Juan Moro Ávila: El otro rock de la cárcel

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Olmo Robles

Juan Rafael Moró Ávila, presunto asesino del periodista Manuel Buendía (por el que pagó con casi 20 años de su vida en el Reclusorio Norte), quien nació con pañales de seda, ha sido casi de todo y sin medida: Nieto de Maximino Ávila Camacho, sobrino-nieto del ex presidente Manuel Ávila Camacho; policía de élite de tiempos de Miguel Nazar Haro, stuntman, actor de cine en 32 películas, de telenovelas y protagonista de comerciales.

En el currículo deportivo del también llamado Serpico-Mexicano de la DFS, que fue sargento, capitán y mayor, figuran las siguientes especialidades de la que ha sido campeón nacional o experto: motociclismo, karate, judo; piloto aviador, nadador del equipo olímpico, patrocinador del equipo de futbol del reclusorio y casi director técnico; aparte de comandante entrón de un grupo motorizado de la Dirección Federal de Seguridad, dedicado a combatir el secuestro. Una vez instalado en Reno (el Reclusorio Norte), como respuesta política cinco años después del asesinato de Buendía, ocurrido el 30 de mayo de 1984, y a pesar de los esfuerzos fallidos de sus abogados defensores por exculparlo, no pasaron ni quince días cuando ya había organizado un grupo de rock: Asociación Delictuosa, con quienes, en calidad de guitarrista, bajista y cantante, grabó seis discos.

No tuvo de otra porque el en ese entonces director del reclusorio (que había sido integrante de la DFS) le dijo: “Moro, eres considerado de alta peligrosidad. ¿Qué quieres hacer? porque ya te tocó bola negra y vas a tener que marchar”. “Le puedo enseñar a tus muchachos artes marciales”. “No, no. Nada de violencia Juan. ¿No se te ocurre otra cosa? ¿Qué tal un grupo de rock?” “Ándale, eso está muy bien has que te traigan tus tambores y tus bocinas y a darle”. Moro jura que nunca probo el Rancho que se daba en el reclusorio. “A mí me traía mi familia la comida de fuera. Algunos decían que tenía hasta un jacuzzi, salía en los periódicos y hasta me hice una foto burlona en una gran palangana”.

Llegue a tocar –cuenta Moro— “con Javier y Baby Batiz y por mi banda desfilaron Charlie Hauptvoguel y Sergio Mancera, El Condor, del Three Souls in my Mind. Luego llegó por Charlie Mariano Soto, también del Three. Tenía también a un guitarrista alemán: Diego Homer. Al rato ya era el encargado, el Producer Man de los eventos del reclusorio, a donde iban Laureano Brizuela, Yuri y la Guzmán. Con Asociación Delictuosa grabé seis discos, siendo el más famoso el de Rock en la cárcel —cuyas ganancias porque se vendió en todos lados gracias a la calentura del Caso Buendía— me permitieron montar una disquera dentro de Reno. También nos compramos un sistema de sonido de miedo”.

Moro explica: “Soy músico desde chiquito pero me dediqué a otras cosas. Quería ser militar, pero se dio lo de ser policía. En el Tianguis del Chopo son como objetos de culto y mi nombre sigue siendo citado con el caso Buendía. He leído todo lo que se ha escrito en internet y, la mayoría son puras mentiras. Yo no lo maté. ¡Yo soy un Ávila Camacho! Dicen que me ofrecieron mucho dinero por asesinarlo pero, yo pregunto, no suena ilógico, ¿Qué necesidad tenía, si mi familia es millonaria? Todo fue un ajuste de cuentas político: en el gobierno de Miguel de la Madrid, querían culpables; chivos expiatorios y acabamos tras las rejas, gracias a una hábil jugada del procurador Ignacio Morales Lechuga, José Antonio Zorrilla, director de la Federal de Seguridad, señalado como el autor intelectual, los comandantes Juventino Prado Hurtado, Raúl Pérez Carmona, Sofía Marysia Naya Suárez y yo”.

Hubo cerca de trecientas teorías –incluso una que involucraba directamente a la CIA— sobre lo que pasó ese 30 de mayo de 1984 por la tarde en la llamada Operación Noticia, acota Moro: “Qué si yo saqué en mi moto a José Luis Ochoa Alonso, alias El Chocorrol o El Negro, que dicen también que él fue el que disparó, ¿Que cuántas motos hubieron?, que una testigo vio al asesino detenidamente por cincuenta segundos, ¡por favor!, que hubo un retrato hablado que para nada se parecía a mí. Luego a El Chocorrol le dieron agua disque en un caso de secuestro y a mí me endilgaron que había sido el brazo ejecutor”.

Mi vida en el cine y la farándula fue otra cosa, hasta parecen las Moro-Aventuras: Debute en Días de Violencia, en 1987 con el Flaco Guzmán pero, mi entrada, mi verdadera entrada la apadrinó Damián El Gato Acosta –vapuleado en toda su filmografía por el crítico Jorge Ayala Blanco—. Ese es mi papá en el cine a partir de La venganza de los punks (la segunda parte de Intrépidos punks), también del 87. Luego filme una muy divertida: Las Aventuras de Juan Camaney junto con La noche de la bestia, en 1988. Después vino El violador infernal, con Noé Murayama y Ana Luisa Peluffo, con dirección del Gato Acosta y, gracias a las pestes y maldiciones vertidas por Ayala Blanco, llegó a los terrenos de la prohibición y el culto”.

A esas películas siguió la saga de El Fiscal de Hierro, con don Mario Almada, de quien aprendí mucho. Recuerdo que me decía: ‘Moro, hay que crear una escuela de actuación para hombres de acción. Eso no existe en el cine mexicano’. En una de las cintas de El fiscal, yo era hijo de Ramona Pineda (Lucha Villa), que era la pesadilla de Don Mario. La violencia era extrema pero dejaba ver como actuaban los narcos y los policías de esa época (fines de los 80). Había ametrallamientos salvajes. Hice también una película con Sergio Goyri que me gusta mucho: AR-15 Comando Implacable, del 92 y también salgo, entre otras, porque hice más de treinta, en Bancazo en los Mochis, de Francisco Guerrero, donde fui censurado”.

“También en la televisión sufrí de la censura. Don Ernesto Alonso, para no perjudicarme por lo del caso Buendía, cortó mi papel en casi 60 capítulos de la telenovela Un rostro en mi pasado, que ya había filmado. Lo hizo en buena onda, para no quemarme. A la cárcel me iban a ver mis amigos: LaloEl Mimo, Pedrito Infante, Armando Araiza, Hugo Stiglitz, Javier y la Baby Batis, El Haragán(cito), Eduardo Yáñez, Tito Guillén, Fernando Colunga, que fue mi doble en algunas películas cuando fue la bronca del asesinato”.

Moro tiene un negocio de motos en Diagonal de San Antonio, casi llegando al Eje Central, con modelos antiguos y recientes que podrían poner muy nervioso a Rick Harrison y familia, los de El Precio de la Historia y rememora: “Siempre me encantó el ambiente del cine (fue actor y doble de Lola la Trailera, Rosa Gloria Chagoyán) en La Guerrera Vengadora; el set, las motos, las pistolas y las ametralladoras Uzi. Cuando fui policía de verdad, no como los de ahora, te metías a capturar a ladrones, asesinos y secuestradores bajo fuego. Recibí (y enseña las huellas de su cuerpo) plomo de una escopeta que me mandó a volar; luego me dispararon con una 9 milímetros, seguida de tiros con una 38 súper que soporte gracias a que llevaba chaleco blindado. Era otra policía donde sí se controlaba a la banda, no como ahora, en donde hay puros pitazos para resolver los casos y donde los chavos no tienen experiencia y los matan muy jóvenes.

“También –finaliza–­ he sido y soy inocente del asesinato de Manuel Buendía y remata ¿Alguien me va a compensar por los 20 años de castigo que me eché en chirona?”

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