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Domingo , 24.03.2019 / 17:33 Hoy

La ‘verdad histérica’ de ‘Goyo’ Cárdenas

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Olmo Robles


A pesar de haber sido uno de los casos más sonados de la nota roja de los años cuarenta, luego de cometer cuatro asesinatos y de servir como conejillo de indias para los experimentos del doctor Alfonso Quiroz Cuarón, el veracruzano Gregorio Cárdenas Hernández, mejor conocido en el imaginario popular mexicano como Goyo Cárdenas, El estrangulador de Tacuba o El Carnicero de la misma colonia, a 18 años de su muerte ocurrida en Los Ángeles, California, nuestro serial killer necrófilo más emblemático, en el limbo, está en espera de la justicia criminal y de su verdad histérica.

Fue estudiante distinguido de química (hasta tuvo una beca de Pemex… que no pudo disfrutar), brazo ejecutor con cuerda y homicida de cuatro mujeres jóvenes, entre ellas su “novia”, Graciela Arias, a las que privó del aire en Mar del Norte 20 (donde perpetró sus crímenes y enterró a sus víctimas).

Goyo se hizo pasar por “loco” y emuló al gran Houdini al escaparse del manicomio de La Castañeda para tomarse unas vacaciones en Oaxaca. En su huida se convirtió en maestro de primaria rural. Hizo una sorprendente carrera en el Palacio Negro de Lecumberri, desde abajo, hasta convertirse en asesor y “abogado” de muchos reclusos que, cuando llegó le compraban dulces en la tienda que tenía en la cárcel… y todavía le quedaba tiempo para pintar, oír música clásica y escribir libros. Al dejar de ser totalmente Palacio Negro, estudio formalmente abogacía en la UNAM de Aragón.

En la época en que ocurrieron los asesinatos, su madre había dado el pitazo de alerta: Goyo tenía lo que psicólogos y luego criminólogos de su tiempo catalogaban como “mal tomboidal” y “epilepsia crepuscular”, de ahí su vocación asombrosa por apretar la cuerda en el cuello, como más tarde se supo. A los 11 años ya era una fichita sexual y cada chica que conquistaba representaba un triunfo para una libido precoz como la suya. A los 18 ya se había casi doctorado en prostitución y era un consumado burlador de las enfermedades venéreas.

Según el doctor Quiroz Cuarón, en su libro de edición de autor, El estrangulador de mujeres, en donde daba cuenta de los experimentos psicológicos, incluidos electroshocks, Goyo tenía una especie de vida secreta y le gustaba vestirse de mujer. Muchas fotos encontradas luego de sus fechorías en el domicilio de Tacuba (y celosamente guardadas) muestran a otro Cárdenas desconocido para el populacho, que tampoco sabía mucho de los calificativos que le endilgaron por ese entonces: personalidad neurótica evolutiva, tendencias homosexuales, narcisismo y erotismo sádico más un rumbo esquizo-paranoide sin retorno. Por increíble que parezca, Goyo Cárdenas se pasó 20 años a la sombra sin que nunca se le hayan dado el auto de formal prisión.

Con los cuatro cadáveres descuidados y enterrados al aventón, las moscas se daban gusto hasta que irrumpió la policía cuando Goyo se hacia el loco en otro lado. Le trataron de imputar un asesinato más de otra prostituta en un hotelucho de la colonia Guerrero, pero la acusación no prosperó.

Experto en fingir demencia, Goyo, negó todo al principio pero, visualizando el futuro, cantó y, en un hecho insólito, fue él mismo quien redactó su propia declaración, que le costó 32 años de vida palaciega en Lecumberri y dos años sabáticos en La Castañeda, donde tuvo fama de Don Juan con las enfermeras. Se daba sus escapadas al cine y asistía a charlas y conferencias en torno a la psiquiatría, a cambio de electroshocks marca Quiroz Cuarón.

Después de sus vacaciones oaxaqueñas ya no tuvo privilegios al entrar a Lecumberri. Pasó por varios pabellones (el de tuberculosos, la crujía circular, la de castigo… y se hizo cronista y escritor de la cárcel). Es famoso su libro Celda 16 y también tuvo sus historietas. En el 76 llora, pero le tiene que decir adiós al palacio encantado donde fue de todo y sin medida.

Estuvo casado dos veces. Con su segunda esposa, Gerarda Valdez, a quien conoció en chirona, le fue requetebién con saldo de cuatro hijos, a los que dio sustento y educación, gracias a su tiendita en el penal y las regalías de los libros Celda 16, Pabellón de los locos, Adiós, Lecumberri, Campo de concentración y Una mente turbulenta, sus obras completas.

Nunca ningún serial killer mexicano tuvo tantos reflectores; por eso le aplaudieron a rabiar en la Cámara de Diputados en tiempos de Luis Echeverría Álvarez, quien lo indultó, rehabilitación mediante, enojo de Quiroz Cuarón y salida muy poco política del secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, en una de las mayores idioteces mexicanas.

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