¿Y a ti cómo te acosaron?

Las cifras son contundentes. INEGI nos recuerda que 63 de cada 100 mujeres dicen haber sufrido al menos un episodio de violencia, que 47 de 100 entre las mayores de 15 años han sido agredidas por su pareja y que 32% ha sufrido violencia sexual de algún tipo a manos de un hombre. El acoso, en México, es un hecho inapelable. Esta vez Tribuna Milenio no propone un debate. Lo que queremos es darle voces y rostros a esa realidad inadmisible. Un grupo de mujeres ha accedido valientemente a narrar a veces uno, a veces varios casos de acoso sufridos en carne propia. Nuestra gratitud a cada una, y nuestra invitación a ustedes, estimados lectores, a una lectura tan difícil como necesaria, y desde luego a ustedes, queridas lectoras, a sumar sus testimonios. Este espacio es suyo.

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      Editora de Tendencias en "Milenio Digital". ...
    14. Elsa María

      La imposibilidad de olvidar

      Trabajadora del hogar.

¿Acoso o galanteo?

Laura Barrera

Periodista y productora de radio y TV. Conduce “Noticias 22” e “Instinto animal”. 

Hace algún tiempo, antes de iniciar un programa de radio en el que trabajaba, llegó con cierta premura el operador de la estación. Mientras nos saludábamos y preparábamos los detalles de la trasmisión, noté en su rostro una sonrisa pícara. Al preguntarle qué le ocurría, el joven técnico dejó escapar una mirada aún más ladina mientras me narraba orgulloso el "acoso" del que fue objeto en el microbús: Una chica se le había estado "arrimando" –fue su expresión– durante todo el trayecto hacia el trabajo. No es que la muchacha fuese una belleza, me dijo, pero le hizo el día cuando, como cereza del pastel, dicho esto literalmente, le había dado una sonora nalgada mientras le cerró el ojo antes de descender del, seguramente caldeado, vehículo.

Este relato me ha hecho pensar en la distancia ineludible y acaso irreconciliable que hay entre la percepción masculina y la femenina. ¿Qué habría ocurrido si la persecución fuese a la inversa?, ¿cuál sería el relato de la chica del microbús si hubiese sido mi compañero de trabajo el perseguidor? No es difícil imaginar en qué condiciones emocionales habría llegado la mujer, en este caso la víctima, a su trabajo: ¿qué habría dicho de la situación que vivió a expensas, en este caso, del abusador, el victimario? No pretendo en este breve texto buscar razonamientos sicológicos, biológicos, culturales o incluso antropológicos para explicar esta diferencia de apreciaciones entre hombres y mujeres sobre lo que hoy conocemos como acoso. Dejo esas interpretaciones a los especialistas. Estoy convencida de que solo hay un punto de inflexión que rompe los límites de lo permisible: el mutuo acuerdo. Esa es, me parece, la frontera entre el coqueteo y el acoso sexual.

Parece sensato decir que mientras los involucrados estén conscientes de lo que ocurre y ejerciendo su discernimiento admitan situaciones de acercamiento, estamos ante algo aceptable, sin importar que esta situación ocurra en el transporte público o en la oficina. Al final de cuentas se trata de una conducta humana tan natural, que intentar imponer prohibiciones sobre ella sería una tarea condenada al fracaso. Milan Kundera dice en La insoportable levedad del ser que el coqueteo es una promesa sin garantía; el acoso sería entonces el intento de hacer valer una garantía en la que no media promesa alguna, aunque en la mente del acosador el portar una minifalda o el simple hecho de resultar atractiva a sus ojos constituya una promesa.

¿Dónde termina el galanteo y empieza el hostigamiento? Hay circunstancias más o menos claras, otras se atascan en terrenos tan farragosos como lo es la subjetividad. La línea que separa estas conductas –el coqueteo y el acoso– no es tan fácil de dilucidar en un entorno heredero de comportamientos machistas socialmente aceptados, una híper erotización retroalimentada por los medios de comunicación, y una situación generalizada de violencia e impunidad. Lo más grave es quizá nuestro adormecimiento ante ese estado de las cosas.

A partir de que se me pidió escribir este artículo he preguntado a varias mujeres si alguna vez han sido víctimas de acoso. La primera dificultad está en explicarnos qué entendemos por acoso. Una compañera del gimnasio, llamémosle Lorena, me compartió su experiencia: "Bueno, quizá sí, un vecino estuvo durante meses espiándome mientras hacía mis quehaceres, me dejaba recados subidos de tono en el auto y frente a la puerta de mi departamento". "¿Eso te gustaba?", le pregunté a Lorena: "Al principio pensé que era un juego, me molestó pero no le di importancia y nunca lo encaré, pero conforme fue elevándose el tono de los mensajes empecé a preocuparme, temía que pudiera intentar algo más, aunque nunca lo hizo. ¿Cuenta eso como acoso?"

Nuestro juicio está nublado y no nos permite detectar, a las propias mujeres, cuando alguien nos acosa, por ello no somos capaces de nombrarlo siquiera. Tras la narración de Lorena me pregunté si el vecino en cuestión se calificaría como acosador. Supongo que no. Quizá pensó que Lorena lo disfrutaba, tal vez se hacía la difícil y él estaba en su derecho de hacer su luchita. Como quizá tampoco lo piense un superior jerárquico que invita a salir a su empleada, o el familiar de edad o rango mayor o que detenta cierto poder respecto a mujeres de la familia, y ejerce ese dominio a su antojo con la venia o al menos el silencio del entorno laboral o familiar.

Desde luego, el acoso y sus variantes --el hostigamiento sexual-laboral, el bullying que ocurre en las escuelas y que con frecuencia tiene un componente sexual, o el que se da en las redes sociales denominado ciberacoso o grooming y que es perpetrado por los llamados stalkers– no solo suceden entre personas con distinta jerarquía, sino que el hostigador puede ser de igual o incluso de menor rango que la víctima, y además puede estar apoyado por un tercero o por un grupo involucrado en la situación de acoso. La teoría dice que en el acoso debe haber una intención de daño. De nuevo, a veces esa conducta es relativamente factible de detectar pero en muchas ocasiones el perpetrador, la propia víctima, y no se diga el entorno social, lo consideran un comportamiento normal. Una de las respuestas frecuentes que encontré en mi sondeo fue: "Bueno, es que así son los hombres". Tan lapidario, tan simple y tan doloroso como eso.

¿Que si yo he sido víctima de acoso? Podría responder con un tajante sí, y agregaría que en múltiples variantes; excepto la escolar, quizá todas las mencionadas en el párrafo anterior, en particular las relacionadas con mi trabajo como locutora de radio y conductora de programas de televisión, pues pareciera que la exposición pública es una provocación o un permiso: al final del día "a eso se exponen". Sin embargo, el papel de víctima no me va, me niego a colocarme en tal posición, y rechazo que las mujeres lo hagamos. Creo que más que victimizarnos habría que entender, identificar, señalar y nombrar las cosas lo más claramente que nos sea posible, pues con frecuencia las mujeres no reconocemos o somos indulgentes con ésta u otras formas de violencia, lo que, paradójicamente, nos hace cómplices de los propios abusadores. Ya sé que algunas lectoras me dirán que prefieren callar para no ser señaladas como provocadoras del ataque, porque nadie las escuchará, creerán que exageran o dirán que mienten para obtener algún beneficio. La existencia de foros abiertos como éste es la prueba de que el tema está en la agenda pública y ahí permanecerá mientras el silencio no se rompa.

Vuelve a mi mente la chica del microbús y la sonrisa satisfecha de mi compañero de la radio. Pienso, sí, que somos distintos, por las razones que ya los expertos han explicado y continuarán explicando en este u otros medios. Pero sin importar nuestras diferencias, o justamente por ellas, abramos espacio al diálogo y detectemos aquello que nos agrada; hablemos y actuemos con firmeza ante lo que nos resulte molesto u ofensivo, pero no permitamos que el temor nos quite la naturalidad. Coquetear es consustancial a la naturaleza masculina y femenina. Aceptarlo es parte de la alegría de vivir, y ambas conductas nos producen una sensación de autoestima; ello, sin embargo, no autoriza ni a hombres ni a mujeres a transgredir las formas del respeto, pues en este –el respeto– está la fuente para entendernos, para que actuemos, como lo sugerí al principio, de mutuo acuerdo. No otra es la razón de vivir en sociedad.