Las enseñanzas de don Jaime

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Verónica Maza Bustamante

Los melómanos de México nos quedamos huérfanos con el fallecimiento de Jaime Almeida, considerado el mejor comunicador en temas relacionados con lo musical en nuestro país. Su voz, su figura, su sencillez y todos sus conocimientos se quedarán en aquellos que nos enamoramos de la música gracias a su sapiencia.


Me recuerdo acostada en la cama de mis padres, con el rostro recargado sobre mis manos, viendo el programa Estudio 54. Era 1983. No había internet y, por ende, no existían ni YouTube ni Spotify ni todas esas maravillas que ahora tenemos a nuestra disposición para escuchar y conocer la música de todos los tiempos. Por ello, ese programa que se transmitía por el extinto Canal 8 era una joya para los interesados en saber más sobre música y una puerta al paraíso para todos aquellos seres humanos en formación que, como yo, gracias a Jaime Almeida, su conductor, nos sumergíamos a un universo de ritmos y sonidos, de emociones y sensaciones todas nuevas.

El fondo negro con la estrella color carmín y las letras de neón que formaban el título de la serie eran un marco sencillo, pero poderoso para ese hombre de bigote poblado y voz irrepetible que, como quien cuenta la historia más bella del mundo, nos ayudaba a entender o, cuando menos, a disfrutar el firmamento donde él se desenvolvía a la perfección: la música, ese milagro creado con el sentimiento, el ingenio, el salero y el dominio del cuerpo de los hombres, de las mujeres, desde la época de las cavernas, cuando, a ritmo de mazazos, de piedras chocando una contra la otra y sonidos guturales, descubrieron un lenguaje.

Jaime no era protagónico como los conductores que en aquellos días hacían programas relacionados con la música ni engreído como muchos críticos musicales de ayer y hoy. A cuadro, en ese entonces y a lo largo de su vida, se mostraba como un hombre enamorado de aquello que alimentaba su trabajo, comprometido con la información que ofrecía, simpático y relajado. Prefería siempre que la música sonara a la par de su voz (la cual tenía un encanto particular), consiguiendo imágenes de aquellos sobre los que hablaba, documentando todo con videos de conciertos, de películas, de entrevistas que de otra manera era imposible ver.

En aquellos días ochenteros, Jaime hizo 300 programas de Estudio 54, que llevaron a los televidentes de lo clásico al rock, del jazz a las rancheras, al pop, al mambo, a lo tropical y hasta al punk. Gracias a su trabajo, fue director de la Videoteca Musical de Televisa y desde el área de música de la empresa, coordinó el desarrollo de las carreras de Los Bukis, Los Yonic's, Rigo Tovar, Laura León, Flans, Timbiriche, Lucero, Alberto Vázquez, Amanda Miguel, Laura Flores, Diego Verdaguer y Sergio Fachelli, entre los 40 grupos y artistas que integraban en aquel tiempo el elenco.

Su amor por la música lo tuvo desde la infancia en su natal Chihuahua, donde fue bajista del grupo Las Lagartijas Pintas y baterista de Los Galaxies cuando apenas era un chaval. Sabía tocar el piano, la guitarra, cantaba... era una caja de ritmos.

Además de su Estudio 54, Almeida trabajó en programas de radio y televisión como Con el pie derecho, Econexiones musicales, Sobremesa, Éxitos originales del rock and roll, La hora azul y la sección musical en el noticiero 24 horas, con Jacobo Zabludovsky. Pero no se quedó únicamente en el tema de su vida; como buen periodista, Jaime le entró a todas las fuentes: lo mismo reporteaba sobre deportes que espectáculos, educación, economía y finanzas, defensa, ciudad, llegando a cubrir la Presidencia de la República. Creó la colección de discos Hablando con música, fue funcionario público y una de las cabecillas intrépidas que organizaron el legendario Festival de Rock y Ruedas de Avándaro; su experiencia en éste la narró en MILENIO Semanal el 10 de julio de 2011 y aquí recuperamos, más adelante, algunos fragmentos de ella.

La mañana de ayer, al despertar me enteré del fallecimiento del entrañable Jaime. No pude evitar recordar esa adolescente de coletas que fui, que se enamoró perdidamente y para siempre de la música gracias a sus enseñanzas. No pude evitar rememorar su rostro, que vi hace apenas cuatro o cinco días, en el elevador de Grupo Milenio, donde solíamos toparnos y, en dos minutos, hablar de trivialidades o del tema que nos apasionaba a los dos. No pude evitar pensar en todas esas personas que me han dicho que conocieron a los Beatles gracias a él y se acercaron a la música popular mexicana a través de sus palabras. No pude evitar imaginarlo en El asalto a la razón que se transmitió un día antes de su muerte, donde, junto con su cómplice, Carlos Marín, charló y cantó con Pepe Arévalo.

La música que llevo siempre en mi interior guardó un minuto de silencio en homenaje a Jaime. Sé que muchos, hasta allá, hasta sus hogares, después del luto seguirán escuchando esa voz tan suya y recordando el legado de ese héroe de la vida cotidiana que nos enseñó a amar al ritmo y a sus creadores.

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El Avándaro de Almeida

Todo comenzó en un programa de televisión llamado Domingo a domingo, que conducía y producía Jacobo Zabludovsky. Yo participaba en la emisión como reportero, y un día, tras conseguir algunos materiales en los que aparecían los artistas de rock más populares de entonces, le propuse a Jacobo que hiciéramos una sección especial de una hora dedicada a los "film-clips musicales" que teníamos en exclusiva. Por ese tiempo el productor Luis de Llano Macedo realizaba los promocionales del Canal 5, y era un rockero de hueso colorado... lo invité para que juntos hiciéramos la sección musical en el programa dominical.

Zabludovsky aprobó los programas piloto, y pronto la sección, titulada "La onda de Woodstock" para evocar aquel festival de dos años antes, salió al aire...

En mayo de 1971 Luis de Llano se apareció con una idea muy buena: hacer un festival de rock al estilo de Woodstock para videograbarlo y presentarlo como programa. El lugar y la fecha del festival quedaron determinados por un evento que desde años anteriores ya se celebraba en Avándaro: las carreras de coches.

Dos acontecimientos marcaron para siempre aquella noche: una chava se quitó la camiseta y ofreció una generosa dosis de taco de ojo al respetable, y unos muchachos quemaron una bandera tricolor que tenía como escudo el signo de amor y paz. Ambos sucesos fueron deformados después para satanizar el evento, el primero como una orgía de sexualidad y pornografía, y el segundo como un agravio a los símbolos patrios y a la identidad nacional. Es verdad: muchos se animaron a quitarse la ropa y a mostrar sus miserias. Varios asistentes llevaban mariguana y se la fumaron. Los sanitarios portátiles resultaron insuficientes, al igual que las dotaciones de agua, refrescos y sándwiches que habían sido concesionadas. Los 40 policías municipales asignados al evento se la pasaron escondidos debajo del escenario, impotentes. Pero, a pesar de todo, la vivencia resultó espectacular y relativamente tranquila, y nadie anticipó la desproporcionada reacción de censura por parte del gobierno...

Así nació el Festival de Avándaro, su mito y su leyenda. Nosotros, los que lo hicimos, solo queríamos hacer algo interesante para pasarlo por televisión.

Jaime Almeida

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