayuda de Pérez.
Péter Pérez no pretende competir con los detectives clásicos ni con la novela negra: es un divertimento como pretexto para comentar las dificultades de una clase social engañada por los políticos abusivos y cínicos pero que podía sobrevivir con pocos ingresos.
También nos habla de un México donde la violencia era un hecho aislado, pero castigado, a pesar de la incompetencia de la autoridad policiaca. Un México lejano y, tal vez, deseable; uno donde ciudadanos y policías se ayudaban para salir adelante con armonía, honestidad y pleno respeto a los Derechos Humanos.