EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Gabriel Rodríguez Liceaga
@el_neb
“No voy a jugar piedra, papel o tijera contigo si tienes mocos en los dedos”, grita aterrado nuestro protagonista. Con la calva perlada en sudor se levanta de la cama. ¡Uff!, solo era una pesadilla. Yo le pongo pausa al video en mi teléfono celular para poder reírme a mis anchas. Ese es el humor que aprecio, el que me hace frenar el vértigo de contenidos en el que estamos inmersos. El hombre de la entelequia se llama Saitama y a grandes rasgos es el hombre más poderoso del mundo. Ya lo habíamos visto tener otro sueño. Uno en el que por fin encontraba un rival que estuviera a su nivel. Un villano al que no derrotara con un solo y certero chingadazo.
De eso trata One Punch Man, una extraordinaria caricatura japonesa de recién inclusión en ese Aleph de pacotilla llamado Netflix. Me acerqué a la serie por morbo, escéptico y pensando que la anécdota del hombre que derrota a todos sus rivales con un golpe es insostenible. No podría estar más errado. Entendamos algo: las estructuras narrativas de los japoneses suelen ser una interesantísima locura que crece, crece y crece. Uno comienza a ver la caricatura de un adolescente en pleno amanecer sexual al que le sangra la nariz cuando le mira accidentalmente el trasero a una chica y 12 capítulos después el mismo chamaco anda deprimidísimo peleando contra un clon de dios montado en un robot que al mismo tiempo es un caníbal de sí mismo. No olvidemos que Gokú empezó siendo un niñito cachetón con cola de mono. Death Note tiene tantas vueltas de tuerca que pareciera fue creada así para destantear a los gringos que desearían adaptarla en el futuro.
En contraparte está lo que yo llamo el mal del Plop. ¿Qué esperamos de Condorito? Pues que en el último cuadro alguien se vaya de espaldas.
La reiteración sosa de un recurso humorístico. Saitama vence a una docena de villanos con un solo y limpio golpe. Sin embargo no se vuelve monótona esta circunstancia. El desopilante ingenio y nonsense japonés se sale con la suya. Él es indiscutiblemente el hombre más poderoso del mundo, esto es una desopilante maldición. Y sin embargo su frustración pasa a segundo grado. Este entrañable calvo está atrapado en un mundo donde prevalece una suerte de burocracia de superhéroes. Por una bola de cuestiones administrativas y gubernamentales él no es el mejor. Pero lo es. Sin embargo jamás recibe el crédito justo. Saitama salva al mundo como estornuda, y a tal acto le da la misma importancia que un estornudo. Piensa más en aprovechar las ofertas en la tiendita que está en la esquina de su casa que en otra cosa. Y los problemas empiezan cuando un monstruo aparece y destruye tal miscelánea.
Retomo: esta estructura que me atreveré a llamar “in crescendo” y que en mi experiencia poseen casi por naturaleza todos los animes, aquí se nos presenta al revés: el personaje nace con el clímax de sus poderes en las manos. Ya tiene la mata blonda y centellando de un Saiyajín, ya trae puesta la armadura dorada de Sagitario, ya anota goles con el perfeccionado tiro del tigre.
Solo queda un vacío. El hombre más poderoso del mundo está completamente solo en el mundo. ¿Quién iba a imaginarlo? Saitama está de parte de los buenos más por casualidad que por decisión propia, el tipo es un ocioso, un desinteresado, un flojo. Por momentos peca de pusilánime pero al mismo tiempo es sencillamente adorable. No solo es el hombre más poderoso del mundo, también es débil e inseguro en su forma de relacionarse con el mundo.
A esto se suma el hecho de que el resto de héroes y villanos que van apareciendo en los capítulos no son sino personajes ridículos y diseñados desde el delirio, desde la sinrazón más humorística que pueda uno prever. Son gritones, ridículos, neuróticos… formidables. Está por ejemplo el Ciclista sin Licencia, que no es otra cosa que un simple hombre encima de su bicicleta. Literal. Uno de mis favoritos es el Prisionero Lindo Lindo. Un reo de barba partida abiertamente homosexual que quiere beneficiarse con todos los guapos héroes del mundo y cuyo poder máximo implica que se desgarre la ropa. Por ahí figura incluso un Chapulín Colorado que es derrotado en cuestión de segundos, hay robots en agonía, samuráis con una sonrisa vergonzosa, monstruos de la tierra, monstruos del agua, una suerte de Piccolo que se nombra la vacuna contra la humanidad. En efecto, son puro cabrón con los que uno no jugaría piedra, papel o tijera porque traen los dedos llenos de mocos.
En One Punch Man uno encuentra lo que ya sabe que va a encontrar en una caricatura japonesa: diálogos sangrones y grandilocuentes, personajes megalómanos que son superados con ridícula facilidad por un personaje aún más megalómano que aparece de la nada, batallas aletargadas hasta el hartazgo, poderes especiales con nombres sangrones. Hay robots humanizados, humor de pastelazo, un opening épico y una cortinilla de cierre melancólica. Ren y Stimpy (y posteriormente Bob Esponja) entendieron muy bien esta herencia japonesa de los zoom-ins que degeneran y vuelven grotesca a la animación, detallándola hasta volver a una mejilla la cosa más asquerosa probable. Eso también aparece en One Punch Man. Cada batalla posee diferentes técnicas de ilustración, todas enfocadas en el escarceo. Esta caricatura es graciosa hasta en mute. Y es muy emocionante, las batallas rozan lo épico, son auténticas batallas gloriosas que te mantienen al filo del asiento.
No sé a dónde irá a parar One Punch Man. Qué tanto se puede estirar el hecho de que el hombre más poderoso del mundo es a la vez un calvo mal dibujado mayormente inexpresivo. Tengo entendido que el manga ya va muy adelantado y a la par se ha confirmado una segunda “temporada” que también estará disponible en Netflix. Gran noticia.
Ahora que las televisoras públicas, en su tierna desesperación por competir contra la maquinaria de series estadunidenses, están retransmitiendo lo que podríamos llamar clásicos mexicanos de la animación japonesa (Sailor Moon, Dragon Ball, Caballeros del Zodiaco, Súper Campeones) vale la pena asomarse a One Punch Man. Todo lo que adoramos de dichos animes está ahí. Solo que One Punch Man nos trata como adultos.