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Jueves , 18.04.2019 / 12:30 Hoy

Casa en el extranjero

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EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

“Tu casa es el sitio adonde vas cuando
no tienes nada mejor que hacer”:
Margaret Thatcher

Una vez me dijo un productor cinematográfico, al que le vendí un guión, que le resultaría más fácil depositarme si yo tenía una cuenta bancaria en Estados Unidos, puesto que sus oficinas estaban allá. Le dije que solo tenía una cuenta de un banco mexicano. Me respondió: “Pues un día que vayas a Los Ángeles abres una y ya. Es facilísimo”. Me dio ternura, pues con muchos esfuerzos puedo viajar a Acapulco.

Si a duras penas me alcanza para pagar el mantenimiento del edificio donde se halla mi departamento, no alcanzo a calcular la cantidad de dinero que han acumulado personas como Ricardo Anaya (candidato oficial de Por México al Frente, que integran PAN, PRD y MC) y Alejandra Barrales (candidata oficial de la misma coalición, para gobernar Ciudad de México), para tener casa en el extranjero.

Nomás con pensar en el pasaje se me erizan los vellos de la rabadilla (y no en avión, sino en autobús de oferta). Anaya, aparte, tiene a sus hijos en escuelas gringas, en Atlanta, Georgia (¿alguna vez pensarán regresar a México? Porque no van a entender ni madres de Historia, ya que tendrán el punto de vista de George Washington, y este era limitado y distorsionado). A la mejor no están inscritos en escuela de paga, sino de gobierno (para ahorrarse colegiaturas), pero aún así, los chamacos se comerán su lunch a la hora del recreo, y allá son más costosos los sándwiches y jugos.

La Barrales tiene su departamento en Miami, Florida. Dice que para rentarlo, pues ella no es tan malinchista y no piensa quedarse allá. Con todo, me pregunto: “¿No le sale más caro? Mientras el departamento no se rente, junto al predial viene el mantenimiento y la mano de obra y materiales han de costar una lanilla”.

Si tienes una casa en el extranjero tienes que habitarla, por dentro y por fuera. Por dentro, tu casa son tus muebles, tus juguetes, tus adornos, tus alimentos, tus artículos electrodomésticos, tus objetos del baño, del tocador, tu ropa, tus zapatos, tus facturas. Por fuera, tu casa son tus árboles, tus parques, tus tienditas, tus vecinos, tus ardillas, tus cines, tus licorerías, tus cafeterías, tus locos del barrio, tus gimnasios, tus servicios. Todo eso cuesta.

Javier Duarte, César Duarte, Tomás Yarrington, Jorge Torres López, Humberto Moreira, Guillermo Padrés, Eugenio Hernández, Jesús Reyna, Gabino Cué, Luis Armando Reynoso, Villanueva Madrid, Flavino Ríos, Andrés Granier, Rodrigo Medina, Fidel Herrera, Roberto Borge y todos esos que robaron bajo el amparo de su puesto, tienen casas regadas por el mundo (la mayoría en España, demostrando que no saben hablar más idioma que el español). Antes de ser apañados, seguramente surtían en tiendas donde pagas con euros o dólares o monedas que cuestan un salario mínimo (¿y salir por la noche a celebrar la libertad que es muy bonita? Ahí sí no tengo ni idea de cuánto les saldría un restaurante-bar y una disco y un motel, porque a la mejor en la casa estaba la señora oficial).

El temblor del 16 de febrero me agarró en un pesero, con ganas de ir al baño (en la YMCA de Río Churubusco, CdMx, pedí que me prestaran el baño, pero como iba caracterizado de La hora elástica, con sombrero, moño y camisa tropical, me vieron raro y me lo negaron). Sonó la alerta sísmica donde se juntan División del Norte y Vértiz. La gente salió a las calles. Una pasajera dijo: “¡Ahora sí está temblando!” El micro se detuvo justo frente a la calle donde vivo (afortunadamente, pues salí corriendo a hacer pipí en mi hogar).

Esquivé a los vecinos (incluyendo al mudo que quería explicarme con señas que en su casa les dio flojera salir) y llegué corriendo a mi baño.

Mientras salía el líquido caliente, agradecí a Dios haber llegado al escusado (el lugar más discriminado de la casa, pero el más necesario) y no tener que recurrir a un arbolito, ante la vista de personas que salieron de su casa a resguardarse y no merecían ver eso. Al salir, me lavé las manos y puse una veladora para agradecer que no se me hubiera caído el edificio encima, agarrándome con los pantalones a media asta.

Cómo me gustaría ganar millonadas de dinero (de manera honrada, of course, creando una gran obra de arte, ganándome la Lotería, heredando, etcétera) para tener una casa en cada rincón del planeta, donde pueda entrar corriendo cuando me esté haciendo pipí.

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