¿Todos somos corruptos?

El presidente Peña Nieto se remitió a la Biblia para hablar de la corrupción: nos invitó a tirar la primera piedra. No fue su primera reflexión en torno a estos menesteres: recordarán lo de que la corrupción es "cultural". ¿Lo es? ¿Qué significa "cultural"? ¿Significa que la corrupción es inevitable, que es omnipresente? ¿Que ninguno de nosotros, los mexicanos, tiene realmente derecho a la indignación, puesto que ninguno de es libre de pecado? Entonces, ¿todos los pecados son igual de graves, desde el tuyo del domingo cuando compraste un boleto en reventa hasta los de Padrés o Duarte?

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El ejemplo de las palancas

David Arellano Gault

Director de la División de Administración Pública del CIDE.

Reducir la corrupción en México implicará comenzar a comprenderla mejor. Somos una sociedad que poco ha reflexionado sobre la corrupción en realidad. El miedo a definirla como un fenómeno cultural es un buen ejemplo. Al final de cuentas la corrupción es un concepto paraguas, un concepto que puede abarcar todo o casi todo. Y, por tanto, convertirse en poco útil. La clásica definición del uso indebido de recursos colectivos por parte de una o varias personas a las que se les ha confiado un determinado poder por ese colectivo, lo puede decir todo. Pero también puede decirnos muy poco en términos prácticos. Dos claves son inmediatas. Primero, definir lo "indebido". Y segundo, definir la diferencia entre lo colectivo (o lo público) y el uso individual o privado. Toda sociedad sabe que lo indebido es algo malo. El problema está en establecer la frontera para socialmente, sin ambigüedades, definir que algo es indebido porque violó la lógica de lo "público".

En México, un excelente ejemplo de la ambigüedad que sufrimos para definir la corrupción es el de "las palancas". Las palancas, esas relaciones y contactos que usamos para lograr un sinnúmero de cosas, desde facilitar trámites hasta cerrar negocios. Tener palancas se sigue considerando una habilidad en México. Alguien que tiene palancas es alguien inteligente, bien conectado, con carácter para lograr lo que desea, por encima de trabas burocráticas o rigideces destinadas para los que no tienen palancas. Tener palancas habla de tener relaciones, y obtener y mantener relaciones es una habilidad, una inteligencia. Además, es un acto social, enormemente social: hay que alimentar a las palancas, hay que conocer el protocolo, hay que ser educado y seguir las reglas de urbanidad no escritas para usarlas efectivamente. No hay nada más "grosero" que usar descaradamente una palanca de manera utilitaria: una palanca implica una relación, un vínculo entre el que busca y consigue la palanca y el que acepta servir de palanca.

Usar palancas, entonces, ¿es indebido? ¿Es un acto corrupto o que puede generar actos corruptos? Es evidente que la respuesta es situacional: no toda palanca es corrupción, ni genera actos corruptos necesariamente. Pero la propia necesidad social de la palanca puede ser la base de un sistema de corrupción bien aceitado.

Las palancas como práctica social y cultural hablan de una sociedad que todavía no negocia con claridad la frontera que desea sostener entre lo público y privado. Mientras las autoridades (de todo tipo) sean parciales, sean utilizadas de manera privada en beneficio de los poseedores de dicha autoridad, las palancas serán una indispensable estrategia para los que desean obtener un trámite, un servicio, un permiso o un negocio. Vista así, la palanca es una necesidad social, y de ahí que para muchos sea una muestra de inteligencia, de habilidad, de prestigio bien elaborado en la frase "tengo una palanca" o en la esperanzadora pregunta "¿Tienes palancas?" Si tener palancas no siempre es indebido sino incluso una necesidad, cuando las palancas llevan a diversos actos que pueden considerarse corruptos hay un problema de ambigüedad para evaluarlas socialmente. En otras palabras, las palancas pueden llevar a actos indebidos (desde cierto punto de vista) pero son al mismo tiempo una necesidad.

En México, mientras las autoridades sean vistas como parciales, como interesadas privadamente, las palancas serán una estrategia de relaciones sociales necesaria. Y de ahí la aparente confusión moral entre "todos sabemos que la corrupción es mala" y que cuando no existe otra opción para lograr lo que uno desea, existen caminos informales para lograr lo que se quiere; caminos bien aceitados en muchos casos. Sin palancas las cosas pueden resultar, pero más lentamente, con menos calidad. Y peor aún, dejando en claro que no se tiene carácter, no se tiene esa inteligencia, esos "conectes", que te dan las palancas. Las palancas se reproducen a sí mismas: unas llevan a otras, acrecentando el prestigio de quienes las tienen y las saben usar.

El relativismo moral de la palanca es un claro ejemplo de lo difícil que será en México transitar a un sistema social que haga indeseable a la corrupción. La corrupción siempre será de los "otros", la de los grandes políticos, la de los poderosos. Las palancas, paradójicamente, son esperanza de muchos no poderosos para obtener ciertos beneficios. ¿Qué tiene eso de malo? Eso no es corrupción, pareciera decir el imaginario colectivo en el que estamos atrapados: es un acto de justicia ante autoridades que no cuidan el bien público sino su propio beneficio privado. La paradoja social en la que nos encontramos en enorme: la palanca es una realidad cultural y relacional que perpetúa la corrupción pues es vista como acto de justicia (de unos cuantos) que se convierte en la práctica en un acto de injustica para la mayoría (los que no tienen palancas).

Por eso se entiende la frase del Presidente: todos hemos sido parte de la corrupción pues es normal; las relaciones sociales de facto han normalizado la corrupción. Lo que no dice la frase del Presidente es que esa ambigüedad, convertida en cinismo por la clase política, es la trampa que tendremos que romper. Soy de los que piensan que no habría que asustarse del hecho de que existe una cultura de la corrupción en México. La palanca es una muestra evidente de ello. Cultura no es destino, por supuesto. Será necesario desmontar las prácticas, costumbres, símbolos y lenguajes de la corrupción. Pero para ello, necesitamos comprender las decenas de prácticas que hacen en realidad a la corrupción en un país como el nuestro. Alfabetizarnos, por decirlo de alguna manera, como sociedad, para comenzar a desmontar galimatías como: tener relaciones sociales, amistades, es socialmente lógico y entendible, pero usarlas como palancas y definir que esas palancas son una muestra de inteligencia, de habilidad, es otra cosa. Si las autoridades no son representantes del colectivo, sino de sus intereses privados, la palanca es ciertamente indispensable. Pero usarlas perpetúa prácticas ambiguas que llevan a normalizar a la corrupción. El círculo vicioso es contundente.

Es necesario alfabetizarnos como sociedad para comprender las raíces profundas de las prácticas que como sociedad tenemos y que han generado esta corrupción sistémica que vivimos. Requerimos de muchas estrategias y tácticas diferentes para romper estos círculos viciosos que producen prácticas como las de las palancas. Hacer a la corrupción indeseable, socialmente hablando, tendrá que hacer indeseable prácticas como las de las palancas. ¿Por dónde comenzar?