¿Vivir mata?

Nos tocó un mundo raro, tanto que la mariguana tiene mejor prensa que las salchichas y las hamburguesas y la quinoa es más cara que el foie. Lo que es un hecho es que la salud, lo que hacemos con nuestros cuerpos, es cada vez más un tema de primeras planas, capaz de competir con la violencia, las catástrofes naturales o la economía. Sí: nos obsesiona, la debatimos, nos angustia, nos enfrentamos por ella, como si buscáramos la fórmula para una vida cien por ciento libre de impurezas, olvidando, tal vez, que existir es enfermar, que somos intrínsecamente defectuosos. Que vivir mata.

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La dignidad del suicidio

Alonso Ruvalcaba

Poeta, crítico gastronómico y restaurantero. Le debemos Bretón.

Para este texto alcanzo a ver dos posibilidades: la primera es escribirlo razonablemente; la segunda, escribirlo desde la desesperación.

Razonablemente, el anuncio de la OMS puede leerse así: el consumo de carne roja –en su clasificación: "todos los tipos de carne muscular de mamíferos, tales como la carne de res, ternera, cerdo, cordero, caballo o cabra"– es "probablemente cancerígeno" para el ser humano, mientras que "hay pruebas suficientes" de que el consumo de carne procesada –es decir: "que se ha transformado a través de la salazón, el curado, la fermentación, el ahumado u otros procesos para mejorar su sabor o su conservación", como salchicha, jamón, tocino o tasajo– puede causar cáncer. El riesgo de cáncer colorrectal es pequeño, pero aumenta si se consumen carnes procesadas. Razonablemente, nos recuerdan también que la carne roja "tiene un valor nutricional". Es un llamado al equilibrio: a ponderar los riesgos contra los beneficios.

Razonablemente, habría que recordarnos que producir carne implica un brutal gasto de recursos de este pobre planeta a punto de la ruina. No hay que ir muy lejos para hacerse de datos. Un wikipediazo cualquieramostrará que producir una tonelada de carne de res requiere, en promedio, 16,726 metros cúbicos de agua –pero una tonelada de maíz sólo 1020 metros cúbicos–; que trae consecuencias como la erosión del suelo, la deforestación, la contaminación de agua. Tampoco hay que ir muy lejos para comprender que algo profundamente erróneo, un "mal", nos lleva a matar animales. ¿No es eso lo que comprendimos el año pasado con el asesinato del elefante Satao o este año con el del león Cecil? ¿Qué diferencia a una vaca individual, a un cerdo cualquiera, de esos animales?

Desde la desesperación me digo entonces: ¿no hay algo también "profundamente erróneo" en seguir vivos? "El hombre es el hombre del hombre", leí hace unos días. Y del lobo también. ¿Qué carajos nos tiene tan satisfechos que queremos extendernos más y más días sobre el mundo? Un bebé que nazca hoy en Monterrey vivirá, acaso, 120 años. ¿No encuentran ustedes problemática esa longevidad? Extender la vida humana ¿no es atentar contra el mundo, no es perpetuar un "error" de la evolución, el error que nos dio conciencia y nos separó de los otros animales? Miles y miles de años de programación nos dicen: es mejor ser que no ser, pero, como anota Thomas Ligotti en "A Conspiracy Against the Human Race" (libro que todos deberíamos estar leyendo en este momento), "Ningún filósofo ha contestado satisfactoriamente esta pregunta: ¿Por qué tendría que haber algo en vez de nada?" No hay ninguna razón para seguir. Y el mundo nos está pidiendo a gritos y zarpazos no seguir.

Entonces pienso, desde una irresponsable desesperación: ¿no sería un acto profundamente humano el optar por el suicidio asistido del tocino y el rib eye? ¿No sería un decir por fin: "Está bien, ya nos vamos"? Vivir mata, evidentemente. ¿No sería un último acto de humanidad, es decir de soberbia, gritar: ya nos vamos, pero con un puño en alto y metástasis en el recto? Según algunos, cocinar (o rostizar, más bien: acercar pedazos de carne al fuego) nos hizo humanos. ¿No sería un acto de justicia que cocinar, ahumar, salar, fermentar trozos de carne nos lleve a la destrucción? Nuestro deber es ver que se haga esa elegante justicia.