¿Vivir mata?

Nos tocó un mundo raro, tanto que la mariguana tiene mejor prensa que las salchichas y las hamburguesas y la quinoa es más cara que el foie. Lo que es un hecho es que la salud, lo que hacemos con nuestros cuerpos, es cada vez más un tema de primeras planas, capaz de competir con la violencia, las catástrofes naturales o la economía. Sí: nos obsesiona, la debatimos, nos angustia, nos enfrentamos por ella, como si buscáramos la fórmula para una vida cien por ciento libre de impurezas, olvidando, tal vez, que existir es enfermar, que somos intrínsecamente defectuosos. Que vivir mata.

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Comer mata

Benito Taibo

Escritor ("Persona normal", "Cómplices"), conductor de TV ("La historia se sienta a la mesa") y de radio ("Primer Movimiento").

Nunca me he visto a mí mismo como un idealista trágico. Esos que, llevando sus convicciones como una bandera singular al límite, son capaces incluso de ofrendar la vida por la causa que consideran justa.

Más bien, soy un cobardón que ama la vida y que piensa que su trinchera está donde estén las palabras y en la forja de comunidad alrededor de su embrujo.

Y sin embargo, las circunstancias actuales me están empujando, igual que hacia un barranco, a la posibilidad de que acabe siendo ese idealista trágico que no quiero ser.

Me explico.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de anunciar que los embutidos tienen un contenido cancerígeno letal; casi equivalente a chupar durante días una pila de plutonio.

Ya me habían prevenido, macabramente, contra el azúcar, el alcohol, el tabaco, el colesterol de los huevos, la radicación que emiten ciertos pescados (que deberían ser fosforescentes), los triglicéridos que campean alegremente en carnes rojas, el ácido úrico provocado por camarones y mariscos en general.

Sí toman en cuenta que han aparecido por millares aquellos que son intolerantes a la lactosa (adiós quesos y malteadas) o al gluten (fue un placer, panes y pasteles), resulta que yo corro el riesgo, por mi llamado "estilo de vida", de sumarme a sus filas.

Todo ello acrecentado por la campaña de los camaradas veganos que apela a la piedad para con pavos, cerdos, vacas, gallinas y hasta cocodrilos, y que resulta en que no debería comer nada o casi nada.

Bueno, no han descubierto todavía el mal que seguramente se esconde en frutas y verduras. Pero, con la pena, me rehúso a comer tan sólo lo que yo llamo la comida de la comida.

Vengo del siglo pasado, y estas cosas no pasaban. Y si pasaban no sonaban tan apocalípticas como hoy suenan, a todo volumen, advirtiéndonos que vivir te acabará matando.

Y no quiero, por ningún motivo, despertar todas las mañanas para ver los nuevos informes de la OMS que señalarán, sin duda, nuevos y más poderosos venenos escondidos en lo que comemos todos los días.

Es más. No quiero dejar un cadáver saludable. Quiero dejar uno todo jodido, repleto de triglicéridos y ácidos úricos que den cuenta de lo maravillosamente bien que me lo pasé en esta vida.

A principios de los años 70, en la esquina de la que era mi casa en la calle de Culiacán y Baja California, en la Roma Sur, había un Burger Boy.

Y cada vez que mi madre tenía la mesa llena, nos mandaba, a Carlos mi hermano y a mí, a echarnos una Brontodoble o una Dinotriple. Y nos íbamos felices a pesar de que sabíamos que en nuestro hogar se comía espectacularmente.

Será que el paso de los años hace que los recuerdos tiendan a glorificar la realidad, y los sabores, los olores e incluso las texturas de aquello que se fue, sean mucho más amables y poderosos de lo que en realidad eran.

Recuerdo con verdadero júbilo el sabor de esas hamburguesas; pero tal vez lo que recuerde es el hecho de que Carlos y yo, solos en una mesa de ese sitio, nos sentíamos adultos y pagábamos con dinero que, a pesar de no haber ganado, salía de nuestros bolsillos.

El Burger, pues, era una fiesta. Sí, igual que para Hemingway lo era París; así de fácil.

El lugar es y será siempre parte de nuestro imaginario gozoso.

Allí, por ejemplo, besé por primera vez (en serio) a una muchacha. Así que el sabor de los besos y de las hamburguesas que servían, están mezclados indisolublemente en mi memoria.

Todo esto viene a cuento porque me acabo de enterar de que regresa el Burger Boy. Estoy seguro de que me llevaré una decepción.

Estoy completamente seguro.

Cada vez que el pasado regresa, viene con defectos de fábrica inadmisibles. Comí, por ejemplo, un Gansito hace poco, después de más de 20 años, y se parece tanto al que añoraba como un pulpo a una motocicleta, y hoy mismo seguramente será considerado por la OMS como poco menos que un arma mortal.

Y sin embargo, tendré que ir al Burger, y le pediré a Imelda que me acompañe para besarla en alguna de sus mesas.

Sólo por recordar lo feliz que he sido tantas veces.

Porque resulta que en mi caso, por lo menos, la comida está permanentemente asociada a mi educación sentimental. Y esas tortas de queso de puerco del Cine Gloria no contenían tan sólo una embarrada de frijoles y un par de rajas de chile verde; estaban llenas de gloriosos sueños donde Tarzán, encarnado por Johnny Weissmuller (héroe mítico y cercano a pesar de ser casi vegetariano), gritaba a voz en cuello desde la pantalla para advertirnos que la libertad era alcanzable y que se encontraba a tan sólo un par de lianas de distancia.

Hoy, esas tortas han desaparecido, pero no su recuerdo. Se han desvanecido con el paso del tiempo tantas cosas que en su momento eran absolutamente gratificantes, que ni siquiera me pondré a pensar en ellas; vienen solas de tarde en tarde para advertirme que no debo olvidarlas. Y me congratulo de saber que todos los días encuentro nuevos motivos para el asombro y la sorpresa.

He sobrevivido al agua reciclada que bebí cientos de veces de las mangueras con las que regaban el Parque México, los tacos de canasta bicicleteros envueltos en misterioso plástico azul, los huevos duros del estadio de futbol, los refrescos de insólito color rojo radiactivo, las quesadillas azules hechas en una esquina y llenas de sabor y polvo a partes iguales, a las paletas de grosella sin grosella del carrito de la esquina, las jícamas llenas de chile piquín y que eran lavadas con aguas misteriosas salidas de un balde blanco que alguna vez alojó pintura acrílica, entre cientos de alimentos más que me han hecho ser quien soy. Y que, hasta ahora, no me han matado.

Si, como dicen, somos lo que comemos, yo bien podría estar retratado gloriosamente en el bestiario fantástico de Borges llamado "Manual de zoología fantástica". Y en el pie de grabado, como una suerte de contundente epitafio, diría en sólidos caracteres: A mucha honra...

No dejaré de comer huevos fritos, panes rebosantes de mantequilla, camarones, carnes rojas o blancas, quesos, tacos de carnitas de El Abanico, jamones serranos, chorizos, salchichas, salamis ni cualquier otro embutido conocido o por conocer, manque a la larga me maten.

Sobre todo, en un país donde puedes morir en cualquier momento al salir de tu casa atropellado por un microbús, o rafagueado en medio de un enfrentamiento entre bandas rivales.

Si la ciencia encontró el mal, ahora le toca encontrar el remedio. No importa si algunos, como yo, devenimos en el camino en idealistas trágicos por negarnos a dejar de comer lo que nos gusta y lo que se nos antoja, haya o no advertencias de por medio.

En cuanto abran el Burger Boy estaré en la cola, para confirmar que estoy hecho de recuerdos y de comidas y para decir en la voz más alta que pueda, mientras le doy el mordisco a la Dinotriple que ya estoy viendo ahora mismo: ¡Jódete OMS!