Mordidas sexuales

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EL SEXÓDROMO

Verónica Maza Bustamante

elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

FB: La Doctora Verótika

La sexóloga estadunidense Brenda Love escribió la Encyclopedia of Unusual Sex Practices, en donde reseña cerca de 600 parafilias y es de las pocas que registra a las mordidas como una expresión comportamental de la sexualidad que tiene numerosos seguidores y seguidoras. Ella reporta que la presión que se lleve a cabo depende de la tolerancia de quien las va a recibir. Las relaciona con prácticas de dominación y sumisión, señalando que “incrementan la sensación de gozo y brindan, a los individuos que están emocionalmente estresados y adormecidos físicamente, un regreso al contacto con sus propios cuerpos”. También las relaciona con el vampirismo.

Alfred Kinsey, el famoso sexólogo de Nueva Jersey, confió que más de la mitad de las personas que entrevistó durante sus primeras encuestas sobre la conducta sexual afirmaron sentirse excitados cuando l@s mordían durante el encuentro erótico. El psicólogo y sexólogo Havelock Ellis, en su libro Studies in the Psychology of Sex (1905), narra: “El impulso de morder está relacionado con el origen del beso”, pero también con una cuestión animal: muchos animales con dientes los usan durante el coito; el macho sujeta con los suyos a la hembra para asegurar la penetración y que la eyaculación ocurra en su interior.

En las islas de Trobiand, en la costa este de Nueva Guinea, morder a una mujer en las pestañas es visto como una actividad por demás apasionada, y no hay que olvidar que el ejercicio de la mordida ha sido sinónimo de pecado según el Antiguo Testamento, pues doña Eva agarró la manzana para arrancarle un cacho con delicia, invitando a su hombre a hacer lo mismo.

Tal vez por eso la práctica tiene adeptos de varios ámbitos. Tenemos al futbolista uruguayo Luis Suárez, famoso por las mordidas que les ha dado a otros jugadores en el terreno de juego. En la música hay canciones que van desde “Déjame morderte”, de Fugitivos del Swing, hasta “Pa’ morderte el booty”, de Daddy Yankee, pasando por “Voy a morderte el alma”, de Antonio Mejías; “Deja”, de Banda El Recodo; “Te quiero comer la boca”, de Mosca Tse-Tse; “Bite Hard”, de Franz Ferdinand; “Bite My Tongue”, de You Me At Six; “Bite Your Kiss”, de Diamante, y varias más.

Seguro así le pasó a Catulo, quien lo más que se permitía hacer con Lesbia (llamada Clodia, casada con Quinto Cecilio Metelo Céler, gobernador de Galia Cisapina, a quien bautizó con un apodo que recuerda a la poetisa griega Safo de Lesbos) era morderle los labios. Pero no se vayan con la finta: Gayo Valerio tenía ondas con prostitutas (a quienes despreciaba) y con uno que otro muchachito (como Juvencio, a quien también le escribió varios poemas apasionados), pero su amor más puro y, a la vez, más sensual, era para su musa, quien le dio a probar sus ardores pero de inmediato lo abandonó, estableciendo así un ir y venir del que Catulo sobrevivía gracias a las mordiditas que le daba cada tanto.

Hay dos obras de arte que me perturban. Ambas están relacionadas con los pellizcos dentales. Una de ellas es “Dante y Virgilio en el infierno”, pintado en 1850 por William Bouguereau. Ahí podemos ver a dos hombres luchando desnudos cuerpo a cuerpo. Uno le muerde el cuello al otro. Dante y Virgilio, completamente vestidos, miran la escena mientras un demonio los contempla a ellos. Es una imagen fuerte, inspirada en La divina comedia, de Dante Alighieri, pero tiene un trasfondo sexual interesante. La expresión en el rostro del vencido, sus cuerpos musculosos, la iluminación de todo el cuadro es de verdad excitante.

La otra es una pieza de Edvard Munch, uno de los mayores representantes noruegos de la corriente estilística del expresionismo. En su lienzo vemos a una mujer de larga cabellera rojiza inclinada sobre un hombre que, sin un ápice de resistencia, descansa sobre su regazo. Aunque no se ve la boca femenina, todo nos dice que ella está mordiendo el cuello del personaje su merced. Me gusta porque los rostros son apenas perceptibles y los cuerpos no están detallados, pero se entiende perfectamente lo que está pasando, así como el rol que juega cada uno, sus emociones, una metáfora del amor que duele pero que cubre y protege.

Eso sí: en este asunto de las mordidas no todo está velado. En la industria del sexo se pueden encontrar productos de todo tipo, incluyendo los Love Bites Gloves, unos guantes que tienen minúsculos picos en la palma y los dedos, mismos que crean una sensación sumamente cachonda al rozar la piel desnuda. Dicen que las diversas sensaciones que despierta una pasadita de estas manoplas son invaluables, pues es como recibir, a la vez, las mordiditas de una docena de microseres dedicados a generar placer. Habrá que encargar unos por internet. Ya.

***

Si me hiciera cosquillas el roce de los amantes

que no borra ni las patas de gallo ni la risa sin dientes

sobre magras quijadas en la vejez enferma,

el tiempo y las ladillas y el burdel de amoríos

me dejaría frío como manteca para moscas,

las espumas del mar bien podrían ahogarme

cuando rompen y mueren al pie de los amantes.

La mitad de este mundo es del demonio, la otra mitad es mía,

bobo por esa droga fumada en una niña

y enredado en el brote que bifurca su ojo.

La tibia del anciano y mi hueso tienen la misma médula

y todos los arenques huelen dentro del mar,

yo me siento y contemplo bajo mi uña al gusano

que corroe lo vivo.

Y éste es el roce, único roce que hormiguea.

El mono contrahecho que se hamaca a lo largo de su sexo

desde las húmedas tinieblas del amor y el tirón de la nodriza

no puede hacer surgir la medianoche de una risa entredientes,

ni del momento en que encuentra una belleza entre los pechos

de la amante, la madre, los amantes o toda su estatura

en la punzante oscuridad.

¿Y qué es el roce? ¿La pluma de la muerte sobre el nervio?

¿Es tu boca, amor mío? ¿El abrojo en el beso?

¿Mi payaso de Cristo nacido sobre el árbol entre espinas?

Las palabras de la muerte son más secas

aún que su mismo cadáver

y mis heridas llenas de palabras tienen las huellas de tu pelo.

Me haría cosquillas el roce del amor, pues bien:

hombre, sé mi metáfora.


"DYLAN THOMAS"

(FRAGMENTO)

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