¿Todos somos Birdman?

El triunfo de Alejandro G. Iñárritu es inapelable. Sus logros son notables: aparte de arrancarle cierta simpatía a Sean Penn, algo que parecía imposible, logró cuatro premios de la Academia –fotografía, guión, mejor dirección y mejor película, nada menos–, a pesar de la competencia de Boyhood y del hecho de que el año pasado había barrido con la ceremonia su paisano y amigo Alfonso Cuarón. Pero el triunfo abre muchas interrogantes: ¿beneficiará este triunfo al cine mexicano? ¿Terminará de abrirnos las fronteras del mundo, es decir, de tumbar la barrera del nopal? Más aun: ¿puede considerarse a Birdman una película mexicana? ¿Es un reflejo de nuestra industria o al menos de nuestra cultura? ¿Nos pertenece, en fin, a todos? Ustedes dirán.

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La virtud de la generosidad

Daniela Michel

Directora general del Festival Internacional de Cine de Morelia.

Alejandro González Iñárritu es un artista que nunca se rinde. Tuve la fortuna de conocerlo algunos años antes de que debutara como realizador en el año 2000 con la cinta que impuso una nueva era en el cine mexicano, Amores perros. Nuestro encuentro estuvo marcado por un gran acto de generosidad por parte de Alejandro, una brillante cualidad que siempre lo ha distinguido. En la década de los 90, un colega colombiano, Enrique Ortiga, y yo, organizábamos las Jornadas de Cortometraje Mexicano en la Cineteca Nacional, un evento independiente que buscaba promover el trabajo de los jóvenes cineastas mexicanos. Un amigo en común me sugirió que buscara a Alejandro, entonces un muy exitoso publicista, para pedirle que nos ayudara con un patrocinio. Alejandro accedió de inmediato y tuvimos una primera conversación en la que me reveló que su sueño era convertirse en cineasta. Me llamó mucho la atención su interés por lo que estaba sucediendo entre los jóvenes cineastas mexicanos, que en esos momentos solo podían filmar cortometrajes, pues la industria apenas producía unas cuantas cintas.

Alejandro tuvo una determinación extraordinaria para dejar atrás su éxito probado como publicista y entregarse en cambio al incierto mundo del cine. El resultado fue Amores perros, una obra monumental, única en México y que de inmediato se convirtió en referente en todo el mundo. Le siguieron 21 Gramos, Babel, que le hizo merecedor del Premio de Mejor Director en el Festival de Cannes, y Biutiful, cinta por la que Javier Bardem ganó el Premio de Mejor Actor también en Cannes. Su más reciente obra, Birdman, ha deslumbrado por su originalidad, su capacidad para arriesgarlo todo, su melancólica ironía, su visión demoledora sobre el medio artístico y por probar que el cine, hecho a la manera de Alejandro, sigue furiosamente vivo. Y es por eso que ahora ha triunfado, como ningún otro cineasta mexicano lo ha hecho en la historia, en la ceremonia del Oscar, obteniendo el premio a mejor película, mejor director y mejor guión, y un Oscar a la mejor fotografía por segundo año consecutivo para Emmanuel Lubezki.

A lo largo de casi veinte años me ha tocado ver de cerca la forma tan humilde y rigurosa en la que Alejandro ha vivido el éxito, cómo se sigue rodeando de sus amigos de toda la vida, de qué manera colabora con otros cineastas consagrados como Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, sin dejar de apoyar a muchos otros jóvenes cineastas de México y el mundo. He tenido la suerte de ver con él muchas películas y de escuchar después sus impresiones, siempre tan apasionadas, inquietantes y profundas. Alejandro no le tiene miedo a nada, busca y asume todos los riesgos con esa gran fuerza y claridad que solo son posibles en un artista visionario y tremendamente exigente como es él.

Alejandro es, además de todo, un ser humano maravilloso y excepcional. Con su generosidad característica, suspendió dos días su nuevo rodaje de The Revenant en condiciones extremas en Calgary para venir a inaugurar con Birdman la decimosegunda edición del Festival Internacional de Cine de Morelia. En esa visita anunció también otro de sus generosos proyectos, que consiste en la creación de unas salas de arte en nuestra ciudad para compartir esa pasión por el buen cine y para crear un espacio único de diálogo y reflexión. Alejandro ama profundamente a México, a sus raíces y a su gente, y eso lo ha puesto de manifiesto en cada una de sus acciones. Por supuesto que su triunfo es beneficioso para nuestro cine, y por supuesto que, aun cuando el mérito es suyo, refleja la vitalidad cultural de nuestro país, manifiesta, por ejemplo, en la presencia constante y exitosa de nuestros directores en los grandes festivales.

¡Enhorabuena, queridísimo Alejandro!