¿Vivir mata?

Nos tocó un mundo raro, tanto que la mariguana tiene mejor prensa que las salchichas y las hamburguesas y la quinoa es más cara que el foie. Lo que es un hecho es que la salud, lo que hacemos con nuestros cuerpos, es cada vez más un tema de primeras planas, capaz de competir con la violencia, las catástrofes naturales o la economía. Sí: nos obsesiona, la debatimos, nos angustia, nos enfrentamos por ella, como si buscáramos la fórmula para una vida cien por ciento libre de impurezas, olvidando, tal vez, que existir es enfermar, que somos intrínsecamente defectuosos. Que vivir mata.

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Killing yourself to live

Carlos Velázquez

Escritor: La marrana negra de la literatura rosa y El karma de vivir en el norte.

La profecía vaticinada por Terminator 2 no se cumplió. En el futuro no gobernarán las máquinas. Reinarán los adeptos a los productos orgánicos. La industria trasmuta: jabones, tés, alimentos, cervezas, velas, etc., son elaborados según el estándar de lo no tóxico. A precios corrosivos por cierto. Inalcanzables para las clases bajas. Una cruzada en contra de la existencia nociva. ¿Moda o toma de conciencia? Dicha concepción, alimentada por otras paranoias hippies, está modificando estilos de vida. La población, el sector con poder adquisitivo, renuncia a consumir productos que se presume acortan la vida. Convertimos a Pancho Pantera, al Tigre Toño y al Osito Bimbo en nuestros enemigos. Pero la tendencia va más allá: el autocultivo gana terreno. De verduras, de legumbres. Incluso de mariguana.

La reciente advertencia de la Organización Mundial de la Salud, de que consumir carnes rojas y procesadas aumenta el riesgo de sufrir cáncer de colon en un 18%, ha escandalizado a la población. Este anuncio ha sido la delicia de los veganos. Por fin alguien les otorga razón. Pero todo vegetariano antes fue consumidor de carne. Rehabilitado, consagra su vida a tratar de convencernos de que la carne es el diablo. Lo mismo ocurre con los alcohólicos regenerados. Los carnívoros se van a moderar. Del 18% van a intentar disminuir el riesgo a un 16%. No faltarán los histéricos que renuncien por completo a la carne, temporalmente. Un estudio reciente reveló que uno de cada tres vegetarianos comían carne estando borrachos. La batalla nunca se pierde.

La diabetes infantil, la hipertensión, la gota, el colesterol, los triglicéridos, el cáncer de piel, los huracanes, el calentamiento global, el choque de un meteorito con la tierra, etc., han creado alrededor de nosotros un clima de neurosis. Existe una obsesión por vivir sanamente. Antes no nos importaba cuántas cucharadas de azúcar contenía la bebida que nos administrábamos. Ni el gluten. Ni estudios para rankear cuál es la mejor agua embotellada del mercado. Entre las nuevas generaciones el desodorante orgánico causa furor. Pero es un fraude. Resulta lo mismo si lo usan o no. No neutraliza ningún olor y mucho menos la sudoración. Pero resulta preferible a embarrarte las axilas de químicos. E ir apestoso por el mundo.

Sacrificamos mucho por una vida sana. Hasta en el deporte hay tabús. En el gimnasio no te permiten correr porque se te desgastan las rodillas. La popularidad de la yoga va en aumento. Lo que no te mata te hace menos hipster. La incógnita es: ¿será útil tanta precaución? ¿Tanto miramiento? ¿Vivir sin lo que a uno le proporciona placer es vida? Sin carne, sin alcohol, sin tabaco sabrá la existencia la cantidad de "americans psychos" que está incubando. Necesitamos una fuga. Y también el sibaritismo. Y escapar del aburrimiento. Pero a los ojos de la sociedad los consumidores de carne somos vistos como unos apestados. Como unos animales incapaces de contenernos. De comportarnos en público.

La civilización se inauguró con el consumo de carne y el asesinato. Ambos nos dotaron de inteligencia. Killing yourself to live, dice una canción de Black Sabbath. Así que clap your hams. Nos matamos para vivir. Carnívoros o veganos. Deportistas o sedentarios. Todo mata. Absolutamente todo. A la industria la están matando los productos orgánicos. A mí no me aguarda el infarto, ni el cáncer de hígado. Yo voy a morir de leucemia causada por el plomo de los soldaditos de plástico con los que jugaba en mi infancia.