¿Ya no se ama como antes?

Que el desaforado pragmatismo de nuestra sociedad ha matado nuestra dimensión emocional. Que el mundo va demasiado rápido como para detenernos en nuestros sentimientos y mejor quemamos relaciones como quien quema etapas en una carrera. Que la vida es hoy demasiado larga para hacer lo que antes: comprometernos hasta que la muerte nos separe. Que la tecnología ha terminado por modificar nuestra vida amorosa. Que los jóvenes han aceptado al fin que son –¿somos todos?– "pansexuales", otro modo de decir que le ponen con lo que la vida ofrezca, sin tantos distingos absurdos. Que no es tanto eso, sino que hemos criado generaciones sin capacidad de compromiso... En fin, queridos lectores, que el amor, hoy, es complicado. Como siempre, sí, pero ¿de otra manera? Con ese dulce desasosiego celebramos en Tribuna el Día del Amor y la Amistad. Abrazos.

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El amor en tiempos de WhatsApp

Benito Taibo

Escritor: "Persona normal".

El ritual del cortejo, en mi adolescencia, bien podría ser, con los tiempos que corren, motivo de un sesudo, minucioso y exhaustivo ensayo antropológico.

Inentendible, por supuesto, para esos jovencitos de hoy que mantienen relaciones diferentes (ni mejores ni peores que las que yo viví) y que los hacen verme, cuando les cuento, como una suerte de animal prehistórico, y por supuesto desechable.

Primero, por entre todas las demás, identificabas claramente a esa que sería el motivo de tus afanes y de tus desvelos. Y soñabas con el posible encuentro.

Buscabas esos lugares a los que acudía, y te hacías, antes que nada, una parte esencial, pero no protagónica, del paisaje. Pero de una manera descuidada, casi torpe, producto de la casualidad.

Te hacías invitar a una fiesta en la que ella tendría que estar.

Sí eras muy valiente (que no es mi caso), la invitabas a bailar.

Luego le llevabas flores, un regalito, mandabas recados o los dejabas en lugares estratégicos, le escribías poemas malísimos o, mucho más inteligente, te fusilabas a la mala uno de Sabines, o de Alberti, o de Neruda, sabedor de que la poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita.

La rondabas durante semanas, hasta que aceptara ir al cine. Y mientras tanto, te deshacías en suspiros.

Si eras muy valiente la besabas en la oscuridad de la sala (que sí es mi caso) y dependiendo de la aceptación o la bofetada, le pedías que fuera tu novia.

Y de ese momento a que aceptara llegar un paso más lejos, nuestro sueño dorado, podían pasar entre ocho meses y un año. Una eternidad.

O nunca, que es como la eternidad pero con llamas urgentes.

Luego, llamadas telefónicas nocturnas, interminables e insulsas que acaban siempre con una suerte de prolongación del sufrimiento:

Cuelga tú. No, tú primero. No. Cuelga. Los dos al mismo tiempo. Una, dos, tres. ¿Estás ahí?

Por eso tuvimos en mi generación pocas novias. Era un proceso lento y doloroso.

Y lo peor de todo era el truene, amargo y triste, de llantos e insomnios.

Éramos héroes trágicos de una comedia de tercera, en un país mojigato y lleno de convenciones absurdas.

Y sin embargo, el ritual era una parte importante de nuestras vidas. Vivíamos de él y para él. Romántico y cursi, funcionaba para descubrir, homéricamente, que el viaje importaba más que el destino.

Las cosas han cambiado. Mucho.

Mi sobrino me acaba de presentar a su "nonovia".

Así lo dijo, con toda la cara, frente a ella. Y yo todavía conservo los ojos como platos, mientras la interfecta sonreía complacida, como si se tratara de una suerte de elogio.

Se ven sólo los sábados. El resto del tiempo sólo se comunican por "Wa" (como le dicen cariñosamente a ese sistema de comunicación llamado WhatsApp en el que escriben, frenéticamente, cortos mensajes) y en vez de flores o poemas se mandan "emoticones", "gifs animados", ligas de páginas de Internet, "selfies" (supongo que para recordar sus caras), "vines", "snapchats". Fotos de gatitos muchísimo más cursis que nuestras necias y tercas palabras de amor. E incluso películas, que antes solíamos ver juntos, tomados de las sudadas manos, como si nos fuera la vida en ello.

Y también se besan, los sábados. Y llegan a segunda y a tercera base mucho más rápido que nosotros, que parecía que cargábamos sobre nuestras espaldas "la maldición del Bambino".

Pero les funciona. Y así son felices.

Parecería que no vale la pena establecer un compromiso. Un "nonovio", me explicaron, es como tener novio sin las responsabilidades inherentes a ese viejo oficio que tantas agridulces enseñanzas dejó en mi vida.

Mientras el paquete de datos de tu celular sea poderoso, podrás tener una relación, dicen sin decirlo.

Y sin embargo, utilizan mucho más tiempo del que usábamos nosotros cultivando esos "nonoviazgos" que son de una virtualidad estremecedora.

Antes de preguntar siquiera gustos o aficiones, se preguntan si tienen "Wa", y aquel que carezca del mismo, es poco menos que un paria.

El "Wa" es la piedra fundamental sobre la que se erige esta nueva civilización que yo no acabo de entender del todo. Como tampoco las viejas generaciones nos entendían a nosotros. Así que esto no es una casualidad, sino más bien producto de la causalidad del entorno y sus medios.

Yo me pregunto si Cupido volverá algún día a lanzar sus flechas sobre los enamorados.

Y me contesto muy optimista: sí, lo hará. Pero más vale que las flechas tengan WiFi incorporado, o su existencia misma habrá perdido sentido.