¿Y a ti cómo te acosaron?

Las cifras son contundentes. INEGI nos recuerda que 63 de cada 100 mujeres dicen haber sufrido al menos un episodio de violencia, que 47 de 100 entre las mayores de 15 años han sido agredidas por su pareja y que 32% ha sufrido violencia sexual de algún tipo a manos de un hombre. El acoso, en México, es un hecho inapelable. Esta vez Tribuna Milenio no propone un debate. Lo que queremos es darle voces y rostros a esa realidad inadmisible. Un grupo de mujeres ha accedido valientemente a narrar a veces uno, a veces varios casos de acoso sufridos en carne propia. Nuestra gratitud a cada una, y nuestra invitación a ustedes, estimados lectores, a una lectura tan difícil como necesaria, y desde luego a ustedes, queridas lectoras, a sumar sus testimonios. Este espacio es suyo.

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    13. Ana Cecilia  Escobar Nieto

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      Editora de Tendencias en "Milenio Digital". ...
    14. Elsa María

      La imposibilidad de olvidar

      Trabajadora del hogar.

El Dragón

Claudia Amador

Editora de Al Frente de Grupo Milenio 

Para infortunio, padecí algunas variantes del acoso, desde los piropeos obscenos, las nalgadas, la metida de mano bajo la falda de escolapia (cuando se usaban los teléfonos públicos) y el roce de rodilla en algún pesero, hasta cuando me pidieron la mochada de la mitad del contenido de mi triste sobre quincenal, en una dependencia encargada de arbitrajes, como agradecimiento por obtener el empleo con un jefecillo de medio pelo y mirada lasciva.

A propósito de tal, hace días recordé algo que estaba escondido en mi memoria, y que a la distancia me causa mucha risa:

Comentaba la jornada del día cuando caí en el tema de las síntesis informativas que se hacen en las dependencias gubernamentales.

En ráfaga vinieron flashazos de cuando trabajé en "comunicación social" de una dirección del CNCA, ya varios, muchos años atrás.

Obligada ocupé, a la de sin susto, el lugar del que era mi jefe. Claro, en acuerdo con él. Inferirán después el motivo de su despido.

Entre titipuchal de cosas que hacía: boletines de prensa (que llegaron a reproducir íntegros en su sección cultural "Excélsior", "El Universal" y algún otro periódico, sin pudor), organización de mesas de discusión, difusión de eventos del museo, estaba elaborar un resumen de notas del día para el director. De ahora en más, El Dragón.

(Me reservo nombres de dirección y titular para evitar daños colaterales.)

Cuando me quedé sola en esa subdirección, comenzaron a llegarme los tufos de su fogoso aliento.

Joven y medio inocente, desjefada y chambeadora, le parecí presa fácil a quien ya era mi jefe directo.

Al principio El Dragón fue muy amable. Todos los días me mandaba llamar para que le entregara la síntesis en propia mano (cuando temprano la dejaba con una de sus asistentes). Me pedía que le contara cómo había sido mi mañana; preguntaba si necesitaba algo; comentaba cosas que le habían pasado a él... Ay, qué lindo, me dije.

Como al mes y medio, ¡que me invita "a comer o a cenar"! Avergonzada, dije que sí. Regresé a mi lugar, patidifusa. A los 15 minutos fui a su oficina y le puse un pretexto. Supongo, muy bobo (ya dije que era medio inocente).

Días después, una nueva "convocatoria". Esta vez para que asistiera a una reunión nacional en Morelos a la que acudirían solo directores de los centros de la dependencia en los estados. No pude negarme, era chamba. Me pregunté por qué me llevaba a mí, y no a una de sus tres "asesoras", muy muy jóvenes por cierto. Claro que tampoco tenían la edad como para ocupar esos puestazos. Las supuse poseedoras de un IQ sobresaliente. ¡Cuánta coincidencia, tres en un mismo lugar!

En Tepoztlán conocí algunas de sus extravagancias. Una noche, ya muy tarde, tocó insistentemente la puerta de mi habitación. Canijamente, llamé a la recepción para denunciar a un borrachito que quería entrar al cuarto. ¡Sopas! Fueron por él y casi lo echan del lugar. A lo largo del pasillo, él insistía en que era un huésped... No quedó libre hasta que el hotel corroboró su dicho. (Aquí un emoticón smile)

Ni él ni yo acusamos recibo.

Cuando regresamos al DF volvió a ofrecerme compartir el pan y la sal con él. Respondí presta: "Lo siento, señor Dragón, ese día tengo una cita para la degustación de la cena ¡de mi boda!" (obvia mentira).

No le importó: siguió y siguió una y otra vez durante año y medio. Se volvió más insistente, determinante... Y su molestia por mis negativas se notaban porque día con día, cuando nos encontrábamos, su cara se hacía larga y sus ojos se achicaban escudriñantes.

Los pretextos fueron variadísimos, creo que hasta le dije que se había metido un león a mi casa...

Tras constatar que sobreviví al felino, volvió a las andadas, pero ahora derechito y sin escalas: Claudia, quiero que cenes en mi casa de Coyoacán para que conozcas ¡¡¡mi refrigerador morado!!!

Ándale, pensé.

Me negué, harta, rotundamente: "No, Dragón, discúlpeme, no me gustan las cosas raras. Entienda de una vez que lo único que me puede interesar de usted es el empleo, que ni es suyo, sino del gobierno". Salí de su ecosistema con la sensación de triunfo.

Esas fueron mis últimas palabras y restantes dos horas en tan cultural dirección. No me fui: me fueron, de pilón.