¿Y a ti cómo te acosaron?

Las cifras son contundentes. INEGI nos recuerda que 63 de cada 100 mujeres dicen haber sufrido al menos un episodio de violencia, que 47 de 100 entre las mayores de 15 años han sido agredidas por su pareja y que 32% ha sufrido violencia sexual de algún tipo a manos de un hombre. El acoso, en México, es un hecho inapelable. Esta vez Tribuna Milenio no propone un debate. Lo que queremos es darle voces y rostros a esa realidad inadmisible. Un grupo de mujeres ha accedido valientemente a narrar a veces uno, a veces varios casos de acoso sufridos en carne propia. Nuestra gratitud a cada una, y nuestra invitación a ustedes, estimados lectores, a una lectura tan difícil como necesaria, y desde luego a ustedes, queridas lectoras, a sumar sus testimonios. Este espacio es suyo.

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El acoso oculto

Verónica Maza Bustamante

Periodista, orientadora sexual, escritora.

Todo comienza cuando tienes 13 años y, caminando rumbo a tu casa a la salida de la escuela, un hombre te dice algo que hace que se te tiñan las mejillas de colorado y corras porque su rostro te parece tan amenazante como sus obscenas palabras (que 30 años después repetirás una a una a tus amigos cuando te dicen que no hay que exagerar si te “piropean” en la calle y uno de ellos, tan abochornado como tú entonces, confesará: “Me acabo de sentir violado”). Llegando a tu casa, no le cuentas a nadie. Ni siquiera comprendes todas las palabras que te dijo, pero los gestos que las acompañaron te dieron una idea de lo que significan. Aunque no se te va a olvidar jamás, lo asumes pronto: es algo que se repetirá a lo largo de tu vida porque eres mujer, y eso le pasa a las mujeres.

Sin embargo, la primera vez que un novio te sacude por los hombros estando borracho y te grita, tú reaccionas de inmediato y con energía, dándole un puñetazo en la nariz. A pesar de su tamaño cae al suelo de un sentón y te mira sin comprender qué pasó. “Jamás me vuelvas a tocar”, le dices mientras sales de su casa enfurecida un tanto por lo que te hizo, otro por lo que te obligó a hacerle y un poco por lo que quizá te pudo haber hecho. Decides que nunca más te relacionarás con un hombre que tenga carácter violento, aunque sabes que es difícil ubicar si alguien lo es al inicio de una relación.

Porque, además, hay violencia que se pone una máscara llamada “demostración de amor”, como la de aquel ex obsesionado contigo tras su ruptura, que te sigue a donde vas, espía a lo lejos por tu ventana y te deja mensajes “apasionados” en los que te dice lo que has hecho los últimos días y con quién has estado, hasta que una tarde le gritas en la calle que eso es acoso, no amor.

Después, llegas a esa noche en la que, arriba de un taxi, sufres un secuestro exprés y el asaltante quiere “buscar dinero” en los bolsillos de tu blusa, ubicados a la altura de tus senos, y tú le dices que lo harás por él, volteando en un santiamén la tela para que vea que no hay nada, pero después no te salvas de tener que darle un beso en los labios al bajarte de la unidad con los ojos cerrados. Tras contar hasta diez los abres y crees que te fue bien, aunque tengas que limpiarte su saliva ya mezclada con tus lágrimas.

Y ese ginecólogo que visitas por primera vez para hacerte el papanicolaou y te lo hace sin que esté presente una enfermera o asistente pero sí una sonrisa libidinosa en sus labios. Que al tomarte la muestra, te dice con expresión escabrosa: “Me gustaría quedarme aquí toda la vida”, y tú no entenderás a qué se refiere hasta que señala que le pareces muy guapa. Perturbada, sorprendida, sales de ahí y prefieres hacerte el examen en otro lugar antes que llamarle de nuevo al “médico”.

O cuando, a punto de bajarte de un camión demasiado lleno, sientes cómo una mano se mete por debajo de tu falda y un dedo empuja sobre tu calzón hasta sumergirse en la profundidad de tu vagina. Bajas a tropezones, casi cayendo por el empujón y el desagrado, avergonzada por algo que tú no has hecho ni provocado. Pero que te cobras esa otra ocasión en que, en el Metro, un fulano te agarra una nalga y tú aferras su mano. Tus uñas largas se clavan en su piel hasta que sientes cómo escurre la sangre por tus dedos y, sin decir ni una palabra durante todo el proceso, te cambias de lugar (pero más tarde te ubica; al bajar del vagón se acerca, te da un pisotón que te deja el empeine morado). Y así, la lista podría seguir y seguir.

Pero cuando te invitan a escribir una historia personal de acoso, lo primero que piensas es que, por suerte, a ti nunca te ha pasado. Porque –lo entiendes ahora– hay acosos disfrazados de actos comunes, violencia que pasamos por alto, abuso oculto, y de esos las mujeres nos tenemos que cuidar tanto como de aquellos que te dejan marcas visibles en la piel.