¿Todos somos Birdman?

El triunfo de Alejandro G. Iñárritu es inapelable. Sus logros son notables: aparte de arrancarle cierta simpatía a Sean Penn, algo que parecía imposible, logró cuatro premios de la Academia –fotografía, guión, mejor dirección y mejor película, nada menos–, a pesar de la competencia de Boyhood y del hecho de que el año pasado había barrido con la ceremonia su paisano y amigo Alfonso Cuarón. Pero el triunfo abre muchas interrogantes: ¿beneficiará este triunfo al cine mexicano? ¿Terminará de abrirnos las fronteras del mundo, es decir, de tumbar la barrera del nopal? Más aun: ¿puede considerarse a Birdman una película mexicana? ¿Es un reflejo de nuestra industria o al menos de nuestra cultura? ¿Nos pertenece, en fin, a todos? Ustedes dirán.

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Un cineasta global

José Antonio Valdés Peña

Crítico e investigador cinematográfico. Jefe de Información en la Cineteca Nacional.

La noche del 22 de febrero del 2015 se vuelve histórica para el cine mexicano a causa de un suceso ocurrido en el epicentro de la industria fílmica más poderosa del mundo. Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) es reconocida por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood con cuatro premios Oscar en las categorías de Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Guión Original y Mejor Fotografía. De estos galardones, tres fueron para el productor, cineasta y guionista Alejandro González Iñárritu y el último para el cinefotógrafo Emmanuel El Chivo Lubezki.

El que en dos años consecutivos un fotógrafo mexicano obtenga el Oscar y que dos realizadores mexicanos al hilo reciban el premio en el rubro de dirección podría parecer una señal de que los vientos están cambiando en una institución que adopta el rostro mismo de Hollywood y cuyo conservadurismo y obsesión con la corrección política han disminuido su credibilidad. Sin embargo, en realidad es una continuación de un juego tan antiguo como la Academia misma. En 1923, Ernst Lubitsch dejó el cine alemán para incorporarse a las filas del estadounidense y dar origen a la comedia sofisticada. Cuatro años después, su paisano F.W. Murnau se volvía la estrella de la Fox Film Corporation para filmar una épica historia de amor que constituye una de las mejores películas de la historia, Amanecer (1927). Mientras que otros grandes cineastas como Serguéi Eisenstein o Luis Buñuel no pudieron acoplarse a las necesidades de una industria que impone a quienes entran en sus filas responder a las exigencias del gran público internacional que demanda emociones fuertes, y no precisamente cine de autor.

Es decir, que Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu, al recibir el Óscar, son algo así como iniciados en una sociedad casi inaccesible que les demandará mantener no solamente su estándar de calidad, sino también su compromiso con las necesidades de Hollywood. Porque lo cierto es que ni Gravedad (2013) ni Birdman (2014) son películas mexicanas en ningún sentido. Su impacto en la industria ha sido gracias a la inventiva y la viabilidad con las cuales ambos proyectos de arriesgada naturaleza (una épica intimista de ciencia-ficción y una aproximación casi expresionista al proceso creativo de un neurótico actor fracasado envenenado por su propio ego) fueron realizados por sus creadores. (Cuarón e Iñárritu le deben su fama y fortuna al Chivo Lubezki en muchos sentidos, por cierto.) ¿Qué les exigirá el monstruo de mil cabezas que se adueña de miles de salas en el mundo entero para imponer sus productos? Sólo el tiempo lo dirá. Será una lucha descarnada por mantener su identidad en contra de las demandas del mercado.

También es cierto que por sus personalidades, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu son cineastas con una mentalidad global que los ha llevado a sumergirse en el cine mexicano, español o estadounidense sin sobresalto alguno. Cuarón nunca ha marcado una línea autoral que G. Iñárritu sí ha pretendido mantener (historias entrecruzadas, obsesión con la muerte, la búsqueda de la redención, etcétera). A diferencia de Guillermo del Toro, quien ha abandonado proyectos como El Hobbit ante diferencias creativas, no siento que los oscareados cineastas den mucha pelea contra la industria. Se amoldarán a ella sin demasiado problema, manteniendo su oficio.

Todo en esta vida conlleva un lado oscuro. Y es que el triunfo de Birdman en esta noche histórica del Oscar no impactará en la situación global del cine mexicano. Lo digo así porque no podemos llamarnos una industria; el cine en México es casi una artesanía impulsada desde el corazón de los entusiastas que lo hacen, produciendo con capitales destinados casi siempre a la pérdida y la indiferencia de un público dominado por la oferta hollywoodense. Lo que se necesita es una política cultural que defienda al cine que se hace en México mediante distintas medidas, como una equitativa repartición de los fondos de producción para todos los realizadores, una distribución justa y una exhibición no supeditada a la agenda de las majors hollywoodenses. G. Iñárritu ganó. Pero el cine mexicano amanecerá el 23 de febrero, después de las felicitaciones oficiales y las fotos con los funcionarios en turno, atado a las mismas anclas que le impiden despegar.

La Época de Oro del cine mexicano se generó gracias al estallido de la Segunda Guerra Mundial, al quedar libres los mercados internacionales para nuestras películas y ser aliados de los Estados Unidos en contra del Eje del Mal. El Oscar de G. Iñárritu bien podría detonar, si bien no una época dorada, sí una toma de conciencia por parte de políticos y espectadores hacia su propio cine. Hacia los chavos de las escuelas de cine que vienen con la misma mentalidad global y que tumban caña todos los días. Hacia la necesidad de que el cine mexicano no perezca bajo una triste leyenda que diga: FIN.