¿Y si no ganamos ni la Copa de Oro?

La aguerrida selección mexicana, esa que puso a sudar a brasileños y holandeses en el último Mundial, se desploma en el escalafón de la FIFA, entre declaraciones altisonantes del Piojo y papelones como el de la última Copa América. Ahora enfrenta un torneo muy menor, el de los equipos de CONCACAF, la Copa de Oro, que ha ganado más veces que ningún otro combinado pero que también le ha costado muy caro a más de un entrenador. Y es que se trata de un regalo envenenado, una de esas competencias que lo mismo ayuda a disimular por un rato los problemas crónicos de nuestro futbol, porque la victoria ciega, que los exhibe en alta definición y pantalla gigante, y que puede, así, ponerle la puntilla a la carrera de Herrera como entrenador nacional.

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El problema de tardarse con los cambios

Alberto Lati

Periodista deportivo.

La sustancial diferencia entre una competencia de velocidad y una de resistencia; el explosivo desempeño para llegar antes en los cien metros y el calculador comportamiento para imponerse en una maratón... En los dos casos, resultan imprescindibles talento, metodología y capacidad; en el segundo, además, una inmensa cuota de planificación y sabia dosificación.

Ahí radica el mayor de los pecados de Miguel Herrera al frente de la selección mexicana: que el sprint que implicó su llegada para la reclasificación y el Mundial (tan forzoso como, sin duda, espléndidamente cursado), no ha logrado tomar cadencia de carrera de fondo tras Brasil 2014.

Ser seleccionador en cualquier país que tiene como religión nacional al futbol se traduce en altos niveles de presión y deterioro, de polarización y cuestionamientos, en amor que es odio al primer revés. Retomando la mejor frase jamás dicha sobre el cargo, me remito a Eduardo Galeano: "Los dirigentes y la hinchada no sólo le exigen la genialidad de Einstein y la sutileza de Freud, sino también la capacidad milagrera de la Virgen de Lourdes y el aguante de Gandhi". Si a eso añadimos el sendero que tomó la relación de Herrera con buena parte de la afición tras el polémico tweet político y el choque con la prensa deportiva (incluso con respuestas directas y descalificaciones), entonces a lo pedido por Galeano hace falta agregar algún casco azul de la ONU más un especialista en manejo de imagen.

La crítica parece cómoda tras el empate sin goles con Guatemala, aunque realmente no tendría que ser muy diferente si el Tri hubiera goleado al vecino en nuestra frontera sur.

Hay puntos tangibles: que, victorias al margen a nivel sub-17, el relevo generacional cuesta mucho trabajo a nuestro futbol; que la aridez tanto en producción de llegadas como en concretar las pocas que se tienen, parece casi endémica al equipo que solía vestir casaca verde; que nos continúa resultando más difícil que a otras selecciones de condiciones parecidas (pienso, por ejemplo, en Colombia o Chile) tener elementos triunfando en los mayores equipos del mundo; que el fatalismo sigue ahí, en las piernas de los futbolistas y las mentes de los aficionados; que en un afán de vivir lo mejor de dos mundos, a veces nos quedamos con lo peor de ambos, tema en el que ahora profundizaré.

No hay mejor escenario para México que eliminarse en Concacaf, pero asistir a la vez a Copa América y Libertadores. Por un lado, la calificación mundialista más sencilla; por el otro, el roce que debe significar mayor crecimiento. Sin embargo, si vamos a Copa América por simplemente cumplir con la obligación (engañándonos con que disponemos de 50 seleccionables, lo cual dudo que puedan presumir más de cinco representativos) y eso sólo sirve para enrarecer el ambiente de quienes luchan por Copa de Oro o buscarán un sitio en Rusia 2018, entonces nada sale bien.

Miguel Herrera admitía tras el empate con Guatemala que "me tardé con los cambios". Tengo la sensación de que no sólo él: el futbol mexicano se ha tardado con los cambios y eso que ha hecho algunos muy positivos. Estar en la posición 40 del ranking FIFA puede carecer de sentido para muchos, pero es un dato que no miente. Estamos en período de vacas flacas, no nos engañemos. Vacas que no tomarán más cuerpo si México se impone en esta Copa de Oro. Y, por si alguien lo infirió de mis palabras, aclaro: gane o pierda, nada se arreglaría con la destitución del DT, eso sólo reforzaría un círculo de crisis.

Twitter/albertolati