El ciempiés humano vs 'El Chapo'

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
El Tal Borgues

Mientras todo el sistema político mexicano se truena los dedos para ver cómo le hace para atrapar, aunque sea por los restantes años del sexenio, al inge más famoso del planeta, un tal Chapo Guzmán, las películas estrambóticas nos dan la pauta sobre cómo controlar penitenciariamente a los escapistas carcelarios y, en general, cómo replantearnos ese extraño asunto de los derechos humanos para asesinos con decenas o cientos de muertes a cuestas.

Nos gusta el número tres por sus implicaciones metafísicas: es el número perfecto, dicen los chinos. Para los cristianos es el acabamiento de la unidad divina. Los budistas hablan de la triple joya o triratna. Y muchas más implicaciones tiene ese número que, en el caso de las películas The human centipede explica la fascinación por ese número que permite, además, hacer paquetes bien presentados en las tiendas.

Ya hablamos en este espacio de las dos primeras: en El ciempiés humano (Tom Six, 2009), el galeno loco (Dieter Laser) secuestra a tres turistas y los une quirúrgicamente, de la boca de uno al ano de otro para crear, ya se anuncia, un ciempiés humano. En la segunda película (Tom Six, 2011), el asunto era ya un cómic franco: en blanco y negro, y ahora con 12 personas unidas boca-ano a base de diurex, grapas, lavativas y mucha sangre y vísceras.

Recientemente se consigue en cualquier esquina la tercera parte de tan peculiar saga (EUA, 2015, del propio Tom Six), donde, ahora sí, el loco Six está decidido a escandalizar a las buenas conciencias y a divertirse como niño (demente), usando todas las licencias cinematográficas que el cine B permite: aparece él como él mismo; los personajes ven los primeros dos filmes para inventar un método que economice el sistema carcelario gringo; son los mismos actores principales de las anteriores entregas y, sobre todo, se advierte que ahora sí hay presupuesto para hacer payasadas grotescas.

Vemos los clichés del cine carcelario gringo: el abuso de los policías a los internos; el fantasma de la violencia interracial; las insalvables violaciones entre reclusos; el gobernador corrupto; la secretaria con poderosa presencia (una espectacular Bree Olson que adornaría cualquier taller mecánico del país por dos razones muy dignas de verse) que padece los abusos del director de la penitenciaria y varios más. Six revira de sus anteriores ciempiés para dejar apenas para la escena final que dura unos pocos minutos la presentación del nuevo ciempiés humano en sus dos variantes: con piernas y brazos, los presos en proceso; y sin piernas ni brazos, los sentenciados a muerte. Así se gasta menos comida, menos agua, hay más control y se ocupa mucho menos espacio.

El personaje central es el sheriff (de nuevo Dieter Laser), quien en una actuación exagerada logra convencernos sobra la existencia de estos locos directores de cárceles que se pasan por el arco del triunfo los más esenciales derechos de los reclusos: los golpean, se burlan de ellos, los castran para cenar criadillas y otras ligeramente pasadas de tono.

Acostumbrados en México a tratar con pinzas a los internos (más si son filmados para algún documental), la tercera parte de la saga plantea un problema carcelario: no hay presupuesto que alcance para mantener a más presos de los que debería haber en cada reclusorio. Y como no se construyen nuevas cárceles, a pesar del número creciente de detenidos, aumenta el problema.

Si al Chapo lo hubieran metido al enorme ciempiés de la tercera entrega, júrenlo que jamás habría podido fugarse por ningún túnel. Y en el remoto caso que hubiera logrado zafarse de ambos extremos, habría quedado impresentable y sería detectado en cualquier transporte público.

Una tercia de películas para no ver en familia y que jamás llegarán al Oscar, pero que ¡ah, cómo son divertidas por absurdas y exageradas! Eso si no le da asquito ver marranadas a granel. Pero, fíjese bien, el sistema mexicano (al menos el carcelario) sin duda lo es.

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