¿Son dañinos los transgénicos?

"¿Cuántas personas pobres en el mundo deben morir antes de que consideremos esto un crimen contra la humanidad?", remata la carta firmada por 109 ganadores del Nobel, reproducida en cientos de medios y causante, claro, de un coro global de voces encontradas. Y es que va dirigida nada menos que contra Greenpeace, una organización a la que no suelen caerle cuestionamientos de esa magnitud y que se opone categóricamente al cultivo de transgénicos en general y específicamente del arroz dorado, una fuente de vitamina A, aseguran los firmantes, que puede ayudar a unos 250 millones de niños amenazados por la ceguera. El debate en torno a los transgénicos, creemos en Tribuna, es urgente. No es poco lo que se juega: la lucha contra el hambre, nuestra salud, la economía de muchos, la biodiversidad y, si se quiere, hasta los límites de la ciencia y la tecnología.


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Entre la utopía y la dictadura de la certidumbre

Pablo Meyer Rojas

Autor de “Genómica” (Tusquets).

Mi suegra piensa que el pan tostado carbonizado causa cáncer; también el alcohol, el café, y los microondas y celulares. Por suerte no tiene nada contra las vacunas, éstas sí cuestión de vida o muerte. Sus miedos fueron alguna vez respaldados por artículos científicos y los efectos de su publicación multiplicados por revistas tipo “Vanidades”. Ahora se sabe que en un país consumidor de tartinas como Francia no hay mayores niveles de cáncer y se piensa que el café y el alcohol en dosis moderadas son anti-cancerígenos. De los microondas y celulares no se tiene un estudio epidemiológico que trascienda la primera generación, pero el que haya más celulares que habitantes en la Tierra hace pensar que sus efectos son a lo mucho mínimos. Los organismos genéticamente modificados (OGM) o transgénicos tampoco han existido lo suficiente ni su consumo se ha expandido por todo el mundo como para tener una certeza indirecta del efecto de su consumo. Quiero decir, según el reporte reciente de la Academia Americana de Ciencias tan solo (o tan mucho) 180 millones de hectáreas o 12% del cultivo mundial en 2015 fueron cultivadas con transgénicos. El mismo reporte al comparar datos epidemiológicos de Europa (donde la gente no consume OGM) y EE.UU-Canadá (donde se consumen desde los 90) no encontró hasta ahora diferencias de salud. A este reporte se suma la carta de 109 premios Nobeles llamando a que Greenpeace pare de demonizar los organismos transgénicos.

¿Qué pensar entonces de todo ello? Pienso que es una batalla perdida, pero que vale la pena hacer la lucha e intentar explicar qué son los OGM. El ambiente político no es el mejor, como lo mostró el sentimiento antiespecialista en la campaña del Brexit: con mucha razón la gente no quiere oír más a los tecnócratas, esos que predecían la bonanza eterna y que tienen al mundo aún recuperándose de las especulaciones que llevaron a la crisis de 2008. La gente le cree más a una niña de 14 años cuyo video con siete millones de vistas circula en Facebook en contra de los transgénicos, que a cualquier miembro de ese cártel de Nobeles. Tal vez los especialistas y su dictadura de la certidumbre tengan algo de responsabilidad al caer, como el astrofísico y gran divulgador Neil deGrasse Tyson, en imprecisiones al equiparar los OGM con la selección genética por hibridación. No, introducir una secuencia externa de DNA no es lo mismo que cruzar y seleccionar rasgos, pero eso no significa que sea forzosamente peligroso. Mi bacilo favorito (si es permitido tener uno) incorpora secuencias externas de ADN cuando se encuentra bajo estrés y así intenta sobrevivir. El origen de que cada grano de una mazorca tenga colores diferentes es precisamente el paseo de una pequeña secuencia de ADN que cual chapulín salta a través del genoma de cada uno de esos granos, dándoles una pigmentación única. Los cromosomas respiran y estornudan ADN.

¿Qué hacer entonces? En el estado de Vermont, al norte de la Unión Americana, se etiquetaron por primera vez los productos derivados de transgénicos, lo cual va a tener implicaciones globales, porque no se pueden marcar los productos de un solo estado. La gente tiene derecho a saber qué tiene transgénicos y qué no. En México, la Ley de Bioseguridad obliga ser consultada antes de liberar el cultivo de algún OGM, y existe una suspensión de la siembra de plantíos de maíz transgénico, pero no así del algodón, ya autorizado a que se plante en la comarca lagunera. En países como Argentina o Brasil se pueden ver los plantíos de maíz y soya adornados con espectaculares de Syngenta, la compañía bioagrícola suiza competencia de Monsanto. Es más, en Argentina la preocupación no es si los transgénicos “contaminan” el maíz (todo ya es transgénico) sino como asegurarse de que el herbicida glifosato no rebase niveles peligrosos en el agua. El glifosato, como todo herbicida, es peligroso a altas dosis, no los transgénicos.

El otro peligro lo describe bien en su encíclica “Laudato Si” el papa argentino Francisco: “Si bien no hay comprobación contundente acerca del daño que podrían causar los cereales transgénicos a los seres humanos, y en algunas regiones su utilización ha provocado un crecimiento económico que ayudó a resolver problemas, hay dificultades importantes que no deben ser relativizadas. En muchos lugares, tras la introducción de estos cultivos, se constata una concentración de tierras productivas en manos de pocos debido a «la progresiva desaparición de pequeños productores que, como consecuencia de la pérdida de las tierras explotadas, se han visto obligados a retirarse de la producción directa».

Trabajo serio llevado acabo por Elena Alvarez-Buylla de la UNAM ha comprobado la existencia en Oaxaca de maíz transgénico. Se piensa que semillas provenientes del vecino norteño (importamos hasta 10 veces la cantidad de maíz que producimos) se introdujeron en plantíos oaxaqueños y un bajo porcentaje se hibridizó con maíz local. Tomando una posición poco común para un@ científic@, Alvarez-Buylla, que encabeza la Unión de Científicos Comprometidos, tomó una fuerte posición en contra de los OGMs en México. El argumento principal es que siendo origen y centro de diversidad del maíz, México no debe arriesgar en lo más mínimo una posible transición hacia el imperio de las transnacionales y del maíz transgénico amarillo uniforme.

Pero la principal amenaza a la diversidad del maíz no es en sí la presencia de transgénicos: el maíz transgénico no es un virus que invade y destruye cual abeja africana a la pacífica apis mellifera. Como lo dice el papa, el problema es la desaparición de los pequeños productores y sus milpas. La mejor manera de proteger el maíz en México es protegerlos a ellos, verdaderos especialistas y guardianes milenarios. ¿Pero como lograr esta utopía?¿Cómo proteger a los que muchas veces a duras penas subsisten del producto de su milpa?

El reciente éxito de la comida mexicana en el exterior es tal vez una de las mejores maneras de preservar la diversidad de maíz y resguardar su importancia milenaria: conservación vía el ecoturismo culinario. Pero entonces, si exportamos el buen maíz, ¿qué nos queda? ¿Nos pasará como a las comunidades andinas, en donde debido a su éxito internacional ahora escasea la quinoa? Si sumamos a esto el aumento de la población, nos encontramos como antes de la revolución verde con la necesidad de aumentar la productividad, pero además preservar la diversidad. Se suele oír que el único camino es con los transgénicos de Monsanto, pero hasta ahora el camino se parece más al que se siguió en los 70, ya que el centro internacional del maíz (CIMMYT) en Texcoco ha encontrado variantes híbridos de maíz con rendimientos superiores en tierras poco fértiles, aunque también está en la búsqueda de variantes transgénicos/híbridos cuya propiedad intelectual sea pública y no necesiten el uso de herbicidas.

El mal no son los transgénicos en sí, el mal es la imposición y el fin de la biodiversidad.