EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Karina Vargas
@lula_walk
Al oriente de la capital mexicana, específicamente en el número 2325 de la Calzada Zaragoza, el Sábado de Gloria no existe; aquí se llama Sábado de Elba. Bienvenidos a uno de los pocos parques acuáticos que sobrevive a esta jungla citadina.
“Vamos a la playa, todos con sombrero, el viento es radioactivo y despeina los cabellos” –Los Joao
A bordo de un carro del tren férreo que conecta al Estado de México con la CdMx, entre las estaciones Guelatao y Peñón Viejo de la Línea A del Metro, vislumbro la parte superior de los toboganes que visten el tradicional balneario, ése que junto al Deportivo Bahía y el complejo Las Américas, ahora convertidos en unidades habitacionales, ofrecían en los años setenta una ventana de descanso y recreación a las familias mexicanas, quienes departían sin barreras sociales, culturales o económicas.
Desciendo de la estación que lleva el nombre del cerro más cercano: Peñón del Marqués, mejor conocido como Peñón Viejo. Mis pasos trazan, por alrededor de quince minutos, el camino hacia el terreno donde los habitantes de las colonias aledañas apaciguan el calor primaveral sumergidos en cúmulos de agua color verde limón. Estoy frente al Elba, un predio popular por sus bajos costos: 80 pesos para los adultos, 70 para los menores de diez años y 30 pesos por el estacionamiento. Metros antes de llegar al acceso principal, recorro la pared que anuncia las atracciones del balneario y percibo en lo alto una reja que sostiene los torsos desnudos de algunos bañistas que exponen su piel al sol.
Los costados de la entrada son ocupados por un par de puestos que ofrecen salvavidas, garnachas y refrescos. Subo una pequeña pendiente, sorteo las filas de autos estacionados, vendedores de sandalias y flotadores, hasta toparme con el reglamento para los automovilistas, del que destaco la advertencia “Retirar del auto el estéreo si es quita pon”, por aquello, supongo, de la inseguridad. Pago mi entrada, paso un débil filtro de seguridad y el fervor tropical se hace notar: de mi lado izquierdo hay una oficina desocupada que antes servía también como taquilla, le sigue el pequeño salón de eventos Bugambilia y a mi derecha se erige uno de los salones principales; continúo mi trayecto, paso por una lona que cubre una camilla y algunos enceres de primeros auxilios y atravieso el arco que da hacia el área de albercas. Las manecillas de mi reloj anuncian más allá del medio día, el lugar está a tope.
Cientos de cuerpos con bikinis, trusas, camisetas blancas y shorts pululan por cada centímetro del parque; hacia cualquier parte que enfoco hay un lugareño que disfruta del furor vacacional. Los más pequeños corren sobre el piso húmedo, van de un tobogán a otro; en las albercas (que no sobrepasan el metro cuarenta de profundidad) las pieles se frotan unas a otras como queriéndose fundir en un solo ente húmedo y clorado. La oferta gastronómica es variada: hay desde piñas preparadas hasta carnitas “por taco y por kilo” cocinadas en un cazo de metal, hamburguesas, hot dogs, cocteles de fruta, fresas con crema, cacahuates y gomitas con chamoy, micheladas, tacos de bisteck, sopas Maruchan y “deliciosas sincronizadas”. Sin embargo, los visitantes llegan equipados con lo necesario para calmar el hambre: por la zona de acampar en donde más que casas de campaña se alojan las mesas y sillas que el balneario renta por cincuenta pesos, se ven bolsas de chicharrones, envases de cervezas, paquetes de tostadas, latas de atún, platos con carne recién asada en un anafre y un sinnúmero de tuppers con guisados previamente preparados.
Al fondo del Elba se alojan otros atractivos, entre ellos, una diminuta cancha que es ocupada por un par de aficionados al futbol americano, unos juegos de metal, como resbaladillas, y un espacio cubierto por una gran carpa amarilla donde el grupo La Siempre Firme toca éxitos de banda y cuando su vocalista grita “que te ruegue quien te quieraaa”, los pies del público son seducidos hasta la pista de baile improvisada. Según las sombras que reflejan los instrumentos de viento, la cadencia del baile es generada por danzantes que se mueven en solitario y en pareja. Luego de unas canciones, la batuta sonora queda a cargo del DJ “Ilusión Caribe”, quien viene desde Santa Martha Acatitla y saluda a los colonos provenientes de Nezahualcóyotl, Chalco, Ejército de Oriente y la Agrícola Oriental; anima a su audiencia y los invita a concluir su descanso de Semana Santa en el complejo acuático, para que no se pierdan las imitaciones de Luis Miguel y Alejandro Fernández, artistas que en este espacio no conocen de demandas e incumplimientos de contrato.
Para el reguardo de las pertenencias que no pueden tenerse junto a las piscinas, hay una bodega en la que los empleados del lugar envuelven los paquetes en bolsas negras, iguales a las de la basura, y vigilan mientras los vacacionistas se divierten dentro de las instalaciones. Es visible la falta de inversión en el balneario y se nota más en el área de baños y vestidores, los cuales quedan lejos de ser un lugar higiénico.
“No, a la de los niños no, porque es donde más se orinan”, previene un asistente a su compañero y buscan otro espacio para sumergirse, aunque por el pigmento que noto en las demás albercas, la cantidad de fluidos corporales ha de ser igual o mayor. Camino por entre los cuerpos en reposo, salto algunos objetos tirados por los visitantes y reconozco algunos con los que no quería toparme, por ejemplo, un pañal usado y un condón. El agua que los nadadores dejan escapar de los chapoteaderos salpica mis pies y hace resbalar a aquellos valientes que van por ahí deslizándose sin algún calzado o calcetín.
La hora del cierre se acerca: estos días el Elba da servicio de nueve de la mañana a cuatro y media de la tarde, los salvavidas se acercan a los estanques y soplando sus silbatos anuncian que la diversión por hoy ha concluido; lentamente la fauna acuática abandona los depósitos y se va tiritando de frío hasta donde su familia los espera. No es fácil para los salvavidas librar las piscinas, pues hay alguno que otro listo que va de esquina a esquina para aprovechar los minutos que le restan bajo el agua. Ahora las filas no se hacen para abordar los toboganes, sino para ocupar los vestidores y, a falta de resguardo, las técnicas de Lady cajera se ponen en práctica y los familiares comienzan a taparse entre sí con toallas, cobijas y sudaderas para intercambiar los calzones mojados por unos limpios o no, tal vez simplemente secos.
El balneario, acogido en 1987 por una centena de ejidatarios tras el abandono de sus primeros dueños, se vacía minuto a minuto, las bolsas con paraguas, pistolas de agua y desechables que antes apartaban un lugar sobre el pasto ahora son conducidas hacia la salida. Se ha consumado nuevamente la costumbre de quienes no pueden salir de la CdMx para visitar las paradisiacas playas con las que el país cuenta y eligen una experiencia all inclusive dentro del complejo que resiste a la inseguridad, el olvido y la decadencia. Fuera del balneario, retomo la Calzada Zaragoza rumbo a la estación Guelatao, y en la marcha me encuentro con una pinta que dice: “En Iztapalapa imaginamos un día completo con agua. ¡No la desperdicies!” Vaya paradoja, pienso.