EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler
La semana pasada se cumplieron 200 años de la famosa batalla de Waterloo, esa que Napoleón perdió contra una coalición de ejércitos y que lo llevaría a la abdicación y al exilio en la isla de Santa Helena. De ahí que cuando alguien sufre una estruendosa derrota se dice que ha tenido su Waterloo. Una exageración, desde luego, porque aquella derrota iba precedida de una asombrosa carrera militar de manera que, la próxima vez que vayan a decirle a alguien el gracejo de Waterloo, verifiquen, primero que nada, sus antecedentes. Pues los 200 años de la derrota de Waterloo han producido estos días innumerables publicaciones sobre el genio y la figura del emperador francés, en Francia pero también en Inglaterra, un país muy interesado en el tema pues uno de los artífices de su derrota fue un inglés, el duque de Wellington, que comandaba las tropas británicas, holandesas y alemanas.
La revisión napoleónica de estos días ha pasado del biopic con ilustraciones de papel cuché en los periódicos, al análisis de la relación con su mujer, Josefina, a quien le pedía por carta, antes de ir a hacerle una visita marital entre una batalla y otra, que no se bañara durante esos días para que él pudiera disfrutar plenamente de su glorioso bouquet. También se ha analizado profusamente su exilio en Santa Helena y, sobre todo, las causas de su muerte, en 1821, que siguen generando encendidas controversias. A toda esta información se ha sumado, de manera lateral, la historia del pene del emperador, que fue extirpado después de su muerte, no se sabe muy bien con qué objetivo, junto con otros órganos como el estómago y el corazón. El pene le fue extirpado y, a partir de entonces ha tenido una modesta historia, ha ido apareciendo cíclicamente, produciendo siempre la misma pregunta, ¿por qué alguien quiere poseer, y pagar por tener, la cosita de Napoleón? Antes de seguir adelante, y para que nadie piense que estoy inventando esta historia, voy a escribir una referencia periodística fácilmente consultable en Google, un artículo del diario inglés The Independent titulado: "Waterloo 200 years on... and the strange journey of Napoleon's penis" (...y el extraño viaje del pene de Napoleón, vendría siendo la traducción de la segunda parte del título). El artículo en inglés tiene un chascarrillo intraducible al español pero que se entiende perfectamente: se habla del Napoleon's little Napoleon, del napoleoncito de Napoleón, que ya saben ustedes cual es. ¿Por qué algunos quieren poseer, y han tratado de comprar en subastas sucesivas, el napoleoncito de Napoleón? Quizá el deseo sea parecido al que despertaba la calavera de Pancho Villa, que la robaban de su tumba y luego aparecía en el sótano de la logia de una universidad en Estados Unidos, sirviendo como recipiente o cuenco para preparar pócimas que pretendían apoderarse de la poderosa testosterona que seguía embarrada en el cráneo del general. Puede ser que el napoleoncito, sin ser cuenco ni recipiente, sino más bien cataplasma o bolsita de té, despierte en ciertas personas la misma ansiedad, la de apoderarse de la virilidad del emperador. He elegido las imágenes de la cataplasma y de la bolsita de té porque el napoleoncito, según lo que se cuenta en el artículo, es un órgano que con los años se ha ido momificando y se ha puesto mustio, más bien pachucho. El segundo valet del emperador cuenta en sus memorias que él estuvo presente en el momento de la extracción de los órganos, y que vio como "el doctor corso", cuando los doctores ingleses no lo veían, "se robó dos pedacitos de una costilla" de Napoleón.
El caso también se parece al de los mechones de pelo de Beethoven, que consigné en esta misma página hace unas semanas, que se robaban sus admiradores cuando yacía muerto en la capilla ardiente. Así como había un médico de Córsega entre los médicos ingleses, también había un cura italiano que, según los testimonios, fue quien se quedó con el pirrín del emperador. Y aquí se antoja una batería generosa de preguntas que girara en torno a estás: ¿En qué condiciones se quedó el cura con esa reliquia erógena?, ¿lo robó?, ¿le fue concedido? Me temo que nunca lo sabremos, pero lo que sí sabemos es que, años más tarde, la familia del cura vendió la reliquia a un inglés que regenteaba una librería y que éste lo clasificó, dentro de una valiosa vitrina, como "a mummified tendon", un tendón momificado, y también sabemos que con esta desgraciada clasificación fue vendido a un coleccionista de Filadelfia y que después fue expuesto, en 1927, en el Museum of French Art de Nueva York; no sé, porque no lo dice el artículo, si fue expuesto como el tendón momificado o como el pene del emperador francés. Sin embargo, las publicaciones de la época sugieren que donde decía tendón la gente entendía napoleoncito. El reportero de la revista Time lo define como "a maltrated strip of buckskin shoelace", "un pedazo maltratado de agujeta de gamuza", y otro periodista como "shriveled eel", "anguila reseca".