¿Sirve para algo la evaluación de los maestros?

En México, evaluar a los maestros, un acto perfectamente natural en el mundo desarrollado, es el motor de marchas, bloqueos, connatos de boicot electoral, tomas de zócalos y casetas, actos terribles de violencia y, por supuesto, volantazos difíciles de explicar, como los que dio el secretario Chuayffet justo antes y justo después de las últimas elecciones: que siempre no, que siempre sí. Este ruido nos ha distraído de discutir un asunto central: ¿sirve dicha evaluación tal y como está diseñada? ¿Evalúa lo que tiene que evaluar, justifica tantas movilizaciones, tanta guerra de declaraciones, tantos desconciertos? ¿Es hora de hacer una pausa o esa pausa tendría consecuencias funestas?


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    1. Manuel Gil Antón

      ¿Es idónea la evaluación ...

      Profesor del Centro de Estudios Sociológicos ...
    2. Emilio Blanco

      Cuatro problemas

      Autor de Los límites de la escuela. Educación, ...
    3. Lucrecia Santibáñez

      Una herramienta fundamental

      Profesora en la School of Educational Studies, ...

El fin del sainete

David Calderón

Director general de Mexicanos Primero.

La evaluación docente va. Primer acto: una tarde de viernes, la Secretaría de Educación Pública emite un aviso de que se "suspenden indefinidamente" los procesos. El Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) exige dejar sin efecto dicho anuncio, porque viola el Artículo Tercero constitucional, invade su propia autonomía y deja sin certeza a los más de 400 mil maestros o aspirantes a serlo que se evaluarán este año. Cientos de piezas de opinión repudian el anuncio de la SEP; una pocas aprueban el anuncio en sí, o celebran la aguda estrategia que identifican como motivación última. Muchas organizaciones se activan para oponerse. 42 mil personas se sumaron a la petición de no impedir la evaluación. La Coordinadora (CNTE) lo festeja como logro y se jacta de que así se cumple un acuerdo con sus líderes.

Segundo acto: Un juez federal admite un amparo y ordena dejar sin efecto el anuncio de la SEP. Dicha instancia organiza una veloz rueda de prensa, aduce consideraciones técnicas y electorales, y confirma que va. El Presidente reitera, a quien quiere escucharlo, que nunca se puso en riesgo. El INEE concluye, en un segundo comunicado, que no deben repetirse actos de autoridad que atenten contra la certeza y transparencia de la evaluación que marca el Artículo Tercero.

Para saber cómo se llamó la obra, se necesita el Tercer Acto: la realización de las evaluaciones y la activación de sus consecuencias. Pero, ¿por qué son tan importantes las evaluaciones docentes? ¿Son una pieza menor de política pública, que no justifica tales tormentas de política, cruda política? ¿Es de veras "el infierno de todos tan temido"? ¿Cuál sería la diferencia entre tenerlas y no tenerlas?

En el Artículo Tercero se afirma que el derecho a una educación de calidad debe ser garantizado por el Estado mexicano a cada niña, niño y joven, sin excepción. No basta que estén inscritos en la escuela: debe asegurarse que los métodos y materiales, la infraestructura, la gestión escolar y la idoneidad de maestros y directivos garanticen a los alumnos el máximo logro de aprendizaje. Se da al INEE el papel rector en las evaluaciones de los componentes y resultados del sistema, y se establece –todavía estamos en la Constitución– que los profesores de la escuela pública (desde preescolar hasta media superior) formen parte del Servicio Profesional Docente, un sistema que determina su ingreso, permanencia y promoción con base en evaluaciones objetivas e imparciales.

No realizar las evaluaciones le pegaría en primer lugar a la identidad del maestro: su ingreso podría deberse a la venia de alguien no calificado pedagógicamente, o a que todos los aspirantes entran por "portazo", en automático tras salir de la Normal. Su permanencia la podría definir su líder local del SNTE, ligado a la obediencia sindical. Su promoción podría no ganarse con las evidencias de aula y la prueba objetiva de desempeño del maestro mismo, sino deberse a un opaco y extralegal intercambio de favores con las autoridades o con la dirigencia gremial, o incluso al "marchómetro" –el registro de pase de lista en las movilizaciones, que el sistema tribal de la CNTE exige a los compañeros que quieran progresar bajo su égida: de la lucha de clases a la lucha sin clases. Seguir con la fortuna personal dependiendo del cacique o de la asamblea de la turbamulta, o bien pasar a un todavía tímido, pero perfectible servicio civil de carrera: he ahí la cuestión.

Pero en última instancia, no realizar las evaluaciones le pegaría al derecho de los niños. Sin un parámetro nacional de los rasgos que caracterizan a un docente, la equidad en la oferta educativa pierde esperanza: la escuela pública no sólo se puede olvidar de su vocación de ecualizador social, sino que acabaría ahondando las brechas: para los pobres, escuelas carenciadas con maestros impreparados, sin refuerzo y en rotación continua; en contraste, en las capitales de los estados y en buena parte del DF, escuelas con buena construcción y equipamiento, maestros experimentados, mejor pagados, que acumulan cursos y complementos salariales y le dan clase a chicos bien nutridos, que tienen libros y computadora en casa. No es lo único que cuenta, pero sin maestros apoyados y que ubican sus fortalezas, desplegados en todo el país, la desigualdad está asegurada desde la infancia. Eso sí que es punitivo.

Los maestros no son culpables del desastre educativo: están entre los principales damnificados. Si no hacemos recuento de cómo están realizando su tarea y qué necesitan reforzar, los mandamos de nuevo a la guerra sin fusil. La infraestructura y equipamiento juegan un gran papel en el logro educativo, pero, como ya se ha demostrado, la paredes no educan, ni los pizarrones, ni los libros, ni Enciclomedia, ni las tabletas: todo ello se activa como aprendizaje de la mano de un profesional experto, que sabe y puede conjugar materiales y contextos.

Aunque algunos no lo quieran creer, los maestros aprenden. Aprenden después de la Normal. Aprenden de sus alumnos y de su propia práctica, reflexionada. Aprenden de otros maestros, más experimentados. Aprenden de cursos, seminarios y congresos. Si van a conducir el aprendizaje de cientos y hasta miles de alumnos a lo largo de su trayectoria profesional, deben ser ellos mismos aprendices consumados. Negarles un apoyo específico y ajustado, por consideraciones políticas, es un error que no debe repetirse.

Debe reiterarse: evaluación con consecuencias. Y la primera e inmediata consecuencia de la evaluación docente es el apoyo debido a los maestros. Si queremos que la evaluación cumpla su cometido, debemos ahora concentrar la exigencia social –con aún mayor energía que la empleada para que no se descarrilara– en que a partir de ella se disponga de los cursos, apoyos y materiales, para que se atienda a lo diagnosticado. Diagnóstico sin tratamiento es receta segura de repetición de problemas, o incluso de su agravamiento. La lamentable escena del titubeo/finta/cálculo debe quedar atrás, para darle su lugar a los profesores de este país. No se debe jugar con ellos; merecen certeza. Ellas y ellos requieren del respaldo certero y continuo del Estado y de la comunidad para seguir creciendo, y así atender al reto de resguardar y promover el derecho de los niños. Ya acabó el sainete: ahora esperamos escuchar el concierto.