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Miércoles , 24.04.2019 / 01:14 Hoy

Mi dos mil dieciseis

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EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

“Todo pasa, hasta la ciruela pasa”
Tin Tán

El 4 de enero de 2016 me atropelló un automóvil en la esquina de Morelos y Balderas, CdMx, a unos metros de la redacción de MILENIO Diario. Pocos días después, mi coche se quedó sin marcha sobre el Eje Central, esquina Soria, colonia Álamos. Lo sentí como un cañonazo sobre el ala de un avión, que comienza a perder vuelo hasta aterrizar en una gasolinera donde gasté ocho mil pesos porque se rompieron las cabezas del distribuidor (o algo así). Tenía que repararlo, pues a los tres días había prometido mi coche para una mudanza. Afortunadamente tenía el aguinaldo.

Daba la impresión de que había una conspiración en mi contra. Recordé cuando estuve en la religión africana y la brutal manera en que me deshice de mis Orishas (deidades), collares, Guerreros, libros, todo. El muerto (vasija con un espíritu) que me había dado un Palero (chamán que trabaja con espíritus) lo dejé botado en un pasillo de la Terminal de Camiones del Sur de la Vía Tapo. Yo recibí Orí (Orisha que representa mi cabeza) directamente de Nigeria, África; me lo entregó el profesor Wande Abimbola, Papa de la religión de Ifá, y que enterré en el bosque de Tlalpan.

Aunque después me clavé en la meditación trascendental, el judaísmo y el catolicismo (a principios de 2015 estuve a punto de hacer mi Primera Comunión), la verdad es que siempre me sentí culpable de lo que hice y nunca dejé de poner ofrendas en mi altar (aunque ya no tuviera conmigo a mis Orishas consagrados). Busqué a mi Padrino en enero, después de no verlo en ocho años. Lo encontré como siempre, robusto y gigantesco; después le perdí contacto, su teléfono dejó de ser el mismo y cerró su consultorio espiritual.

Mi mamá falleció a finales de marzo, como resultado de un atropellamiento de bicicleta, pensábamos que se recuperaría pronto, pero murió pocos días después. Yo creo que ella está mejor: decía frecuentemente que pronto “se reuniría con mi papá y mi tía Marina (su cuñada)”. Aparentemente soy un insensible porque no expreso dolor con los fallecimientos, ni con mi papá el Pocho ni con mi mamá Lety Pérez (la única vez que lloré fue a los nueve años, cuando murió mi tío Luis Eduardo, y eso porque todo mundo chillaba y me parecía lo propio); no es que realmente sea insensible, sino que siento que no se han ido totalmente (como el PRI en tiempos del PAN); como el gato de Selma, quien fuera mi psicoterapeuta (Selma, no el gato); el único de sus felinos que se me acercaba y jugaba; gordo, bizco. Un día empezó a enflacar, otro día lo dejé de ver y nunca pregunté por él. Sé que en cualquier momento saldrá a jugar.

Las cenizas de mi mamá están en mi altar y le prendo cigarros que le dejo encendidos en un cenicero. Ella se hace presente, particularmente a través de los cigarros. Al principio solo sacaba las colillas para colocarlas en fila, luego vi ante mis ojos saltar el cigarro y salir rodando sobre el piso, justo cuando estaba tocando las maracas en una canción de la Sonora Veracruz que le gustaba (mi papá y yo nacimos en Xalapa, Veracruz). Ahora ya es más sofisticada y saca la cajetilla de la bolsa del súper o con la cajetilla abierta destaca un cigarro o el cigarro está junto a los cerillos.

No puedo creer que hace apenas un año todavía fuimos a Tlaxcala con mi prima Mónica, y cómo mi mamá se coló en una larguísima fila para comprar boletos de camión.

El funeral de mi mamá, una mala administración personal y el arreglo de su departamento me dejaron con el dinero suficiente para vivir modestamente hasta el feliz momento en que escribo estas líneas, ya con el aguinaldo en el bolsillo y una bellísima botella de Cuervo Tradicional plata en el congelador. Escribí guiones, una serie de televisión y un documental (pero hasta ahora no se ha producido nada). Presenté la revista de “Adicciones” de Generación en La Pulquería. Se tronó el disco duro de una compu que tenía 17 años de “Tonos del Tona”. Se murieron un montón de roqueros. Pero lo más importante fue que, caminando por la calle en la que vivo, descubrí una tienda donde venden artículos de Santería y religiones afroamericanas. Su propietaria es santera y le hice consulta. Duró dos horas. Eleguá no quiso hablarme. Habló el muerto de ella. Se puso bravo: “¿Cómo tú, por una mujer, vas y tiras un Orí que recibiste sin tener Mano de Orunla y por babá Abímbola?” Salí con la convicción de retomar los collares. Olordumare llevó su templo hasta mi casa, sería imprudente dejarlo pasar.

En lo que junto para mis collares, cierro el año con una chispa de buena suerte: me llegó una buena oferta en diciembre para un guión de largometraje, del cual les contaré en su momento. ¡Asé, asé, asé, tó!

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