¿Son dañinos los transgénicos?

"¿Cuántas personas pobres en el mundo deben morir antes de que consideremos esto un crimen contra la humanidad?", remata la carta firmada por 109 ganadores del Nobel, reproducida en cientos de medios y causante, claro, de un coro global de voces encontradas. Y es que va dirigida nada menos que contra Greenpeace, una organización a la que no suelen caerle cuestionamientos de esa magnitud y que se opone categóricamente al cultivo de transgénicos en general y específicamente del arroz dorado, una fuente de vitamina A, aseguran los firmantes, que puede ayudar a unos 250 millones de niños amenazados por la ceguera. El debate en torno a los transgénicos, creemos en Tribuna, es urgente. No es poco lo que se juega: la lucha contra el hambre, nuestra salud, la economía de muchos, la biodiversidad y, si se quiere, hasta los límites de la ciencia y la tecnología.


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Un asunto de religión

Jorge Enrique Linares

Director del Programa Universitario de Bioética de la UNAM.

Javier Sampedro, un estupendo periodista científico de “El País”, dice en su nota del pasado 2 de julio titulada “Religiones del siglo XXI”:

“Si te gustan las polémicas, no puedes dejar de leer en Materia la que han liado 109 premios Nobel al acusar a Greenpeace de incurrir en un “crimen contra la humanidad” por su rechazo a los alimentos transgénicos. No es muy frecuente que un tema científico genere tal volumen de tráfico en las redes, a menos que toque algún espinoso asunto religioso, como la existencia de Dios, o la falta de ella. Y seguramente de eso es de lo que estamos hablando también en este caso: de religión, de una de las nuevas religiones de nuestro tiempo, una especie de panteísmo donde el papel de Dios lo representa la Madre Naturaleza. Una religión laica, sí, pero tan irracional e impermeable al argumento como todos sus precedentes celestiales.”

Estoy de acuerdo con Sampedro en que la ya dilatada controversia sobre los cultivos transgénicos u OGM se ha polarizado hasta un extremo dogmático y que cada bando empuña sus argumentos con más fe que verdaderas pruebas científicas. Pero no puedo más que disentir con Sampedro en acusar solo a los antitransgénicos de profesar una “religión laica”. Porque si unos se han vuelto dogmáticos, los otros, los defensores a ultranza, también, pues profesan igualmente la religión laica que convierte a la ciencia en verdad suprema y que valida por tanto todo lo que ella produzca, sin darse cuenta de que los productos tecnocientíficos no son ciencia pura ni se debaten en el terreno de las teorías, sino en el campo de la realidad social, ambiental, política y económica, porque son productos técnicos, y no simples ideas.

Uno de los rasgos más característicos de la tecnociencia contemporánea consiste en que su desarrollo se da en medio de controversias sociales y conflictos de valores entre los diversos agentes que participan en su conformación. La relación de la sociedad con los productos de la tecnociencia se ha modificado (de la simple aceptación pasiva y la confianza plena del pasado reciente, a la preocupación e interés por controlar sus posibles efectos negativos). Particularmente, este marco de controversias sociales ha sido significativo en el caso de la biotecnología, como también lo había sido en los debates acerca de la seguridad de la industria nuclear, la industria química o la farmacéutica.

El surgimiento de las controversias tecnocientíficas muestra que el viejo modelo industrial que desarrollaba innovaciones sin que la sociedad conociera y participara en su evaluación parece ya no ser adecuado. En ese antiguo modelo industrial sólo la evidencia de daños ya causados a la salud o al medio ambiente era un motivo justificado para retirar o modificar una innovación tecnológica. Por el contrario, se ha desarrollado en nuestros tiempos un nuevo modelo de relación entre la sociedad y la tecnociencia, que busca reducir y prevenir los riesgos mediante el control y la prueba de los efectos, con el fin de evitar probables consecuencias dañinas para el ser humano y para el ambiente.

Los promotores (científicos, tecnólogos, empresarios, cabilderos y agentes de gobiernos, además de agricultores) de estos cultivos “mejorados” genéticamente se han empeñado en defenderlos, intentando refutar todo argumento y prueba científica en contra (con un arsenal de estudios publicados ad hoc) y han recurrido ahora al principio de autoridad (una de las falacias lógicas más conocidas y burdas)con la carta de los más de cien premios Nobel que acusa a Greenpeace de “crímenes contra la humanidad” por oponerse al cultivo del arroz dorado. Este grupo de nóbeles no son precisamente autoridad en el tema, pues la mayoría son médicos y químicos; son tan legos como muchos de nosotros en cuestiones de agroecología, biotecnología, pero también agroeconomía o bioética. La carta de los científicos laureados está llena de falacias y se excede en su retórica emocional (justamente lo que ellos reprochan a los oponentes de los transgénicos); reclaman con ello el atenerse solamente a los datos de la ciencia para juzgar sobre la idoneidad de los transgénicos. Esta estrategia de comunicación, muy probablemente planeada y ejecutada por empresas al servicio de las compañías productoras de transgénicos, parece ser una fallida jugada más que enardecerá el debate. Aparece en el momento político de una discusión sobre el etiquetado de productos transgénicos en Vermont, EE.UU. y ante la posibilidad de que dicha regulación se extienda por toda la Unión Americana. Las empresas contraatacan, claro, porque su interés es evitar cualquier tipo de regulación. La coincidencia no casual de estos hechos revela cómo los científicos hacen política; y no sólo porque crean de buena fe que defienden el derecho de muchos agricultores y personas que se beneficiarían del arroz dorado, sino más bien porque hacen política, quieran o no en este caso, para favorecer los intereses de comercialización de estos productos y para proteger así los planes de negocios de unas cuantas empresas multinacionales. Eso no es un crimen contra la humanidad, pero no es una acción muy noble para un científico.

Ya sé que me dirán que cuál es el problema de que los transgénicos sean patentados y estén controlados por unas cuantas empresas monopólicas trasnacionales; que lo mismo sucede con otros ámbitos en los que Microsoft o Apple en el mundo y Pemex en México son monopólicos; que así es la realidad económica actual. Pero a menos que uno sea un accionista de dichas empresas, es fácil ver que la monopolización de los mercados globales no es precisamente benéfica para la mayoría, ni ofrece necesariamente mejores productos ni mucho menos a buen precio al alcance de todos. Justamente, la monopolización y la concentración de la propiedad en pocas manos no favorece la investigación, la innovación y la seguridad para los consumidores y usuarios.

Pero entonces ¿cuál es el problema con los cultivos transgénicos? Supongamos, sólo supongamos por un momento, que los promotores tienen razón y que no disponemos, hoy en día, de suficiente evidencia científica para afirmar que los cultivos transgénicos por sí mismos causan daño a la salud humana (a la mayoría, por cierto, le tiene sin cuidado la salud de los demás seres vivos). Así lo concluye el informe de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. Supongamos además que no existen evidencias contundentes, después de 30 años de cultivarlos (pero con escasa investigación de largo plazo), de que los transgénicos provoquen alteraciones ambientales de gravedad en la biodiversidad o en las especies cercanas que interactúan con ellos, como también sostiene dicho informe. Bien, pues la falta de evidencia en contra no implica seguridad ni mucho menos concede una licencia para afirmar, como piensan algunos biotecnólogos, que las transferencias genéticas realizadas técnicamente entre especies distintas para “construir” los transgénicos son equivalentes a las que suceden cotidianamente en la naturaleza, ni podemos tener certeza de que no se presentarán posteriormente efectos ambientales negativos que sean difíciles de controlar. La carga de la prueba debería estar en quien afirma la seguridad de un producto biotecnológico y no en quien dude de su efectividad.

Los biotecnólogos sostienen que los transgénicos son tan naturales como cualquier planta silvestre. Pero aquí ya comienzan los saltos mortales en la lógica elemental y la tergiversación de los procesos biotecnológicos. Los OGM no son iguales a las plantas silvestres o domesticadas porque son un producto técnico o bioartefactual. No sólo importa su mera composición genética final, sino la manera en que son producidos. Se ha sostenido, para diluir la controversia, que los cultivos que alimentan a la humanidad (trigo, maíz, arroz, etc.) no son “naturales”, sino más bien el resultado de una combinación de caracteres genéticos derivados de las cruzas que los agricultores realizaron durante siglos. Claro, también son bioartefactuales. Pero la sutil diferencia reside en que la estructura genética de los transgénicos, por mínimo que sea el cambio, ha sido intervenida y alterada intencionalmente por agentes humanos para producir una planta que tenga unas propiedades que nunca habría obtenido “naturalmente” ni por siglos de adaptación ambiental. Por lo pronto sólo destacan dos de esas propiedades biotecnológicas: resistir a un agroquímico como el glifosato o producir proteínas que son tóxicas para determinados insectos que atacan a la planta.

El hecho de ser productos técnicos o bioartefactos confiere a los transgénicos la propiedad legal de ser patentables y, por ende, estar bajo un régimen de propiedad privada intelectual, que en el mercado mundial de semillas y cultivos se traduce también en ventajas comerciales de suma trascendencia para las empresas que los produzcan y controlen. Por suerte no son patentables las semillas y cultivos “tradicionales” o no intervenidos con biotecnología moderna. He ahí la razón fundamental de la defensa, por parte de sus promotores, de dos afirmaciones contradictorias: los transgénicos son naturales, pero son patentables porque son producidos por biotecnología y le pertenecen a la empresa que los diseñe y los patente. Así que bien podemos concluir que los cultivos transgénicos son tan naturales como los coches, los clones de mamíferos (como la famosa Dolly) o los fármacos. No surgen por generación espontánea; alguien los diseñó y los produjo, y ese alguien está obligado, si quiere comerciar y obtener ganancias legítimas con ellos, a probarnos que son seguros y que puede, además, controlar los posibles efectos adversos que produzcan su liberación o uso extendido.

Hasta el momento existe consenso científico en que los riesgos sanitarios de los OGM son mínimos y hasta cierto punto controlables (los que han sido alergénicos se han retirado, como el maíz StarLink), mientras que la discusión sobre los probables efectos ecológicos a largo plazo continúa abierta. El informe de la Academia Norteamericana de Ciencias reconoce que la resistencia de los transgénicos a ciertos herbicidas (principalmente glifosato) sí está provocando “un problema agrícola”, puesto que otras plantas e insectos están desarrollando inmunidad a los herbicidas que se usan en los campos con transgénicos. En cuanto a la disminución de biodiversidad en los campos en los que abundan los transgénicos, no existe por el momento conclusión definitiva pues se requieren estudios de más largo plazo y más complejos. Así pues, es preciso reconocer que existe un margen de incertidumbre, por pequeño que sea, sobre los efectos remotos, propio de la temporalidad evolutiva, por el cultivo intensivo de transgénicos en grandes extensiones de tierra en diversos continentes (principalmente norte y sur de América). Además, las consecuencias de una nueva biotecnología (ésta apenas lleva unos treinta y tantos años, la de cultivos “tradicionales”, milenios) son el resultado de la interacción compleja con otros factores tecnológicos, sociales, políticos y ambientales, a veces azarosos, que hacen imposible una previsión absoluta. Por primera vez en la historia tendremos que supervisar, monitorear y controlar los nuevos “cultivos”, en este caso transgénicos. Por tanto, los OGM tendrán que ser productos regulados socialmente, al menos como los de la industria farmacéutica, aunque no manejados como sustancias peligrosas pues no hay comprobaciones de daños.

Por otra parte, se ha dicho que, como sucede con cualquier otra tecnología, los transgénicos no son malos por sí mismos; se diría que depende de la manera en que se usen. Pues bueno, en el caso de los transgénicos que están construidos para resistir glifosato, se cultivan usando ese agroquímico (que se sabe, tiene efectos nocivos para los humanos) en cantidades industriales y en grandes extensiones de tierra. Resultado: se han creado nuevas resistencias de malezas y de insectos que pueden estropear los cultivos; se pueden contaminar los suelos y el agua con este químico si se abusa de él; y en efecto, se abusa. Por tanto, el cultivo de dichos transgénicos no ha reducido el uso del glifosato ni se ha logrado aún diseñar un transgénico que no requiera en absoluto un herbicida. Ergo, el producto no es tan inocuo como se creía: requiere necesariamente de un aditamento químico, y así fue diseñado técnica y comercialmente por las compañías que los venden y controlan en todo el mundo, para asegurar la venta conjunta de semilla y agroquímico. En su diseño técnico-comercial existe un riesgo ambiental y sanitario por el uso masivo del agroquímico con el que se asocia. Se sabe que más de 80% de los transgénicos cultivados son de este tipo resistentes a herbicidas. Así que una tecnología no es mala por sí misma, ok; sino por las consecuencias sociales y ambientales que provoca, ok; pero eso se descubre en el diseño completo del sistema socio-técnico en el que realmente funciona.

Se ha dicho también que los transgénicos constituyen la respuesta contundente a la necesidad de aumentar la producción de alimentos y, por ende, son el medio ideal para abatir el hambre. Pero todo el mundo sabe que esto es una falacia. El problema alimenticio mundial no reside solamente en que se tenga que producir más para que todo ser humano coma. No es un problema de producción, sino de distribución. Todavía es suficiente lo que se produce; se podría mejorar sustancialmente la eficiencia de nuestros sistemas de producción y, ante todo, abatir el desperdicio y pérdida (se sabe que se tira a la basura una enorme cantidad). Se puede usar biotecnología, pero existen otras formas de biotecnología no transgénica. Para contender con los problemas del hambre o la falta de alimentos no se necesitan transgénicos, se requieren mejores políticas mundiales para que todo el mundo pueda acceder, tenga dinero o no, a los alimentos y, además, pueda hacerlo con una dieta balanceada y de buena calidad.

Supongamos, sólo supongamos por un momento, que los promotores de los transgénicos tienen razón, y que tenemos urgentemente que aumentar la producción mundial de alimentos a un ritmo desesperado. Bueno, pues los transgénicos no son la única ni la mejor solución. Tampoco demuestran un incremento sostenido de la producción (al menos en maíz, soya y algodón), como también lo reconoce el informe de la Academia Norteamericana antes mencionado. Y en todo caso, el aumento de la producción, como todo en el capitalismo, obedece más a razones de valorización del capital mismo que a la presión de la demanda o la satisfacción de necesidades. Esto es, una gran proporción de cultivos transgénicos se destinan a usos industriales y a producir alimento para ganado, que es una forma de producir alimento con un rendimiento muy bajo (mucha agua y muchos granos para producir reducida cantidad de carne, que tiene un alto precio en el mercado). Así que los transgénicos no pueden ser desvinculados de la lógica actual de producción agroindustrial, de sus defectuosas políticas distributivas, de su ineficiencia y de su sesgo comercial que convierte a los cultivos transgénicos en moneda de cambio, inversiones especulativas e insumos para muchos otros usos industriales, y ya no justamente como alimento para los hambrientos.

Ahora bien, hasta el momento en más de 30 años de cultivos transgénicos, éstos no han reportado ningún beneficio para los consumidores. Ni siquiera tenemos el derecho de saber qué productos alimenticios están elaborados con transgénicos. Nos han ocultado la información. Bueno, el arroz dorado, diseñado y construido para aportar una cantidad significativa de vitamina A, era el único transgénico que prometía un beneficio ostensible para el consumidor. Así, se habían planeado producir “nutracéuticos”, es decir, productos alimenticios que tuvieran propiedades farmacológicas, mediante el uso de biotecnología. Pues bien, desgraciadamente, este tipo de arroz, después de 20 años de trabajo y mejoramiento técnico por parte del Instituto Internacional de Investigación sobre el Arroz, no ha podido demostrar lo que promete (que aporte una cantidad significativa de vitamina A) ni ha pasado las pruebas mínimas. Resultado: no existe en el mercado ni está listo para su producción masiva como quisieran sus creadores e inversores. Como señala el comunicado de Greenpeace sobre la polémica carta de los cien nóbeles defensores de la humanidad, el arroz dorado es un proyecto; no existe todavía y no se ha demostrado que cumpla su objetivo. Por tanto, la razón de que no esté disponible en el mercado para paliar las serias deficiencias de vitamina A no se debe a la oposición de Greenpeace u otros ambientalistas, sino a la ineficacia técnica de este bioartefacto. Existen otras formas más adecuadas y socialmente útiles de combatir tal problema nutricional en las regiones más pobres del mundo. Los transgénicos no son, lamentablemente, tampoco en este caso, ninguna solución mágica.

Así las cosas, el debate sobre los cultivos transgénicos no es un asunto solamente de una controversia científica sobre una producción biotecnológica. No es una discusión sobre la bondad o no de las “aplicaciones” de la ciencia. Todo el mundo sabe que la ciencia asociada con la tecnología y la industria pierde su inocuidad e inocencia. Se trata, más bien, de valorar y deliberar sobre estos nuevos productos biotecnológicos (nuevos, porque no existían como tales en la naturaleza) y, ante todo, consiste en un debate social sobre sus necesarias implicaciones sociales y consecuencias ambientales. En el modelo industrial en el que fueron desarrollados, los cultivos transgénicos están indisolublemente asociados a efectos sociales y ambientales riesgosos, y de eso podemos tener evidencias: monopolización por unas cuantas empresas que aspiran a controlar todo el mercado mundial de semillas y cultivos; por ende, una tendencia al monocultivo industrial de unas cuantas variedades de transgénicos; por ende, riesgo de pérdida de biodiversidad y surgimiento de nuevas resistencias de malezas e insectos; además, riesgos sanitarios y ambientales por el uso intensivo (y a veces indiscriminado) del agroquímico asociado necesariamente con un tipo de transgénicos; por último, la monopolización y concentración de la propiedad de los cultivos al cooptar a cada vez más productores mediante contratos de exclusividad que los obliga a comprar y sembrar únicamente las semillas que las empresas mundiales les venden.

El principio de autonomía, elemental en la bioética contemporánea, comprende la protección de las libertades y las capacidades de decisión de toda persona. En el caso de las innovaciones tecnocientíficas, se debe respetar el derecho de los ciudadanos a elegir los productos que van a consumir. El etiquetado para el seguimiento y para dar información precisa a los consumidores es la condición para ejercer esa libertad de elección. No sólo autonomía para decidir consumir o no esos productos, cualquiera que sea la razón, sino también para optar por otros cultivos y alimentos. Al mismo tiempo, se debe asegurar la autonomía e independencia para investigar, debatir y publicar lo referente a la tecnología de los transgénicos. Aquí la intervención de los medios de comunicación es crucial para potenciar el juicio informado y meditado de las personas. No se vale cargar los dados y convencer a un grupo de prestigiados científicos de que se jueguen su credibilidad firmando una declaración a favor de los intereses comerciales de unos cuantos, sin analizar también las condiciones y consecuencias sociales de la tecnología transgénica. La libertad de empresa y de desarrollo tecnológico se ve inevitablemente limitada y regulada por los principios de precaución y de responsabilidad, así como por los derechos de los consumidores. Por ello, no existen razones bioéticas y políticas de peso para oponerse al etiquetado y regulación de los OGM, medidas básicas que deberían haber estado presentes en todos estos años de cultivos transgénicos.

No obstante, hemos de reconocer que, de ser viables, los transgénicos de próximas generaciones (porque la industria también es dogmática y se ha empeñado en seguir desarrollando esta tecnología) podrían convertirse en vectores biotecnológicos para compensar desigualdades en el desarrollo humano, y particularmente en la alimentación. El caso del arroz dorado podría haber sido paradigmático, si funcionara. Los nutracéuticos transgénicos podrían ser medios de redistribución de bienes (fundamentales para la salud y el desarrollo personal), pero sólo a condición de que el riesgo sanitario y ambiental sea minimizado, y de que la comunidad internacional asuma la responsabilidad de la supervisión y seguimiento de sus efectos. Pero también, a condición de que la autonomía de las comunidades y de los individuos se respete: por ejemplo, su derecho a utilizar o elegir medios tradicionales de cultivo, a rechazar transgénicos para no tener obligaciones con las transnacionales que monopolizan el mercado de semillas, o simplemente porque no los consideran adecuados para su consumo.

Obviamente existen otras biotecnologías que son efectivas, mucho más seguras y de efectos claramente benéficos, p. ej., la producción industrial de insulina con bacterias modificadas genéticamente; pero en el caso de los cultivos transgénicos la cosa ha sido muy diferente. Dicha biotecnología provoca riesgos ambientales y sanitarios de no menor consideración y genera efectos socioeconómicos muy nocivos para la mayoría (para quienes son accionistas o tienen intereses personales, así sean meramente “intelectuales”, en el desarrollo y comercialización de transgénicos, es evidente que su opinión será diferente). Con los transgénicos nos enfrentamos a la posibilidad de perder social y ambientalmente más de lo que ganamos: arriesgamos biodiversidad, perdemos variedad de productos alimenticios, ponemos en peligro a miles de pequeños agricultores y empobrecemos nuestras dietas. Todo ello no es asunto de fe ni de dogmas, es la materia viva de las controversias actuales sobre las biotecnologías de nuestro tiempo.

lisjor@unam.mx