¿Quién es el papa Francisco?

El Papa es mediático, según demuestran sus recientes viajes a Cuba y los Estados Unidos. Sin importar el tema que aborde, de la inmigración al aborto, de la desigualdad al matrimonio entre personas del mismo sexo o a la pederastia en la Iglesia, consigue titulares y no pocas simpatías incluso entre quienes no profesan el catolicismo. Con todo, no es ajeno a polémicas, algunas provocadas por silencios convenientes, como el que mantuvo frente a los Castro sobre el tema de los presos políticos. ¿Quién, entonces, es realmente Francisco? ¿Un ideólogo? ¿Un santo? ¿Un pragmático a ultranza? ¿Un súper diplomático? ¿Un conservador con piel de oveja? ¿Un liberal? En esta Tribuna, intentamos descifrar una de las personalidades más complejas de la actualidad. Ojalá que nos ayuden a conseguirlo.

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¿Santo o político?

Roberto Blancarte

Investigador del Colmex.

La disyuntiva es, en realidad, falsa. Porque la santidad no está reñida con la política. El problema es que, no sólo en México sino en buena parte del mundo, tenemos la idea de que la política es esencialmente corrupta y que corrompe a quien la toca. Por lo tanto, no nos imaginamos a un santo haciendo política. Nos parece que si un santo se inmiscuyera en las cosas de este mundo, terminaría por perder una pureza que suponemos tiene. Por lo mismo, pensamos que la santidad es equivalente a la misantropía o la anacoresis, es decir al alejamiento de este mundo. Asumimos que un santo es un ente alejado de las impurezas de la vida terrenal y de sus entresijos. Se ignora con ello que santos, profetas y dioses (sobre todo los que se atreven a descender a la tierra), por el contrario, actúan en sociedad, comen, beben, se relacionan con la gente de su propio sexo y del opuesto, además de ser líderes y por lo tanto organizadores de su feligresía. La "divinidad" de Jesús de Nazaret, como la "santidad" de muchos de sus más cercanos seguidores, no estuvo nunca reñida ni con las drogas lícitas, ni con la fiesta, por ejemplo. Se nos olvida que el primer milagro de Cristo, a petición de su madre, fue convertir el agua en vino, en medio de una boda que por lo visto ya llevaba sus horas, pues se acabó el que habían previsto inicialmente. La vida del profeta Mahoma también está llena de pasajes muy terrenales. Pero sobre todo está el aspecto organizativo, que es crucial para que cualquier movimiento iniciado por un santo tenga viabilidad a mediano y largo plazo. La hagiografía o historia de las vidas de los santos nos muestra que muchos de ellos eran sobre todo líderes natos y grandes organizadores. San Pedro, San Pablo, San Benito, Santo Domingo, San Ignacio de Loyola e incluso alguien tan alejado de los placeres mundanos como San Francisco de Asís tuvieron que desarrollar dotes de gestión y de dirección, es decir capacidades políticas, para poder sobrevivir y para que sus ideas y proyectos pudieran desarrollarse. Todo esto nos conduce a una idea central: salvo unos cuantos santos que prefirieron irse a una ermita, la mayor parte de ellos trabaja en este mundo y por lo tanto tiene que hacer política. Luchan, como diría Weber, desde un ascetismo intramundano, que no busca alejarse de este mundo sino, por el contrario, trabajar en él para transformarlo.

Sin que pretendamos pronunciarnos sobre su santidad, el papa Francisco no sería la excepción. De hecho, es imposible gobernar a una Iglesia tan grande y compleja como la católica, sin tener dotes organizativas y de liderazgo. Para ser un buen Papa se requiere ser ciertamente un hombre de fe, pero también una persona con capacidades políticas. Así lo han sido prácticamente todos los pontífices recientes, muchos de ellos ya canonizados, es decir santificados formalmente. Incluso Ratzinger, quien después de unos años, como buen profesor escéptico del poder, un buen día se cansó y renunció.

El papa Francisco no nació el día de su elección a la sede episcopal de Roma. Antes de eso se llamaba Jorge Mario Bergoglio y en Argentina, donde vivió casi toda su vida, tenía fama de ser un arzobispo que dedicaba la mayor parte de su tiempo a la política, a entrevistarse con líderes de partidos, sindicales, funcionarios de gobierno, empresarios y todo tipo de gente relacionada con el poder. Hacía mucha política y en ello mostró preferencias, inclinaciones, prejuicios y debilidades. No son pocos los que le cuestionan su ambigüedad, ambivalencia y duplicidad o Doble juego, como se titula el célebre libro de Horacio Verbitsky, sobre La Argentina católica y militar. Toda esa memoria ya fue prácticamente borrada con el nombramiento del arzobispo de Buenos Aires a la Silla Pontificia. Y ahora Bergoglio, Su Santidad (título con el que, la Santa Sede señala, cualquiera se debe dirigir a él), Francisco, hace política internacional. Más allá de los temas de su preferencia y de la aceptación o rechazo que estos generan dentro y fuera de la propia Iglesia, es evidente que el papa argentino se mueve como pez en el agua, que no le desagrada la política y que sabe moverse con los medios y con la gente. Es peronista, dicen algunos. Es populista, dicen otros. Puede ser. Lo que es indudable, en todo caso, es que, más allá de su santidad oficial, ha vuelto a colocar a su institución, la Iglesia católica, como un actor (o una actriz) central en el escenario de la política mundial.