EL SEXÓDROMO
VERÓNICA MAZA BUSTAMANTE
Héctor Monteserín, profesor de filosofía de la Universidad Nacional de Buenos Aires, se pregunta en su interesante artículo “Aletheia de los cuerpos que se mueven”, publicado en la revista digital Que responda el viento, lo siguiente: “¿Qué sería bailar con verdad en el sentido de Aletheia, de desvelamiento? Bailar sin reproducir un estado de cosas dado, sino bailar descubriendo nuevas capas de lo real, de la experiencia propia, de conexiones musculares, psíquicas, fisiológicas, eléctricas, imaginativas, reconectando, hiperasociando acá, despejando allá, sobrevolando, mirando a la distancia aquello otro que me ahogaba e impedía avanzar, resolviendo tal movimiento o pensamiento. Develar el mundo y a mí bailando. Quitarle al mundo sus velos. Trascender mi experiencia velada. Bailando”. No hay una respuesta precisa en su texto, pero su reflexión tiene que ver con las que yo he tenido pensando en el milagro del cuerpo humano y sus posibilidades al bailar: al hacerlo, es posible olvidarse de uno mismo, sentir que se vuela, entrar en trance, ser libre, asombrarse, reconectarse, vivirse y vivenciar al otro/a. Por eso es el más viejo y predecible ritual de atracción, de seducción, estadio previo al apareamiento, posibilidad de percibir al máximo nuestro yo corpóreo y el ajeno.
Dice un viejo dicho que quien sabe bailar suele ser bueno/a en la cama. No estoy segura, pues hay pésimos bailares que en el colchón se vuelven excelentes danzantes en el arte de la pasión, pero es común que las mejores parejas de baile, si llegan a pasar a un plano en el que los cuerpos tienen un encuentro cercano del cuarto tipo, gozan de resultados tan brillantes como sus pasos más aplaudidos en la pista. Pienso que la creencia antes mencionada tiene que ver con la percepción del cuerpo por parte de los bailarines: si disfrutan del ritual de mover el esqueleto siguiendo un ritmo con alegría, sin complejos ni inhibiciones, sin dudar sobre su desempeño, confiando en sus capacidades para realizar ciertos pasos, sintiéndose estimulados por su flexibilidad, su capacidad de guiar a la pareja o de dejarse llevar sin miedos o barreras, es muy probable que esa actitud la tengan también durante el encuentro sexual.
El músico uruguayo Jorge Drexler lo resume de una manera inigualable en la canción que le da título a su nuevo disco, Bailar en la cueva: “La idea es eternamente nueva: cae la noche y nos seguimos juntando a bailar en la cueva. ¡Bailar, bailar, bailar, bailar! Ir en el ritmo como una nube va en el viento. No esperar en, sino ser el movimiento. Cerrar el juicio, cerrar los ojos, oír el ‘clac’ con el que se rompen los cerrojos. ¿Me guías tú o yo te guío? Mi cuerpo al tuyo y el tuyo al mío. Los dos bebiendo de un mismo aire, el pulso latiendo y el muslo aprendiendo a leer en Braille. Bailar como creencia, como herencia, como juego. Las sombras en el muro de la cueva, girando alrededor del fuego. La música bajo los árboles conducido por las llanuras. La música enseña, sueña, duele, cura: ya hacíamos música muchísimo antes de conocer la agricultura”.
El baile nos define como especie, señala el compositor. Y le creo sin chistar. También sé que si más personas se dejaran llevar libremente por esa reacción ancestral, por esa lógica que no siempre va ligada al cerebro sino a la memoria corporal, habría más seres humanos felices.
Existe una expresión comportamental del erotismo y la sexualidad relacionada con el baile. Se llama “coreofilia”, y es la excitación, facilitación o logro del orgasmo, relacionados o dependientes al hecho de bailar con la persona deseada o verla bailar. La palabra, que suena como “coreografía”, proviene del griego koreos (danza); representa una práctica que muchísim@s ejercen sin saber que se trata de una manifestación sensual. Las pistas para danzar son espacios en donde la excitación brota, sea el género que sea el que se esté escuchando. Cada quién sus gustos y sus disgustos, sus ritmos y sus pasitos. Lo importante es esa sensación de humedad, de deseo, esa pasión por ver o sentir.
Un estudio de la Universidad de Frankfurt, publicado en la revista Music and medicine, arrojó como resultado que los bailarines de tango poseen mayores niveles de testosterona y menores de cortisol, la hormona que provoca el estrés. La música logra que el organismo se relaje, bajando el cortisol de la sangre, mientras que el roce de los cuerpos y los movimientos rítmicos aumentan las hormonas sexuales, provocando excitación, informa Sureya Orellana en el diario salvadoreño La prensa gráfica. Y aunque el objeto de estudio fue el tango, se puede aplicar a todo tipo de música y baile. Los ritmos afrolatinos son buenísimos para seducir y generar excitación, ya que las parejas se toman de las manos, mantienen un roce corporal ininterrumpido, deben tener energía para “aguantar” varias piezas, y eso da alegría, despierta las emociones.
Para aquellos que se encienden mirando, el bellydance es una buena opción, pues el movimiento de cadera y brazos es protagonista. La parte del abdomen se menea al ritmo de la música del Medio Oriente de manera sensual. También funciona la ahora llamada pole dance, otrora “baile de tubo” en table dances; ya es un deporte, hay competencias. Mujeres que lo mismo son amas de casa que trabajadoras, jóvenes y maduras, van a clases, lo practican. Quizá sea porque quieren mantenerse en forma (el baile quema calorías y exige fortaleza física), pero también por anhelo de estimular a sus parejas, de sentirse sexuales, de dominar su cuerpo, de estilizarlo. En los recintos dedicados a su exposición, los hombres pagan por ver a las chicas bailando con poca ropa. También por sentirlas moviéndose al compás de una canción en su regazo. Hay algunos que no conocen ya otra manera de excitarse que acudiendo a estos espacios, relacionándose con las bailarinas exóticas y dejando ahí sus quincenas.
Ese puede ser el lado oscuro de la coreofilia, pues hay bailes que suelen ser excitantes y sexuales pero no tienen un final feliz. Pregúntenle a Juan El Bautista: Herodes vio los movimientos de la hija de Herodias, su amante, y se enamoró locamente de ella. Para volver a verla danzar, le ofreció darle cuanto pidiese. A ella se le antojó tener la cabeza de Juan en un plato y el coreófilo se lo cumplió. Hoy en día basta ver escenas de chicos y chicas bailando en pleno “perreo” de reguetón para saber que eso podría acabar en un embarazo adolescente no deseado o en un abuso.
La pasión por el baile ha dejado películas míticas, que van desde Cantando bajo la lluvia hasta Dirty Dancing, pasando por Vaselina, Fiebre de sábado por la noche, Flashdance, Footloose, Hair y muchas más, incluyendo Luna amarga, con esas perturbadoras escenas en donde Mimi seduce bailando, goza bailando y hace daño bailando.
La manera en que la cintura y la cadera se mueven, el roce frecuente que puede revelar una erección, la sensación de corporeidad que a ratos se convierte en una percepción extracorporal, el olor (¡ah, ese aroma primitivo, salvaje, del sudor en varias zonas del cuerpo cuando se baila puede ser realmente apasionante!), se convierten en incentivos sensuales, en preámbulos de un acto que puede funcionar incluso como terapia sexual para reunir a ciertas parejas en desgracia. Porque si hasta Miley Cyrus logra conmocionar con su famoso —y poco sexy para muchos— twerking, ¿qué no logrará un buen entrepierne vertical entre dos que se aman?
¡A bailar se ha dicho!
@draverotika
Facebook: La Doctora Verótika