¿Y si no ganamos ni la Copa de Oro?

La aguerrida selección mexicana, esa que puso a sudar a brasileños y holandeses en el último Mundial, se desploma en el escalafón de la FIFA, entre declaraciones altisonantes del Piojo y papelones como el de la última Copa América. Ahora enfrenta un torneo muy menor, el de los equipos de CONCACAF, la Copa de Oro, que ha ganado más veces que ningún otro combinado pero que también le ha costado muy caro a más de un entrenador. Y es que se trata de un regalo envenenado, una de esas competencias que lo mismo ayuda a disimular por un rato los problemas crónicos de nuestro futbol, porque la victoria ciega, que los exhibe en alta definición y pantalla gigante, y que puede, así, ponerle la puntilla a la carrera de Herrera como entrenador nacional.

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Un problema de años

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

Colaborador de “La Afición” y “As”.

Afilada osamenta, manos dialogantes y cuero rebelde. La figura de Menotti era un lenguaje. El primero que se atrevió a hablar de belleza en este juego y quien tradujo en todos los idiomas los dos grandes libros de la historia: el Catenaccio de Helenio Herrera y el Fútbol total de Rinus Michels. A partir de sus conclusiones, el mundo entiende que de estas corrientes derivan casi todos los equipos. Entonces se fundan escuelas, los entrenadores empiezan a afiliarse y las opiniones se dividen. La selección mexicana, que durante décadas había sido una película muda, aprende a expresarse con Menotti. Eliminada en cuartos de su Mundial México 86 y descalificada por falsificación de documentos rumbo a Italia 90, llevaba siete años olvidada: ni vendía ni competía. Llega Menotti, le da su palabra y le cobra voz.

Aquella revolución deportiva vino acompañada por una nueva organización y un modelo de negocio que basaba su crecimiento en la licitación de los derechos de transmisión. Por primera vez en la historia, un partido de la selección sería transmitido por televisión restringida, México participaría en la Copa América y sus clubes serían aceptados en Libertadores. Pero aquel movimiento, todavía, es catalogado como un golpe de Estado. La selección fue expulsada del Azteca, Emilio Maurer encarcelado y Menotti obligado a dimitir. Sobrevivieron los jugadores. Una generación brillante criada en Pumas: Jorge Campos, Claudio Suárez, Ramírez Perales, García Aspe, David Patiño y Luis García, a la que se suman futbolistas de enorme talento como Ramón Ramírez, Zague, Ignacio Ambriz y Benjamín Galindo, todos dirigidos por Mejía Barón. La Selección del 93, que recupera el prestigio, sigue siendo la mejor que hemos visto. Esa revolución contenida por la televisión había dejado huella en la cancha.

A partir de la selección de Menotti, los Pumas de Mejía Barón y el Atlante de Lavolpe, México produce jugadores con gran clase pero, sobre todo, con enorme riqueza táctica y atlética. Se forma una cultura: balón dominado, salida controlada, presión adelantada, apertura al costado y acompañamiento entre líneas. Futbolistas ligeros, ágiles y dinámicos. Entre 1992 y 2006, podemos encontrar restos de esa antigua civilización que incluyen a las canteras de Atlas y Chivas. México jugaba al futbol, tenía personalidad. El fútbol europeo voltea a verlo.

A una selección los jugadores llegan formados; en ella debe descansar la sabiduría de los clubes. Todas las selecciones que marcaron una línea en el tiempo han tenido un equipo de referencia, cuando mucho dos. La Naranja Mecánica se formó con las piedras del Ajax, y la selección española con las del Barça. Ambos cuadros viven de lo que producen, viven de la tierra. Las bondades del crecimiento orgánico en un equipo de fútbol son muchas: los futbolistas se conocen desde niños y al llegar a la madurez, cuando los mundiales exigen que se comporten como adultos, ya llevan una vida jugando juntos. Las camadas, quintas o generaciones de futbolistas forman el estilo en cualquier equipo. Pero ese concepto sagrado y familiar que habita en las canteras se está derrumbando en México. A pesar del éxito de las selecciones infantiles, no podemos olvidar que los campeones mundiales Sub-17 son maltratados, despreciados y cuestionados por equipos y técnicos al regresar de su Mundial. El éxito juvenil mexicano a nivel selección es un fracaso a nivel de clubes. Entre la Sub-17 y la Sub-23 hay un tramo de seis años, los más importantes en la carrera de un futbolista, en los que México ha perdido espléndidas generaciones.

Al cumplir 23 años, un futbolista estelar en las cinco grandes Ligas: Premier, La Liga, Bundesliga, Serie A y Ligue 1, ha jugado un promedio de 114 partidos en cualquier competición. Para llegar a esta cifra tuvo que debutar por lo menos con 18. A esa edad, entre 18 y 19 años, el futbolista de estas ligas lleva como mínimo 18 partidos en Primera División. Es el caso de promesas como Luke Shaw del United, Calum Chambers del Arsenal, Gayá del Valencia, José María Giménez del Atlético, Adrien Rabiot del PSG, Origi del Lille, Januzaj del United o Max Meyer del Schalke. Al cumplir 20 años, la cifra promedio de partidos es 30. En este tramo destacan: Marquinhos del PSG, Laporte del Athletic Club, Kovacic del Inter, Emre Can del Liverpool, Lucas Ocampos del Marsella, Hakan Calhanoglu del Leverkusen, Moi Gómez del Villarreal, Sterling y Lazar Markovic del Liverpool, Deulofeu del Everton o Michael Frey del Lille. Al cumplir 21 años, la cifra promedio se incrementa hasta los 67 partidos, incluso pasando por dos equipos de las cinco grandes ligas como Juan Bernat del Bayern, Lucas Digne del PSG, Ben Davies del Tottenham, Varane de Real Madrid, Nastasic del City, Pogba de la Juve, Kondogbia del Mónaco, Draxler del Schalke, Chamberlain del Arsenal o Lukaku del Everton. Y entre 22 y 23, con más de 100 partidos promedio, ya hablamos de figuras: Courtois, Alaba, Carvajal, Veratti, Götze, Koke, Isco, Lucas Moura o Neymar, por ejemplo.

México ha sido campeón mundial Sub-17 dos veces, pero los únicos futbolistas de ambas generaciones que en algún momento cumplieron con estos criterios de élite son Giovani, nacido en la cantera del Barça, y Carlos Vela, criado como futbolista en Europa. Ninguno jugó en México: se salvaron de ser dirigidos por entrenadores pequeños. El juvenil mexicano tiene que escapar de la Liga MX. Ganar mundiales infantiles sólo sirve para ir al Ángel. Los éxitos de la Sub-17 son una gran mentira; sobre todo, una mentira para esos chavos.

Son muchas, y muy profundas, las razones que provocan el éxito o fracaso de un equipo. Pero las últimas semanas, ese pandemónium comercial que se forma cada cuatro años alrededor de la selección ha vuelto a personalizar todos sus complejos en el apodo de otro entrenador mexicano que aceptó cuatro puestos: mercadólogo, psicólogo, comunicólogo y técnico en fútbol.

Herrera es un personaje elegido por la televisión para dirigir el momento, no el cambio. A México le queda la tarea de patentar un estilo que sea reconocible en el futuro, como síntoma inequívoco de grandeza. Porque la diferencia en los mundiales no es de goles, ni de minutos, ni de quintos partidos: es de años. Buscamos soluciones en entrenadores milagrosos o directivos maravilla. Los hombres de fútbol, del buen fútbol, deben tener algo de espeleólogos, antropólogos y geólogos, estudiar la tierra y trabajarla. El fútbol, por más mercadotecnia que apliquemos, es un negocio sencillo, agrícola. El futuro de la selección nacional está en la tierra, la cantera: el origen de cualquier revolución.