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Jueves , 25.04.2019 / 05:12 Hoy

Alcanzar una estrella: Debbie Reynolds

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Miguel Cane


Sería ridículo, algo surgido de la más retorcida de las comedias negras, si en realidad no fuera una tragedia: apenas 24 horas después de anunciarse la muerte de su primogénita, Carrie Fisher, que causó revuelo y consternación mundial, la actriz, estrella de Broadway y célebre cantante Debbie Reynolds (nacida Mary Frances Reynolds, el 1 de abril de 1932) fallecía a consecuencia de una embolia en el hospital Cedars-Sinai de Beverly Hills.

Hay, sin embargo, quienes creemos que murió por rompérsele el corazón.

Para quienes no la recuerdan más que como la mamá de la princesa Leia, habría que decirles que Debbie Reynolds perteneció a la segunda generación de grandes estrellas de Hollywood. Criada en California por una madre estricta y chantajista, que estaba obsesionada con los famosos y un silencioso padre carpintero, muy devoto de su religión, la bonita rubia fue llevada por su mamá a los estudios MGM donde le hicieron pruebas de talento y le ofrecieron un contrato, vendiendo así la inefable Maxine (a la que su nieta Carrie detestaba cordialmente) la infancia de su única hija, por un puñado de dólares. Sin embargo, hay que señalar que Debbie no fue infeliz: la MGM le dio la oportunidad de actuar en películas mientras tomaba clases de actuación y seguía sus estudios y ahí, entre las estrellas del mañana, conoció a algunos de sus amigos de toda la vida, como Roddy McDowall —que sería célebre en la saga original de El Planeta de los Simios— y la enormísima Elizabeth Taylor, de quien fue amiga muy cercana desde esa época.

De hecho, se puede decir que la relación entre Debbie Reynolds y Liz Taylor fue una de las más complejas en la historia de Hollywood: ambas comenzaron sus carreras al mismo tiempo, y aunque la Taylor, con esos ojazos violetas, se convirtió en celebridad primero, nunca hubo entre ellas rivalidades. Debbie —que después alcanzaría su propio estrellato al lado de Gene Kelly en el musical Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, 1952)— siempre fue un apoyo para Liz; fue su dama de honor cuando ésta se casó con el rico junior hotelero Nicky Hilton (sí, el abuelito de Paris), y estuvo con ella pocos meses después, cuando salió perseguida por una horda de fotógrafos del juzgado al firmar el primero de sus siete divorcios. Donde la Taylor era esta belleza espectacular y sofisticada, Debbie era más bien la chica de al lado, en el molde de Doris Day: rubilinda, buena gente, cantarina y de figura sexy sin ser una bomba. Sus películas eran más orientadas a la familia, y podía decirse que fue la precursora de los roles que eventualmente interpretarían Julia Roberts, Sandra Bullock o Meg Ryan, treinta años después. También es irónico que, siendo una heroína romántica de primer orden, su vida amorosa fuera tan estrepitosamente fallida.

El primer marido de Debbie fue el crooner Eddie Fisher (fallecido en 2010), que, para que ustedes se den una idea, era algo así como el equivalente de Nick Jonas o Justin Bieber, en los años 50: guapito y talentoso — aunque también vicioso y crápula —, tenía mucho éxito, incluyendo su propio programa de variedades en la tv, teniendo como patrocinador nada menos que a la Coca-Cola. Su mejor amigo, era el productor de cine Mike Todd —el mismo que se llevó a Cantinflas a Hollywood con La vuelta al mundo en 80 días— y casualmente, éste fue el tercer marido de Liz Taylor. Los cuatro solían reunirse mucho, y de hecho, surgió un compadrazgo: Liz fue madrina de Carrie, la primogénita de Debbie, y ésta fue madrina de Liza Todd. Sin embargo, aunque esto podría parecer la premisa de un sitcom de la época —algo que pudo haberse llamado Juntos y felices, por ejemplo, siendo una especie de proto-Friends—, las cosas se fueron al centro mismo del carajo rapidísimo y de fea manera, cuando Mike Todd se mató en un accidente de avión mientras la Liz filmaba al lado de Paul Newman La gata en el tejado caliente, en 1958 y Eddie, de la manera más oportunista, rastrera y cochina, se dio a consolar a la viudita metiéndose en la cama con ella, así abandonando de golpe y porrazo a su mujer y dos hijos. El escándalo en consecuencia fue mayúsculo y corrió como reguero de pólvora: así, para el público Debbie era la pobre cornudita humillada, Fisher era un ruin gandalla y la Taylor una zorra robamaridos, estereotipos con los que cargarían por años en el imaginario público, si bien a Fisher (a quien la Coca le canceló su programa en 1959) poco le duró el gustito: la Taylor lo botó como si de excremento se tratara, al poco tiempo, cuando se enredó con Richard Burton durante el rodaje de Cleopatra en Roma (y todo el universo sabe cómo acabó aquello, ¿verdad?); Debbie, mientras tanto, revitalizó su carrera, y hasta se casó en segundas nupcias con un ricachón vendedor de calzado llamado Harry Karl, que le hizo tantos fraudes fiscales, robos y tracaleos, que la dejó en la vilstreet al divorciarse cuando ella lo cachó con las manos en la masa, en 1972. Cuando Carrie ya era famosa por cuenta propia, y habían pasado unos veinte años del escandalazo, la Taylor y Debbie coincidieron en el mismo restaurante en Londres, se saludaron de lejos, se mandaron notas, y acabaron cenando y poniéndose bien cuetes juntas, pero contentas, reanudando su amistad —al punto que, cuando la Liz murió, una de las personas que acudió al funeral y habló afectuosamente de sus años como niñas actrices a la orden de Louis B. Mayer, fue la mismísima Debbie, que había perdonado a su comadre, e incluso solía decir: “tengo mucho qué agradecerle a Liz. Muchísimo. Me ayudó a aprender a navegar en este negocio, y además, me hizo el favor de quitarme de encima a un ex marido bueno para nada, lo que seguramente me evitó padecer enfermedades venéreas a la larga.”

Algo que compartían Carrie y Debbie, era su sentido del humor. “¿Quién soy yo para juzgar a mi hija por haberse acostado con Harrison Ford?”, dijo en noviembre pasado, cuando se publicó The Princess Diarist, el último libro de memorias de su primogénita en el que Carrie cuenta con pelos y señales, y por primera vez, su affair adúltero con el célebre Han Solo. “¡Yo no soy nadie para juzgarla! ¡Yo cogí con su padre!” y sus ganas de hacer reír a los demás. Cuando su carrera cinematográfica de leading lady se acabó, a principios de los 70, Debbie se entregó al teatro musical en Broadway, y empezó a hacer presentaciones personales en Las Vegas; también le entró a otros negocios (entre ellos un hotel y casino) y amasó la más grande colección de memorabilia cinematográfica del mundo entero, creando un museo. Debbie siguió trabajando en cine (¿La recuerdan como la madre pasiva-agresiva de Kevin Kline en la comedia de homosexuales In & Out?) y en tv (¡era la alucinante mamá de Grace en Will & Grace!) y sobre todo, fue un gran apoyo para sus dos hijos, Todd —hoy director del museo creado por ella— y Carrie, que era la luz de su vida, por lo que no sorprende que se haya ido siguiendo a su hija a una galaxia muy, muy lejana.

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