La física de la guitarra eléctrica

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EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler

La guitarra eléctrica, el instrumento emblemático del rock, dividía opiniones en su tiempo y hoy ha pasado a un desconcertante segundo plano. En los años setenta el mundo del rock se repartía entre los adoradores de la guitarra eléctrica y los que preferían los teclados y el aire sinfónico que tenía el rock progresivo, con una generosa periferia en donde se refugiaban los hijos de Johnny Cash y de Bob Dylan.

Para empezar hay que establecer un punto de partida: el rock que necesita adjetivos, como el progresivo, es menos rock, y más otra cosa, que aquel donde la sustancia está dada por la guitarra eléctrica. Pero los grandes maestros de la guitarra eléctrica se volvieron locos en aquella década, tocaban solos kilométricos, ablusados o alocados y casi siempre delirantes. Tocaron tantos solos, y tan largos, los guitarristas de los años setenta, que acabaron con la cuota de guitarra eléctrica que había en el rock. El solo de guitarra era una hermosa convención del género llamada a durar cien años, pero los grandes guitarristas se la fundieron en una década. Lo que siguió fue la extinción progresiva de las guitarras eléctricas, su aplicación acotada por el diseño general de la canción, y no ya esa explosión, ese incendio que recorría la pieza de una orilla a la otra, esa larguísima intoxicación eléctrica que proponían Alvin Lee o Eric Clapton en medio de sus canciones. Ya no había requintos interminables, sinuosos y marihuánicos en The Police ni en Culture Club ni en U2 ni en Depeche Mode; la guitarra eléctrica se convirtió en otra historia, en una acompañante más que en ese líder visionario que sorteaba el hipertiroidismo del bajo y el tambor, y la vena meliflua de los teclados. Y así hasta llegar al día de hoy donde las guitarras aparecen en las canciones con un velo electrónico que las despoja de su ruido vivificante y salvaje. Como puede desprenderse de este elogio, yo siempre he sido de guitarra eléctrica, de rock sin adjetivos, igual que el doctor David Grimes, un catedrático de la Universidad de Oxford, que trabaja normalmente en el departamento de oncología y que es experto en modelos matemáticos para mejorar la repartición de oxígeno entre las células, y que además es un guitarrista eléctrico decidido a transmitir, a sus alumnos y a quien quiera escucharlo, las virtudes de su instrumento.

El doctor Grimes explica que las notas de la guitarra, a diferencia de las que toca, por ejemplo, un piano, pueden curvarse y doblarse por el efecto del movimiento de los dedos del guitarrista sobre las cuerdas. El piano toca “notas discretas”, dice el doctor Grimes, mientras que la guitarra las retuerce y las hace gritar. Basta ver las posiciones épicas que adopta el cuerpo del guitarrista eléctrico cuando fluye y se eleva detrás del requinto, y la forma en que se encorva el pianista sobre las teclas de su instrumento. Hace unos años el doctor Grimes llevó una de sus viejas guitarras a un laboratorio de ingeniería del sonido que está en la Universidad de Dublín, una ciudad que se distingue por su alta población de músicos de rock. En aquel laboratorio el doctor y sus colegas hicieron pruebas sobre la vieja guitarra eléctrica, midieron la frecuencia a la que vibraban sus cuerdas y sembraron la carcasa de cuñas, sensores y demás verificadores electrónicos, a tal nivel de detalle que acabaron destruyendo la vieja guitarra. El doctor asegura que desprenderse de su vieja guitarra fue muy doloroso, pero que había que hacerlo en el nombre de la ciencia, y por el bien de ese instrumento que con el tiempo ha ido perdiendo protagonismo.

Quien quería, hace 40 años, ser estrella de rock, se veía a sí mismo tocando una Fender Stratocaster, a diferencia de quien quiere serlo hoy, que más bien se ve de audífonos mezclando discos con dos tornamesas. De aquel sacrificio de la vieja guitarra salió un apasionante ensayo académico titulado String theory – the physics of string-bending and other electric guitar techniques, donde el doctor explora, desde el punto de vista de la física, todas las posibilidades del sonido, a partir del curvado y el doblaje que practica el guitarrista a las cuerdas de la guitarra. Este ensayo académico puede leerse completo en la página www.plosone.org. “En el piano tienes doce notas cromáticas en una escala. En la guitarra puedes torcer las cuerdas para llegar a las notas que hay en medio”, nos cuenta el doctor Grimes que, antes de ser una eminencia en la Universidad de Oxford, tuvo una banda de rock que tenía su público precisamente en Dublín, la ciudad a la que fue, años más tarde, a hacer su experimento. Sus grandes héroes de la guitarra son David Gilmour y Steve Vai, pero su verdadera inspiración le llegó de otro guitarrista que también es físico, como él: “La única persona a la que he escrito una carta de fan, es a Brian May, de Queen. Él fue una de las razones por las que empecé a tocar, y tener una conversación con él es todavía una de mis grandes ambiciones”.

@jsolerescritor

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