Ideas sobre la masturbación

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EL SEXÓDROMO


Verónica Maza Bustamante

elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

FB: La Doctora Verótika


La masturbación sigue sin ser comprendida en la mayor parte del mundo. La práctica de generarnos a nosotr@s mism@s placer nos lleva a pasar grandes momentos de solaz y esparcimiento, ayuda a saber cómo reacciona nuestro cuerpo, nuestro deseo, nuestros genitales; a conocer las formas en las que llegamos al orgasmo de manera más rápida o intensa o prolongada (lo cual sirve muchísimo en nuestra relación de pareja, pues sabremos explotarla mucho mejor), a querernos y procurarnos, a relajarnos, a llenarnos de oxitocina y adrenalina que nos pongan de buenas.

Se ha dicho que es una práctica que se hace cuando uno no tiene pareja, como una suerte de paliativo en lo que el destino cambia. Se le pone al mismo nivel que el coito o el acto erótico, anulándola en caso de que esta opción se lleve a cabo. Se asegura que si tienes compañero o compañera de cama entonces no debes ni necesitas masturbarte. ¿Por qué lo dirán? Una situación no cancela a la otra. El tener momentos de soledad en donde nos demos placer a nosotr@s mism@s es algo totalmente compatible con el noviazgo, matrimonio, unión libre.

Me han escrito mujeres para comentarme, tras descubrir a sus esposos/novios en la masturbada, que seguramente lo hicieron porque ellas no los satisfacían, porque ellos “necesitaban más” o ya no las querían. Las más jóvenes no han cambiado radicalmente su manera de ver este asunto, aunque pareciera lo contrario. Son muchísimo más abiertas frente a su propio autoerotismo y, a diferencia de las de generaciones anteriores, lo ejercen sin tantas culpas; no obstante, el onanismo de sus parejas sí les suele generar un conflicto. Además, por lo regular no se integra como opción cuando estamos acompañados o acompañadas.

Esta semana leí sobre la propuesta de la legisladora demócrata de Texas, Jessica Farrar, quien propuso que “todas las emisiones (de esperma) fuera de una vagina o de un centro médico” conlleven a una penalización monetaria que estimó en cien dólares por ocasión. Su objetivo: proteger a los niños que no han nacido. Además, la proposición prevé periodos de espera de 24 horas para los hombres que deseen someterse a una colonoscopia o a una vasectomía o que quieran comprar Viagra, y permite que los profesionales médicos se nieguen a proveer estos servicios por razones de conciencia. Los medios de comunicación, en su mayoría, encabezaron la nota diciendo que lo que ella proponía era multar la masturbación.

Entiendo lo que Farrar buscaba: hacer conciencia de que el tratamiento legal, médico y social en relación a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres es radicalmente diferente al que se les da a los hombres, y así como a ellas se les prohíbe abortar en su estado (y ahora se pretende exigir que se entierren o incineren los restos de un embrión producto de un aborto inducido o espontáneo), entonces a ellos se les debería impedir que “perdieran” su semen en caso de que el objetivo de su expulsión no fuera procrear.

Lo malo es que su “gran idea” no fue tomada con la reflexión o jiribilla correcta. Lo trascendente de la declaración cambió: su propuesta se convirtió en un supuesto llamado a reprimir la masturbación. En una leída segmentada o veloz se llega a suponer que en realidad defiende el sagrado semen del hombre, y eso es precisamente lo que menos necesitamos: preservar y fortalecer el prejuicio sobre cuestiones relacionadas con la sexualidad y el placer.

Frente a esto, me alegra ver que también hay opciones que promueven esta bonita práctica de usar las manitas en nuestros genitales (entre muchas otras iniciativas que existen). Por ejemplo, acabo de conocer la página de internet Happyplaytime.com, en donde, a través de un tierno personaje (que me recordó a la Coyita —creada por Sandoval— que ilustra estas páginas) en un juego descargable en el teléfono, se van recibiendo instrucciones sobre las maneras, intensidades, horarios, acomodos en los que una mujer se masturba, para llevar un registro que les ayude e estudiar el comportamiento de sus orgasmos (con lo cual pueden encontrar una constante que las lleve al cielito lindo con mayor frecuencia).

Agradezco que la tecnología ofrezca buenas posibilidades para educarnos en la ciencia del placer, aunque sigo prefiriendo las viejas técnicas: no hay nada como las manos y los balines vibradores de uso espontáneo. La experiencia de tocarnos es incomparable, ya que por un lado tenemos la sensación en los genitales y, por el otro, en los dedos, yemas, palmas. Es decir, generamos una memoria táctil a la vez que nuestra vulva/vagina o pene va registrando las características que más feliz la/lo harán.

Se lleve a cabo en soledad o en compañía de una pareja, la masturbación es parte de las posibilidades que tenemos los seres humanos de sentir placer, el cual, libre de prejuicios, llega a ser inconmensurable. Y no: a menos que se realice con una obsesión tal que nos impida seguir con nuestra vida regular (y no se haga de manera sana, segura, consensuada), no debería tener nada de malo. Ojalá se deje de satanizar y se ofrezca información libre y certera sobre la hermosa chaqueta, que tantas sonrisas nos puede generar.

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¿POR QUÉ TIENE MÁS ÉXITO NETFLIX QUE EL SEXO?

En una investigación que se realiza desde hace 29 años en Estados Unidos, con una base de casi 27 mil encuestados, se descubrió que ahora los adultos tienen relaciones eróticas siete veces menos por año que a comienzos de la década de 2010 y nueve veces menos que a fines de los noventa.

De acuerdo con Ryne Sherman, uno de los autores del estudio, el hecho de que los jóvenes vivan durante más años con sus padres puede afectar su capacidad para formar relaciones, pero también lo hacen algunos cambios culturales, como la existencia de las redes sociales y entretenimientos como Netflix, porque los más chavos prefieren estar en ello que en el agasaje sensorial.

El asunto es que el sexo (entendiendo la palabra como sinónimo de “relación sexual”), aunque tiene tanta publicidad como las series de Netflix, ésta no suele ser homogénea ni tendiente a mostrar sus virtudes. Los anuncios de las películas nos prometen tensión, emoción, excitación, belleza, seducción; sobre el erotismo nos hacen creer que tiene que ver con lo sucio, lo secreto, lo inconfesable, lo oscuro. No hace falta ya aquella publicidad subliminal de los ochenta para hacer más apetecible ver House of Cards que enfrascarnos en un sabroseo cuerpo a cuerpo con alguien más.

Si llegara un día en que se promoviera el acto erótico de manera correcta y se comprendiera lo benéfico que es, probablemente Facebook y Netflix perderían seguidores frecuentes.

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