Star Wars: ¿gran cine o gran marketing?

Pocas películas tan esperadas, tan objeto de especulación y tan hábilmente promocionadas como el Episodio VII de la saga de "Star Wars", "El despertar de la fuerza", que ya se convirtió en un taquillazo: 250 millones de dólares durante su primer fin de semana. Pero, en términos estrictamente creativos, ¿la saga da todavía de sí? ¿Es cine de alto voltaje, o dejó de serlo hace años y los espectadores vemos cada nuevo episodio como un paliativo a la felicidad original, como una suerte de metadona?

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      Crítico y maestro de cine.

El nuevo Quijote

Abel  Muñoz Hénonin

Crítico, académico y editor.

"La guerra de las galaxias" tiene tantos fans que incluso los nuevos protagonistas de la saga están entre ellos. Rey (Daisy Rildey) y Finn (John Boyega) no pueden creer que se hayan encontrado con el Halcón Milenario, Han Solo (Harrison Ford, como siempre) y Chewbacca (Peter Mayhew, también como siempre). Rey, explícitamente, dice que pensaba que todo era un mito. Da un ejemplo. Ha escuchado rumores de que la nave, el Halcón Milenario, "puede cruzar el Corredor de Kessel en 14 pársecs". Pero Solo le aclara, después de una pausa que permite que todos los que conocemos la historia tan bien como para estar preocupados por nuestra propia madurez la corrijamos junto con él: "¡Doce!" Él responde medio ofendido, medio orgulloso; los fans reconociendo toda una configuración legendaria.

El recurso de incluir referencias reconocibles por parte del espectador es muy común en el cine popular y la televisión. No sólo mantiene viva la tradición de los medios audiovisuales sino que también apela a espectadores más cultivados, a menudo remitiendo también a la tradición artística ilustrada. La práctica implica un papel muy activo de parte de las audiencias para identificar tantos guiños como le sea posible, pero si es relevante en "El despertar de la fuerza" (2015) es porque además de reavivar la propia tradición de "Star Wars", establece tres niveles referenciales: 1) el espectador, no importa si sobreinformado o ingenuo, reconoce inevitablemente elementos de la saga, y 2) también se reconoce en los personajes que, como decíamos, son fans, pero al catalogarlos como ficciones entiende 3) que los cineastas detrás del proyecto (J.J. Abrams, Lawrence Kasdan y Michael Arndt) se suman a la legión de seguidores. El ejercicio es muy viejo, de hecho es un elemento fundamental en el desarrollo de la segunda parte de El Quijote (1615), que fue uno de los primeros fenómenos pop globales –no olvidemos que en el siglo XVII la mundialización era ibérica y el español la "lingua franca".

Es muy improbable que J.J. Abrams y su equipo tuvieran en cuenta los 400 años cerrados transcurridos entre ambas obras. Sin embargo el paralelismo puede ser revelador. En la segunda parte de El Quijote tanto él como Sancho Panza saben del éxito del primer volumen de sus aventuras y se encuentran con algunos personajes que las han leído, incluso alguno ha leído el Quijote apócrifo (1614), de Avellaneda. Cervantes obligó entonces a releer toda la obra tanto desde su propia lógica narrativa como desde su historia en el mundo de los hombres, convirtiéndose en una especie de crítico de su trabajo y sus personajes, a la vez que redefinió la historia del proyecto. J. J. Abrams y su equipo han hecho casi lo mismo: conciben desde el marco narrativo un sistema donde espectadores y personajes se encuentran con el transcurso de "Star Wars" fuera de la pantalla y así le dan una nueva dimensión salida de su propia lógica.

Más allá de las referencias, el Episodio VII es prácticamente idéntico al Episodio IV, "La guerra de las galaxias" original, de 1977, además de incluir un par de elementos de "El imperio contraataca" (1980). Sin abundar en la historia, para evitar los terroríficos "spoilers", en esta entrega encontraremos:

1) a alguien joven y solitario que descubre sus capacidades,

2) la oposición orden y frialdad contra improvisación y fluidez que distinguen al Imperio y, ahora, a la Primera Orden, de la Rebelión,

3) una nómina de personajes, tanto de especies ya aparecidas como de nuevas, que invitan a pensar en un universo más grande que las películas y, en consecuencia, en una cadena amplísima de historias posibles,

4) un planeta desierto, un planeta boscoso y un planeta nevado,

5) una tensión familiar entre padres e hijos y

6) naturalmente, la fuerza como un Yin-Yang, donde el lado oscuro es complemento de la luz.

Pero antes que todo, la nueva película reestablece la condición de posibilidad de la cinta primigenia. La película de 1977 está claramente inacabada, por ello, por ejemplo, Leia (Carrie Fisher) pudo pasar de objeto de deseo de Luke (Mark Hamill) a ser su hermana y Darth Vader (David Prowse/James Earl Jones) de un enemigo implacable y medio borroso a su padre, y al personaje principal de los seis primeros episodios (1977-2005). Abrams emuló el sistema conscientemente: no sabemos quiénes son Rey y Finn, adónde va a dar el conflicto interno de Kylo Ren (Adam Driver) o por qué C3PO (Anthony Daniels) tiene un brazo rojo ni por qué no han tenido tiempo de restituirle el dorado. Al mismo tiempo, reunió tantas referencias a las cintas clásicas (1977-1983) que por un lado obliga, o casi, a separarse de ellas a partir de este punto y, por otro, hace una relectura crítica de toda la saga desde lo que significa el fenómeno Star Wars como un hecho cultural mayor de la segunda mitad del siglo XX y los inicios del silgo XXI. La destrucción del planeta Coruscant, donde tiene capital la república del episodio I al III (1999-2005), bien puede leerse como un rechazo a la torpeza de George Lucas y a sus explicaciones innecesarias. Se reivindica, en cambio, al primer Lucas, el que creó una mitología contemporánea, retomada ya demasiadas veces tanto dentro del cine como en cómics y videojuegos para convertir a Star Wars en una narrativa coral y compartida, como los cantares de gesta. No es casual que Abrams haya renunciado a dirigir los episodios VIII y IX.