El fuego sagrado de Rosenda Monteros

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Alegría Martínez

Rosenda Monteros fue actriz de Buñuel en Nazarín, de Julio Bracho, en María la Voz, de John Sturges en Los siete magníficos, tres de las 46 películas en las que ha participado. Maestra, bailarina, directora y productora de escena, intérprete de 40 obras de teatro, 25 series y telenovelas, se dio cuenta en los primeros días de su incipiente carrera, en 1955, de la enorme belleza de nuestro idioma, al ingresar de sopetón en la Compañía de Teatro Clásico Español de México que dirigió Álvaro Custodio. Años después, hizo audición para la Compañía de Marcel Marceau, con quien actuó en París en 1963. Hoy, cerca de cumplir 60 años de actividad artística y a unas horas de recibir la Medalla Bellas Artes en la Sala Manuel M. Ponce, nos comparte dos anécdotas que la marcaron al inicio de su carrera.

"Era realmente muy jovencita, todavía no estaba ni físicamente hecha. Había una tienda de modas muy selecta en la calle de Niza que se llamaba Gerard, yo andaba por ahí. Un día entró Isabel, esposa de Álvaro Custodio, director de teatro al que le decían El Güero. Ella platicaba pero no dejaba de mirarme. Me llamó la atención que me mirara tanto. '¿Oye —me dijo—, ¿podrías ir mañana a entrevistarte con mi marido? Ya oíste hablar de él'. Sí puedo. ¿Y por qué me llama a mí? —le pregunté. 'Porque tienes el fuego sagrado pintado en la cara'— me respondió. Eso me impactó mucho y dentro de mi ignorancia, algo me dijo que debía yo hacer honor a sus palabras.

'Así que tú eres Rosenda' —me dijo Custodio sin más al otro día— y me sentó a la mitad del salón como un salero. 'A ver: léeme esto. ¿Haz estudiado verso?' No. Y sobre un pizarroncillo hizo el diseño de cómo pasa el verso del papel a la boca. Me pareció algo maravilloso: ¡el hiato! ¿Qué era eso? Yo salí fascinada. 'Ya está. Si quieres trabajar conmigo no tienes más que decírmelo. Soy muy duro, seguramente vas a llorar conmigo pero vas a aprender mucho'".

La joven actriz empezó a ensayar Fuenteovejuna de Lope de Vega para presentarla en la Plaza de Chimalistac con Ofelia Guilmáin, Pilar Sen y María Idalia. 'No olvides que te estoy vistiendo por primera vez para el teatro clásico', —le dijo Isabel mientras le ataba las cintas del corselete. "Nunca lo olvidé. Ya murieron ambos. Es tremendo. La gente que se te siembra en el corazón de repente desaparece."

"Durante la escena final del segundo acto, que entran las tropas de Fernán Gómez a asaltar la fiesta para robar a Laurencia, me robaban a mí primero, que hacía el papel de Jacinta. Me tenían tomada de las dos muñecas, yo me caía al suelo y ellos me arrastraban, pero uno de los caballos me pisó un tobillo. El doctor me dijo que se había escuchado un crujido. Tenía la punta del hueso fuera pero estaba tan imbuida en lo que hacía que pedí me ayudaran a levantarme. Me detuvieron y terminé mi escena. Mi aventura tan anhelada murió casi sin nacer."

La audición para Marceau y su compañía

Rosenda vivió en París, durante las filmaciones de diversos programas para la radio y televisión francesa, contratos que le consiguió la representante artística de Buñuel, que no admitía más representados y el cineasta logró como regalo para la actriz, que más tarde vivió en Madrid y fue invitada por su amigo, el pintor Antonio Peláez, a la última función de Marcel Marceu.

"Cuando entré al camerino, encontré al extravagante y célebre mimo que me miraba con sus ojitos de mono sabio, penetrante. Su pelo parecía pasita, era un extraño artilugio que le hacían en el teatro para que no se le viera la parte calva entre su pelo rizado, una especie de colchón, que ya era parte de su personalidad, le iba bien. Yo le veía las orejas puntiagudas y su gran nariz bajo su boca como filo de cuchilla. ¡Qué presencia! Seco, seco como un palo chupado pero muy musculadito, muy bien hechecito.

'Te presento a mi amiga Rosenda Monteros —le dijo Toño. '¿Tú eres bailarina' —me preguntó Marceau. No señor. Tengo formación dancística pero realmente soy actriz. Y sin más ni más, por la memoria de mi madre muerta me dijo: '¿Te gustaría formar parte de mi compañía?'. Pues no, señor, porque yo no sé hacer lo que hacen ustedes y además ahora vivo en Madrid. 'Tienes formación de bailarina dices y eres actriz, ¿no? De que lo hagas me encargo yo. Recibirás tu boleto de avión en una semana para venir a hacer la audición'.

"Me fui tamborileando los dedos, contando los días, las horas, los minutos, hasta que mediante un telefonema me dijeron que en el Aeropuerto estaba ya mi boleto, que llevara ropa de trabajo y nada más. Llegué al famosísimo Teatro Renacimiento. Me metieron a un camerino y me dijeron: espere a que el señor Marceau la llame. Empecé a sentirme muy maltratada ahí sentada como una mona, ni siquiera me preguntaron cómo fue el viaje. ¡A esperar! Llegó a las mil 500. Yo ya estaba aburrida, malhumorada, con sueño y moría de hambre.

"Me llevaron por fin hasta el escenario, encendido con luces muy bonitas. Se me bajó el malhumor en un segundo: Marceau estaba en una orilla del proscenio y la compañía íntegra en el patio de butacas. 'Les presento a mademoiselle Rosenda Monteros, que ha tenido la generosidad de venir a ofrecernos una audición y pienso que el personaje que le va es la protagonista, porque como ustedes saben y han testimoniado, Sutanita de Tal no puede con el personaje'. Sucede que esa chica, Sutanita era su amante. 'Ustedes serán quienes decidan'— les dijo.

"Me puso una música y sin más me dijo: 'Es su turno'. Me había ido a un extremo del escenario. Estaba tan azorada que no podía ni mover las piernas, se habían vuelto de plomo, quise tomar centro y no pude. En mi vida había hecho pantomima, nunca se me había ocurrido, es más, ni me gustaba: Urdí rápidamente la historia de una niña muda que se expresaba con el cuerpo. Empecé a mover los brazos, calenté y arranqué. Cuando escuché en la música un punto me detuve para dar a entender: ya no voy a bailar más. Él pidió la opinión de los que estaban ahí. Me sentí muy rara. Resultó a mi favor por unanimidad y aplaudieron todos. Y así, sin más, sin ofrecerme ni un huevo duro, me llevaron al aeropuerto y me subieron al avión hacia mi casa."

Rosenda hizo trabajo doble: barras de entrenamiento, música, coreografía y distintos talleres. " Trabajé mucho, me dio un horario duro, de 10 de la mañana a 4 de la tarde con un break en medio para tomar té y un huevo duro para poder funcionar y después el taller hasta las 8, sola con él y los asistentes. Disciplina, disciplina y disciplina. Así fue hasta que debutamos, pero entonces a mí ya no me pesaba. Cumplí toda la temporada. Marceau es un clásico, una especie de duendecito irreal que se hacía escuchar, explicaba y regañaba mucho.

La marquesina en París anunció entonces: Marcel Marceau et Rosenda Monteros, á Don Juan, de Jean Prodomides y Marceau, bajo su dirección. Actualmente, la actriz forma parte del montaje Proyecto Leñero, Sacrificio que dirige Luis de Tavira.

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