¿Y a ti cómo te acosaron?

Las cifras son contundentes. INEGI nos recuerda que 63 de cada 100 mujeres dicen haber sufrido al menos un episodio de violencia, que 47 de 100 entre las mayores de 15 años han sido agredidas por su pareja y que 32% ha sufrido violencia sexual de algún tipo a manos de un hombre. El acoso, en México, es un hecho inapelable. Esta vez Tribuna Milenio no propone un debate. Lo que queremos es darle voces y rostros a esa realidad inadmisible. Un grupo de mujeres ha accedido valientemente a narrar a veces uno, a veces varios casos de acoso sufridos en carne propia. Nuestra gratitud a cada una, y nuestra invitación a ustedes, estimados lectores, a una lectura tan difícil como necesaria, y desde luego a ustedes, queridas lectoras, a sumar sus testimonios. Este espacio es suyo.

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    14. Elsa María

      La imposibilidad de olvidar

      Trabajadora del hogar.

Normalizar la violencia

Ana  Estrada

Editora.

El momento en el que te haces consciente de que formas parte de una estadística de violencia, un escalofrío te recorre la espalda.

La tristeza llena el estómago, luego se transforma en enojo, enojo hacia ti misma. Te culpas por haberlo permitido, por no oponerte; te culpas por no haber sido más fuerte. Por no gritar. Te repites sin cansarte que es tu culpa el que tu novio te reduzca. Tu culpa que te limite. Tu culpa que al final te amenace a ti y a tu familia. Por tu culpa, por tu culpa, por tu grande culpa.

"¿Cómo no pudiste verlo?", te recriminas. Ahora eres una de esas seis de cada 10 mujeres que han experimentado un acto de violencia.

Lucir normal es, sin duda, el "expertise" de esas personas. En mi caso, se incrustó en mi vida entera. Se ganó a mi mamá, que vivía en otra ciudad. Se ganó a mi papá, que es difícil de roer. Se ganó la confianza de mi hermana, de mis amigas, de mis primos y hasta de mis tíos. Me absorbió las horas y los amigos. El tiempo libre, las vacaciones y hasta las experiencias de universitaria lejos de casa se sentían culpables e incómodas por no responder un mensaje o una llamada al primer minuto. El miedo constante a hacerlo enojar.

Frente a mi terapeuta salen todos esos comentarios que tenía atascados en la mente y en la garganta: "No me gusta que otra persona te vea en pijama, mejor vístete" (¿cuándo la pijama se convirtió en sinónimo de desnudez?). Un inocente "¿Para qué te maquillas? Luces mejor sin rímel" (justo antes de una fiesta a la que me esmeré por lucir diferente). O cuando desdeñosamente respondió con un "¿En serio lo crees?" a un amigo en común que chuleaba mi nuevo corte de cabello (el comentario fue acompañado de una mirada que decía: "Ni creas que perdonaré que fueras a la estética sin mi permiso" –en esa ocasión pasó una semana para que volviéramos a la "normalidad").

Esos comentarios lapidaron la confianza en mí misma. Me fui haciendo chiquita. Enterré poco a poquito a la persona fuerte, libre y despreocupada que era y que mis papás me enseñaron a ser. Me enterré viva.

Los comentarios precedieron a las acciones: me aparté de mis amigos y mi familia. Me hizo sentir que solo podría recurrir a él.

Me convenció de tener relaciones sin protección. En ese entonces mi periodo era irregular, podían pasar meses sin rastro de sangrado y eso me gustaba, a excepción de una ocasión: pasaron los días, las semanas y hasta tres meses sin menstruar. Se lo comuniqué. "No pasa nada", dijo. Insistí de nuevo días después; me sentía asustada. Su respuesta fue la esperada... A medias: compró una prueba de embarazo que salió negativa, me acompañó al ginecólogo que confirmó el resultado y, al salir de consulta, me exigió el pago total de los gastos porque yo fui "una exagerada al no creerle a su ´no pasa nada´". Claro, fue muy amable: podía darle el dinero en cómodos abonos semanales.

Me sentí abandonada. Sin confianza para hablarlo con alguien, ni siquiera con mis amigas más íntimas. ¿Quién me creería si todos lo querían? Buen hijo, estudiante promedio, gran sonrisa, protector y amable, familia amorosa: ¿cómo me iba alguien a creer?

Cuando lo dejé preferí no enfrentar la realidad. No quería aceptar que eso que viví fue violencia. En el fondo lo sabía, pero asimilar el chantaje, la indiferencia, el maltrato y el miedo es atemorizante.

Incluso, algunos meses después de terminar la relación, llegué a temer por mi seguridad. Abiertamente dije a más de uno: si algo malo me pasa, lo culpo directamente a él.

Sentí, erróneamente, que eso podría protegerme. No era así.

Mi mamá y su esposo sugirieron levantar una denuncia. Me negué porque no quería "causar más problemas".

En algún momento me interceptó para hablar e incluso ahora, seis años después de separarnos, envía a su manera señales de que sigue ahí, rondando en la lejanía.

Las ocasiones en que lo vi tuve la suerte de ir acompañada de amigas que sabía que me cuidarían y siempre mantuve una postura serena. Creí que ante mi imperturbable actitud vería que él era el desquiciado, que él actuaba mal, que yo no lo había dañado.

Hasta el momento sigo creyendo que fue un error no levantar la voz.

La noche en que lo dejé solo atiné a decir que no podíamos estar juntos, que yo tenía otros planes, que quería viajar sola. No supe decir bien por qué no quería un acompañante.

Tuvo que pasar el tiempo para clarificar mis ideas, para entender que esos momentos de tristeza, de miedo y de comentarios pasivo-agresivos me cansaron.

Ahora sé que debí hablar. Debí defenderme.

Fue el momento en que el terapeuta dijo "Fuiste violentada" que el muro de "fortaleza" construido durante años se derrumbó.

Fuiste violentada: las palabras me quebraron.

El enojo salió.

La rabia contenida brotó.

Después de eso siguieron pesadillas en las que él me perseguía para lastimarme. Veía en mis sueños la cara que mostró conmigo cuando lo dejé, cuando me amenazaba, me seguía, me insultaba. Esa cara que solo yo conocía, que su familia, que sus amigos jamás pudieron o quisieron ver y que a mi familia y alarmó a mis amigos.

En cada pesadilla avanzaba un poco más: al inicio solo quería golpearme, la última vez me persiguió con unas tijeras para clavarlas en mi estómago. Pero siempre logré escapar. Las noches de insomnio pararon cuando, en el sueño, lo provocaba para que todos vieran al monstruo en que podía convertirse. Quería que me creyeran y, al menos en sueños, lo logré.

Lo triste es que, como ya se ha dicho infinidad de veces, minimizas las situaciones, normalizas la violencia. Cuando sales, prefieres ocultar la verdad y darle vuelta a la página. Solo de vez en cuando te asomas hacia atrás y dices: "¡Uff! ¡Vaya que era una mala relación!" Y sí, aprendes a no permitirlo de nadie más, pero no haces nada al respecto. Te consuelas diciéndote que todas las personas tienen a algún psycho boy/girl friend en sus vidas.

No, eso no es verdad.

No es normal que alguien te siga.

No es normal que te amenacen.

No es romántico que te celen.

No es normal vivir con miedo.

Ahora tengo la certeza de que jamás me permitiré soportar esas situaciones. Pero procuro que otras mujeres, y alguno que otro hombre que me ha relatado sus malas experiencias, tengan consciente que si alguien te infunde miedo, lo mejor es alejarte. ¿Cuesta trabajo? Sí, muchísimo, pero es necesario por ti misma o por ti mismo (sí, a los hombres también les sucede).

Tal vez "corrí con suerte" porque nunca me agredió físicamente. Tengo amigas a las que sus ex novios las golpearon e incluso una compañera de estudios fue violada por su entonces novio. Pero ¿por qué debe haber golpes para alejarte de una situación que te hiere y sobaja? ¿Y luego qué? ¿No me mandó al hospital entonces no fue grave? Jamás.

Lo triste: 47 de cada 100 mujeres de más de 15 años en México han tenido al menos una relación de pareja violenta. Cuando personalizo este dato se me escapa el aire: casi la mitad de las mexicanas podrían sentirse identificadas en mayor o menor grado con lo que acabo de relatar.

Lo horrible: entre 2013 y 2014 se estima que, en promedio, siete mujeres fueron asesinadas diariamente.

Lo bueno: nos estamos haciendo más fuertes. Levantamos más la voz y procuramos contagiar a más mujeres para que lo hagan. Hace tan solo unos días una amiga y su novio pelearon contra unos tipos que consideraron que mostrar el ombligo les daba el derecho de acosarla. Al día siguiente ella y otras tres chicas salieron a la calle mostrando su ombligo (sí, suena a situaciones de hace tres siglos, pero fue real).

Este tipo de acciones se están replicando en mayor o menor medida. Estamos tomando los espacios, exigimos respeto y "no nos dejamos más". Lo celebro y me uno, aprendo a defenderme y, debo decirlo, me siento orgullosa y poderosa.