¿Y a ti cómo te acosaron?

Las cifras son contundentes. INEGI nos recuerda que 63 de cada 100 mujeres dicen haber sufrido al menos un episodio de violencia, que 47 de 100 entre las mayores de 15 años han sido agredidas por su pareja y que 32% ha sufrido violencia sexual de algún tipo a manos de un hombre. El acoso, en México, es un hecho inapelable. Esta vez Tribuna Milenio no propone un debate. Lo que queremos es darle voces y rostros a esa realidad inadmisible. Un grupo de mujeres ha accedido valientemente a narrar a veces uno, a veces varios casos de acoso sufridos en carne propia. Nuestra gratitud a cada una, y nuestra invitación a ustedes, estimados lectores, a una lectura tan difícil como necesaria, y desde luego a ustedes, queridas lectoras, a sumar sus testimonios. Este espacio es suyo.

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      Jefa delegacional en Miguel Hidalgo. 
    2. Angélica  Ferrer Campos

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    3. Antonieta Castro-Cosío

      La cultura del murmullo

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    4. Claudia Amador

      El Dragón

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      Corramos por nuestras vidas

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      Editora.
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      Periodista y productora de radio y TV. Conduce ...
    10. Azucena Uresti

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    11. Eufrosina Cruz Mendoza

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    12. Verónica Maza Bustamante

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    13. Ana Cecilia  Escobar Nieto

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    14. Elsa María

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      Trabajadora del hogar.

Testimonio de lo normal

Julieta  García González

Escritora.

La solicitud es que cuente una historia de acoso hacia las mujeres. Y una personal, además. Una que pueda servir de ejemplo y referente para que las que han empezado a caer, como agua de un surtidor, cobren más fuerza y el torrente lleve a un cambio. El problema es, ¿por dónde empezar? Cómo contar algo tan íntimo que es, a la vez, algo cotidiano en la vida de este país. Para narrar debo iniciar señalando una convicción: la de que hay dos tipos de acoso, con consecuencias distintas y diferentes grados de aceptación entre nosotros. Uno es el aleatorio, el que parece casualidad o broma, el que hace esquina con el descuido y que se disfraza de juego: ése tiene la anuencia general. El otro es más planeado o más brutal, tajante; carece de ambivalencias o posibilidades de lectura. En consecuencia, es reprobado. Los dos proceden, como todos los abusos, de quien detenta el poder o tiene una estatura superior en la sociedad, un mayor reconocimiento. De ahí mi reticencia, como la de tantas, a relatar algún episodio de humillación: nuestras palabras pueden ser usadas para obligarnos a bajar aún otro escalón.

Digamos que no soy muy distinta a la mayoría y que sí, me ha pasado. La primera vez sigue clarísima en mi memoria, tal vez porque sucedió en la infancia y las cosas de los primeros años permanecen grabadas con ferocidad en nuestros cerebros. ¿Qué puede hacer una niña de siete ante muchachos preparatorianos? Poner buena cara, salvar el pellejo, nada más. Y sí, también eran conocidos míos, de la familia, vecinos: así sucede en innumerables casos. ¿Supe entonces de qué se trataba?, ¿pude entenderlo? Claro que no. Pude superarlo y relegarlo, como un obstáculo más de esos que los niños vencen en la edad escolar, algo que podía entrar al cajón de las matemáticas, de la mano con la incomodidad de ser alta.

Las veces subsecuentes, ya en la adolescencia, son más difíciles de apresar con detalle, sobre todo porque están guardadas en ese espacio extraño y oscuro del cerebro donde se conservan los años de transición, cuando todo son hormonas y se siente la insatisfacción de no estar ni en un lado ni en otro y la crisálida tarda en romperse.

Los primeros recuentos:

Sentada en una banca en San Ángel, leyendo un libro, escucho y siento el motor de un coche que se para frente a mí. Su conductor me pide una dirección que conozco y empiezo a dar. El coche se bambolea, el hombre me mira jadeante, con una sonrisa ladeada. O en el metro, camino a la universidad. Siento algo que roza mi mochila. Odiaría que robaran mi libreta, llevo conmigo la cartera. Bajo la mano por detrás de la espalda para atrapar al ladrón in fraganti y su sorpresa y la mía nos hacen mirarnos a los ojos, aterrados: no robaba, no era su mano. En la confusión huimos uno del otro, del momento insoportable, degradante y triste.

Luego un amante casual o dos. ¿Basta decir que no una vez? ¿Cuál es el mínimo necesario? Y es cierto: antes había dicho que sí con felices resultados. Sólo que ahora no. Para ellos, la casualidad que nos unía implicaba un sí permanente, si no éramos novios, qué caray. Si yo era tan liberal, ¿por qué me ponía princesa de pronto?

Y después, en mi primer trabajo serio: cortesía de un jefesucho, un patroncillo que necesitaba reafirmarse quizás porque le sacaba una cabeza completa o porque él sabía que yo no estaba hecha para quedarme en ese escritorio el resto de mis días. Le parecían simpáticas las amenazas de violación o hablar de distintas partes de mi cuerpo antes de las juntas de trabajo. Le divertía obligarme a entrar a su oficina para conferenciar –ahí me contaba intimidades abrumadoras, sexistas, violentas. A él sí le puse un alto, con volumen y sin miedo. De ese alto, se vengaría más tarde.

Luego, un breve secuestro. ¿El centro de la amenaza? Violarme. Meterme la pistola, primero. Si no me gustaba sentirla en la boca, ¿me gustaría más allá? Debía tener la certeza, me decían dos tipos armados, de que íbamos seguidos por otro coche donde venían más hombres que harían conmigo lo que les diera la gana. El fraseo era notable: mi cuerpo, tratado como si fuera una parrillada, carnitas dispuestas y sabrosas, para disfrutar sin culpas, acompañadas de una cerveza.

En distintos momentos, antes o después, algún novio impositivo, un pariente lejano, un amigo borracho, desconocidos en la calle o el transporte, superiores en el empleo, funcionarios reputados… Podría seguir con una letanía en la que mi género, mi cuerpo (todo o en partes), mis deseos, mis posibilidades como mujer han sido tomados como un pretexto para el acoso y el abuso. A veces he respondido de manera violenta o tajante, pero casi siempre con miedo: purito miedo, tristeza, desesperanza. Supongo que porque algo en mí lo asume como el estándar o porque se entiende como halagüeño; supongo que porque en este país nos hemos acostumbrado a que lo normal es lo que duele, lo que merma, lo que lastima, separa y envilece. Que quede como testimonio este recuento.