¿Realmente veremos la pelea del siglo?

Que ni Floyd Mayweather ni Manny Pacquiao llegan en su mejor momento, por aquello de la edad; que todo es vulgar mercadotecnia; que la tele nos engaña; que al boxeo lo rigen las apuestas y nada más... Son muchas las objeciones que se hacen a la pelea del 2 de mayo entre los mejores "libra por libra del mundo", sin duda la más esperada de los últimos 15 o 20 años y la que más dinero, más medios de comunicación, más apuestas y más dólares por boleto ha movido desde los orígenes de "la dulce ciencia". Pero ¿hay un gran boxeo detrás de toda esa pirotecnia? ¿Son el norteamericano y el filipino grandes-grandes? ¿Veremos, pues, uno de esos espectáculos deportivos que marcan época? Destapen las cervezas y platíquenlo con nosotros.

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El bronce contra el oro

Luis Miguel Estrada

Autor de Crónicas a contragolpe.

En 1969, Muhammad Ali, invicto 31-0, continuaba sin licencia para boxear debido a su oposición política a la guerra de Vietnam. Rocky Marciano, por su parte, se había retirado como el campeón de los completos en 1955 con un récord perfecto: 49-0. The Super Fight fue la pelea ficticia en la que ambos se enfrentaron en más de 70 rounds de sparring simulando varios escenarios. Una computadora eligió al ganador basándose en cálculo probabilístico.

Esta no fue la última incursión de Ali en una pelea con un nombre sonoro. En 1971, estelarizó la "Pelea del Siglo" contra Joe Frazier. Hasta la pelea entre Floyd Mayweather Jr. y Manny Pacquiao, no había habido en el siglo XXI una que fuera digna de ese título, aunque hay quienes descreen de su trascendencia real y no les faltan las razones. Lo recuerda Springs Toledo: "Su exposición mediática carece de precedentes. Su grandeza no".

Quizás hemos gastado tanto los nombres que los títulos de las grandes carteleras presagian cada vez más un drama inexistente. Estas peleas lanzan a los analistas a la historia pues, como recuerda A.J. Liebling, "la dulce ciencia está unida al pasado como el brazo de un hombre a su hombro".

La narrativa de esta Pelea del Siglo está en parte influida por el epíteto que Mayweather Jr. ha vuelto su misión: The Best Ever. "El mejor de todos los tiempos" es el legado al que aspira y para conseguirlo tiene que retirarse como campeón invicto y con una pelea más que Marciano. El codiciado 50-0 se asemeja a la precisión con la que Floyd pelea: ganar lo es todo, pero ganar es una cuestión de aritmética: en las tarjetas de los jueces, en la estadística de golpeo y en el porcentaje de la bolsa. Refleja una de las obsesiones de la era de la información: la falacia del dato como medidor de la grandeza. En ese departamento, Floyd, el hombre récord, tiene un lugar garantizado. Ha puesto ceros tras los unos hasta conseguirlo. Ha puesto también la sabiduría acumulada del hombre más inteligente en el pugilismo.

La narrativa de Manny Pacquiao es la de uno en más de un millón. Desde su infancia de pobreza ubérrima, no sólo ha logrado colocarse en la cima de un deporte gansteril, sino que se ha ganado el tipo de admiración guerrera que lleva al fanatismo. Pacquiao conoce lo que es entrar al ring como un desconocido y salir bañado en el fresco bronce de los héroes. Se ha enfrentado a un mundo hostil y lo ha conquistado con una izquierda de terror a lo largo de ocho divisiones entre la gloria y la derrota. Medios y fanáticos encumbran a Pacquiao porque, más allá de sus habilidades, su historia tiene esa capacidad de conmover que es la onza en el puño con que martilla su legado.

A esto llegamos: a dos peleadores que resumen dos formas de boxear y de vivir en un deporte criticado por favoritismos, por la superabundancia de campeones y de organismos que ofrecen cinturones como dádivas. Es un mundo gobernado por siglas de corporaciones. La intrínseca relación del boxeo con el dinero es la razón por la que durante años la pelea entre Pacquiao y Mayweather Jr. haya parecido tan irrealizable como el combate ficticio entre Ali y Marciano. Dinero: el origen de nuestra moderna épica y el material del camino hacia su decadencia. Esta es la ambigüedad de su atractivo: la espera de que el bronce de sus ídolos opaque el brillo de sus oros.

Pacquiao vs. Mayweather Jr. ha generado tanta expectativa que ya no hay nada que decir. Se ha especulado tanto sobre ella, que parece que hemos recorrido todos sus posibles escenarios en rounds de sparring infinitos y ficticios. Su sitio en el ring, no en el papel, aún está por verse. ¿Cómo la compararemos, digamos, con la agonía de quince rounds entre Ali y Frazier, en la que el más pequeño atormentó con una zurda al Más Grande? Mejor, ¿cómo la compararemos, en su propio tiempo y en su propia época, con los combates de nombres menos estruendosos, sin récords, sin invictos, sin caminos entre divisiones, sino tan sólo la ovación de pie para los púgiles? Esa grandeza en el ring es la mejor lección de la historia. Y no hay modo de calcularla en números redondos. Así es la dulce ciencia, el deporte más cruel.