¿Y a ti cómo te acosaron?

Las cifras son contundentes. INEGI nos recuerda que 63 de cada 100 mujeres dicen haber sufrido al menos un episodio de violencia, que 47 de 100 entre las mayores de 15 años han sido agredidas por su pareja y que 32% ha sufrido violencia sexual de algún tipo a manos de un hombre. El acoso, en México, es un hecho inapelable. Esta vez Tribuna Milenio no propone un debate. Lo que queremos es darle voces y rostros a esa realidad inadmisible. Un grupo de mujeres ha accedido valientemente a narrar a veces uno, a veces varios casos de acoso sufridos en carne propia. Nuestra gratitud a cada una, y nuestra invitación a ustedes, estimados lectores, a una lectura tan difícil como necesaria, y desde luego a ustedes, queridas lectoras, a sumar sus testimonios. Este espacio es suyo.

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Si no te vistieras así…

Ana Cecilia  Escobar Nieto

Editora de Tendencias en "Milenio Digital". Autora del blog "Antes bella que sencilla".

Una vez me tocaron un seno cuando iba bajando del metro. Una vez un compañero de oficina me dijo que no hacía bien mi trabajo porque era "demasiado sexy". Una vez un estilista se aventó sobre mi silla y me forzó a besarlo. Una vez un hombre me siguió a bordo de su auto por cuadras y cuadras para que me fuera con él a "pasear, mamita". Una vez un taxista me propuso que me sentara en el asiento delantero en lugar de cobrarme. Y una vez un hombre que quise me dijo que si no me vistiera "tan provocativa" no me habrían tocado cuando me asaltaron.

Hubo un tiempo en el que trabajaba muy lejos de mi casa. Todos los días cruzaba la ciudad en transporte público, desde la salida a Cuernavaca hasta Santa Fe. Pronto aprendí en qué zonas debía ser más cuidadosa, como el metro Tacubaya o la parada de camión en Vasco de Quiroga. Quizá por eso no estaba tan alerta un día que de regreso me dieron un aventón a la estación de Metrobus de Perisur.

Me bajé del auto, caminé tres pasos sobre la lateral y sentí a alguien atrás. Me alcanzó, su mano rodeó mi boca y me habló al oído: "No la armes de pedo, cállate". Llegaron tres más, uno pegó a mi espalda lo que parecía una pistola. Me acorralaron contra la pared. Pasaban muchos coches, pero ninguno se detuvo. Abrieron mi bolsa y sacaron mi celular. Dijeron que les diera dinero, contesté que solo traía monedas y un libro. Era cierto. Se enojaron. Se cobraron tocando mi cintura, entre mis piernas y mi pecho. Cuando acabaron se rieron, vaciaron mi bolsa, aventaron mis cosas.

Me dieron un par de golpes en la cara para que dejara de temblar. "Ni te pasó nada", me decían. Me soltaron, tomé la bolsa del piso y corrí como nunca siguiendo las instrucciones de "Vete derechito o te pego un balazo".

Saqué una tarjeta de teléfono público y llamé a mi casa. Mi mamá me dijo que tomara un taxi, pero me daba miedo. Regresé al Metrobus; fui todo el camino parada, abrazada a mi bolsa, aguantándome las lágrimas.

No recuerdo mucho de lo que pasó después. Llegué caminando y me tiré a dormir.

Unas semanas después, en la misma ruta de regreso a casa, me encontré en el metro a un chico con el que había salido un par de veces. Me gustaba, pensaba que me tenía cariño. Le conté lo que me había pasado. Me escuchó con la mirada perdida en las ventanas.

Cuando llegó a su estación, antes de bajarse me dijo: "Igual si no te vistieras así, no te hubiera pasado nada."