¿Quién gana en el Poli?

Perplejidad: esa es la palabra que mejor describe el sentimiento generalizado ante el movimiento del IPN. Perplejidad por lo abrupto y lo multitudinario de su aparición; por la bruma que rodeaba y rodea todavía a sus exigencias, derivadas de una serie de modificaciones al reglamento que en general desconocíamos o no entendíamos; por la respuesta del secretario de Gobernación, que se arremangó (literalmente) para hablar de tú a tú con los manifestantes;  por el éxito del movimiento, que logró en pocos días que se cumplieran sus demandas, incluida la destitución de la directora Yoloxóchitl Bustamante, y desde luego por su civilizada persistencia. Proponemos, a continuación, una radiografía a vuelapluma de un movimiento con perdedores, pero, hasta hoy, sin ganadores evidentes.

REGRESAR
    1. Manuel Gil Antón

      ¿A poco?

      Profesor del Centro de Estudios Sociológicos ...
    2. Axel Didriksson

      Otro fracaso: la no ...

      Ex secretario de Educación del DF. ...
    3. Reynaldo Rocha Chávez

      Un dilema con historia

      Profesor del Departamento de Redes y Proyectos ...

El Politécnico en la encrucijada

Sergio Cárdenas

Profesor-investigador en el CIDE. Coautor de La difícil vinculación universidad-empresa en México.

El movimiento iniciado en respuesta a las modificaciones normativa y curricular en el Instituto Politécnico Nacional destacó, sin duda, lo inviable que resulta comenzar un proceso de reforma sustantiva en instituciones de educación superior nacionales y públicas sin contar con una validación por parte de la comunidad académica y estudiantil. Aparentemente, catorce años fueron suficientes para olvidar las lecciones que dejó el movimiento estudiantil en la UNAM, el cual en su momento se opuso también (aunque por medios radicalmente distintos a los observados en los últimos días) a una reforma con sustento legal, pero impopular.

La reacción de los estudiantes politécnicos genera dos tipos de expectativas. Hay una optimista, en la que prevalecería una encomiable participación estudiantil, organizada y respetuosa, que abriría paso a un debate informado y objetivo sobre la visión del IPN. Pero coexiste una perspectiva pesimista, que se nutre de la posibilidad de incurrir en el asambleísmo o bien de que el movimiento estudiantil sea capturado por partidos políticos, lo que daría como resultado que la búsqueda de innovación y mayor eficacia institucional en el IPN sea sacrificada en favor de la “estabilidad política”.

La concreción de la expectativa optimista o pesimista dependerá por supuesto de las decisiones que tomen los estudiantes en las siguientes semanas. Satisfechas las demandas iniciales, la comunidad politécnica se encuentra ahora, voluntaria o involuntariamente, en una encrucijada. No solamente deberá enfrentar una transición de autoridades acelerada, sino que deberá valorar la pertinencia de modificar, ante la oportunidad que abrió la protesta estudiantil, diversos factores que interactuaron para generar la crisis actual. En la discusión sobre la autonomía de la institución sin duda se presentará, paralelamente a otros debates relacionados con la estructura organizacional, la representatividad estudiantil y la relevancia de sus programas académicos, así como la posición que deberá adoptar el IPN ante demandas del sector productivo, tanto en respuesta a las demandas del mercado laboral como ante la oportunidad de colaborar con dicho sector para el desarrollo y utilización de innovaciones.

La decisión de participar en una reforma institucional profunda en el IPN o limitarse a disfrutar de los logros obtenidos con el movimiento estudiantil de los últimos días es, por supuesto, una decisión compleja, cuyo resultado influirá en el prestigio del Politécnico y en la vida institucional de los próximos años. De decidirse participar en un debate amplio que detone la actualización de la visión, los fines y la estructura del IPN, lo observado hasta ahora sugeriría sin embargo que es necesario promover entre los estudiantes una discusión más informada sobre los objetivos que se perseguían con las reformas ahora desechadas y asumir un grado menor de sospecha y desconfianza hacia otros integrantes de la comunidad (léase directivos y académicos), así como abrir una oportunidad para cuestionar o desechar posturas ideológicas cuya afiliación no resulta comprensible en los contextos actuales.

Por el contrario, de asumirse que el movimiento estudiantil ha cumplido con sus objetivos y que el IPN puede volver inmediatamente a su vida institucional rutinaria, el movimiento será sin duda una muestra de participación cívica para celebrar, con lecciones y aprendizajes importantes para todos, aunque probablemente se habrá desechado una oportunidad para incidir colectivamente en el futuro a través de un proceso de reforma institucional que podría ser clave para garantizar que se siga cumpliendo con los fines para los que fue creada esta institución.

De optarse por continuar con la discusión sobre cómo reformar al IPN, se anticipan decisiones y procesos largos y complejos. Basta recordar algún recuento de experiencias similares, como la descrita en el libro Ecos de la Revolución Pingüina, en la que, de acuerdo con sus autores, a pesar de múltiples esfuerzos, prácticamente cinco años después de haber iniciado dicho movimiento no se contaba aún con propuestas consensuadas sobre aspectos fundamentales para resolver algunos de los problemas que dieron origen a las protestas estudiantiles.

Pese a todos los riesgos y costos previsibles a los que ahora se enfrenta la comunidad politécnica, la oportunidad que tiene para promover una reforma de fondo es, sin duda, un mejor escenario que aquel que prevalecería de favorecer la inercia, el conflicto estéril o la convivencia con una comunidad estudiantil indolente y pasiva.


sergio.cardenas@cide.edu

@SergioCardenasD